MEMORIA,
IDENTIDAD Y ESPACIO

Alicia
Llarena

DISCURSOS DE INGRESO
Academia Canaria de la Lengua
El
A Gabo, que lo leerá desde el cielo.
A Sole, que es el cielo.
A Jesús Vera, por abrirme las puertas del cielo.
Iltmo.
Señor Presidente de la Academia Canaria de la Lengua;
Señoras y Señores; miembros de la misma; Señoras
y Señores:
Yo
pertenezco a una generación que todavía alcanzó
a ver al archipiélago justo debajo de las Islas Baleares,
meciéndose en un rectángulo del mar Mediterráneo,
en medio de las coordenadas meteorológicas que, tres
veces al día, narraba el telediario.
Por aquel entonces, la tecnología no había solucionado
la pertenencia de estas islas a su lugar de origen y, desheredados
del océano Atlántico, crecimos convencidos de
que nuestro espacio era aquella pequeña porción
cuadrangular, delimitada para más señas por unas
líneas que, gráficamente, nos aislaban del resto.
Y
a pesar de que los mapas y las clases de geografía lograban
restituir nuestra exacta situación en el universo, no
era suficiente para acallar aquel discurso mediático,
repetido durante años, días tras día, en
la blanda materia gris de nuestra infancia. No era bastante,
no; porque aún delante de la mejor cartografía,
resonaba en nuestros oídos la respuesta de los mayores,
cada vez que un espíritu inquieto preguntaba por aquella
extraña situación televisiva: “no cabemos
en la pantalla”, nos decían. Y sin duda, no es
lo mismo estar fuera de sitio que no tener espacio; lo primero
es provisional o reversible; lo segundo es un drama o una catástrofe.
Yo
pertenezco, también, a una hornada de criaturas que crecimos
creyendo que había un Español correcto, y otro
que lo era menos. Que había un léxico refinado,
y otro que no era tanto; que había refranes que forjaron
su prestigio en la andadura antigua del Castellano, y otros
que, sin embargo, no resultaban tan distinguidos; que había
expresiones legitimadas por su lugar de origen, pero que en
cambio no todos los orígenes otorgan legitimidad a las
expresiones; que gozábamos de una brillante historia
literaria, pero que no todo el país se hallaba en ella;
y que la educación y, sobre todo, el conocimiento, no
eran un viaje de ida y vuelta: mientras que en las islas aprendíamos
de memoria todos los ríos de España con cada uno
de sus grandes o breves afluentes, el resto del país
era incapaz de distinguir La Palma de Las Palmas y de Palma
de Mallorca, lugares que aún hoy se confunden con frecuencia,
casi un trabalenguas que parece resistírsele a no pocos
compatriotas.
El
poeta cubano Nicolás Guillén, hombre de isla y
de una cultura largamente minusvalorada por el soberbio eurocentrismo,
diría que estas cuestiones son meros “Problemas
del subdesarrollo”, título de un poema suyo cuyos
versos reflejan las peculiares circunstancias de las localidades
excéntricas:
Monsieur
Dupont te llama inculto,
porque ignoras cuál era el nieto
preferido de Víctor Hugo.
Her Müller se ha puesto a gritar,
porque no sabes el día
(exacto) en que murió Bismarck.
Tu amigo Mr. Smith,
inglés o yanqui, yo no lo sé,
se subleva cuando escribes shell.
(Parece que ahorras una ele,
y que además pronuncias chel.)
Bueno ¿y qué?
Cuando te toque a ti,
mándales decir cacarajícara,
que dónde está el Aconcagua,
y que quién era Sucre,
y que en qué lugar de este planeta
murió Martí.
[…]
A
estas alturas de la historia, y en términos culturales,
el subdesarrollo no es cuestión de incapacidad, sino
de ignorancia; y aún más, no es un asunto de ineptitud,
sino una torpeza del espíritu: la de aquellos que, como
bien dijo Eugenio Padorno –en su discurso de ingreso a
esta Academia, precisamente– rechazan “que los intercambios
culturales también pueden producirse horizontalmente
y en los dos sentidos”, y no exclusivamente de arriba
abajo. La “democracia del espíritu”, como
él mismo la llama, es más amplia que la cultura
occidental y, en todo caso, más ancha que los límites
de una patria. Será por eso que en este archipiélago,
y a pesar de su lejanía, sabemos quién es Dámaso
Alonso, aunque aún no haya cruzado el mar Pedro García
Cabrera; y leemos Poeta en Nueva York, aunque en el otro lado
el Crimen de Espinosa no sea noticia; y analizamos los versos
livianos de Manuel Machado, aunque allá se ignore la
exquisita profundidad de un Alonso Quesada.
Es
la ventaja de toda periferia, cuya cultura acumulativa conoce
por decreto la tradición del centro y, sumándola
a la suya, la amplifica y la implementa; el centro, en cambio,
por su propia naturaleza, no siente necesidad de conocer los
extrarradios de su canon, ese conjunto modélico de normas
o preceptos a partir del cual se ordenaron la realidad y el
mundo. Y si, tal como define el Diccionario de la Real Academia,
la periferia es “el espacio que rodea a un núcleo
cualquiera”, no sería errado decir que las Islas
Afortunadas lo son porque a su lava volcánica le tocó
en suerte habitar este lugar oceánico, auxiliar e independiente,
cuya marginalidad, antes que un signo negativo y triste, nos
provee, por el contrario, de una posibilidad múltiple
y única: la de construirnos imaginativamente, la de inaugurarnos
fundando nuestro propio imaginario, en medio de un diálogo
atento al latido íntimo del ser insular y a las voces
planetarias que nos rodean y que nos pueblan. Ya lo insinuaba
Quesada al describir el Puerto de Las Palmas: “El muelle,
al llegar el ‘Limburia’ u otro trasatlántico
sin clérigos de Comillas, se llena de Europa, es como
si Europa misma se cortara en muchos pedazos y nos la vinieran
a sembrar sobre estos arenales africanos”. Y ya lo dijo
también con explícita claridad Pedro García
Cabrera: que no somos islas “mordiéndose la cola
en un círculo de agua, sino reductos alzados con hambre
de universalidad”.
Sin
embargo, y a pesar de la luminosa situación estratégica
del archipiélago, no debe olvidarse que la identidad
insular es siempre compleja, pues sus tensiones discurren en
una polaridad que necesita de un sutil equilibrio para no perecer
en el aislamiento, pero tampoco en el exceso de extranjería.
Es obvio que requerimos de los espejos para articular nuestro
rostro auténtico, y que nos apremia el contacto con “los
otros” para evitar una cultura desmayada y narcisista.
Pero también es cierto que, muy a menudo, en lugar de
escucharnos a nosotros mismos, y de otorgar credibilidad a nuestra
propia tradición escrita y a los autores que han dibujado
desde adentro el mapa de las islas, seguimos empeñados
en una cultura tímida que necesita del aplauso foráneo
para creerse a sí misma y que precisa del reconocimiento
ajeno para sentirse legítima. No se explica, si no, esa
perpetua dejadez institucional que se niega a incluir la Literatura
Canaria entre los contenidos obligatorios de su enseñanza,
orillándola en materias optativas o en los llamados “contenidos
transversales”, como si nuestra tradición fuera
un eco colateral de nuestra historia y no el eje central de
un pensamiento propio. Ni se explican, tampoco, otros síntomas
sociales que mucho tienen que ver con el escaso aprecio a nuestros
valores singulares y con la falta de estima hacia las raíces
más elementales de nuestra idiosincrasia: me refiero,
por ejemplo, a la devastación de nuestro paisaje, a la
conversión de nuestras costas en amasijos despersonalizados
de hormigón y de cemento, o a la planificación
de ciudades que, pudiendo abrirse a la infinitud del horizonte,
parecen tristemente abocadas a dar la espalda al océano.
No
deberíamos engañarnos por más tiempo: la
valoración de nuestra identidad, y la consideración
y el respeto hacia nuestro espacio, empiezan por la valoración
de nuestra cultura y por el conocimiento de nuestra tradición
literaria, porque no hay que olvidar que, en una civilización
como la nuestra, el conocimiento se erige sobre las bases del
lenguaje, de la representación y del discurso ¿Cómo
podrían, entonces, conocernos los otros, si ni siquiera
nos conocemos a nosotros mismos? Y más aún, tampoco
deberíamos olvidar que nociones como reputación,
autoridad o prestigio, se fraguan en la tenacidad de los discursos,
porque ellos son los responsables de nuestra imagen del mundo.
Nuestra visión de la realidad depende de las artes que
nos han influenciado y, por ello, también nuestra idea
del espacio, nuestra imagen de ciudades, países y territorios,
está fuertemente condicionada por la cultura y por los
discursos artísticos, de ahí que Oscar Wilde,
por ejemplo, señalara que las famosas nieblas de Londres
no se deben a un fenómeno atmosférico, sino más
bien a la pintura impresionista, que las impregnó de
un modo indeleble con su sustancia prodigiosa y mítica:
En la actualidad, la
gente ve nieblas no
porque haya tales nieblas, sino porque
los poetas y los pintores le han enseñado
la misteriosa belleza de sus efectos. Es
muy posible que desde hace siglos haya
habido nieblas en Londres. Sí, seguramente
las ha habido. Pero nadie las veía
[…] Hasta que el Arte las inventó, puede
decirse que no empezaron a existir.
Asimismo,
uno de nuestros lúcidos vanguardistas, Agustín
Espinosa, consciente de que todo proceso imaginario se apoya
en una geografía legendaria, en un territorio fraguado
en la profundidad de las operaciones artísticas, ya advirtió
que lo que salva a un pueblo es la creación de “una
mitología conductora”, un “clima poético
donde cada pedazo de pueblo, astro o isla, pueda sentarse a
repasar heroicidades”, una literatura, en fin, “que
imponga su módulo vivo sobre la tierra inédita”
y su imborrable huella psíquica en el conjunto de nuestro
imaginario colectivo. Sabe que vemos la India a través
de los ojos de Camoens, o Grecia a través de Virgilio,
o la Roma que fabricó Homero, de ahí su sentencia
inapelable: “Una tierra sin tradición fuerte, sin
atmósfera poética, sufre la amenaza de un difumino
fatal”.
Ciertamente,
los beneficios del arte son incalculables. Y quizás todavía
no hayamos reparado lo bastante en la importancia de nuestra
historia literaria como un factor decisivo no sólo en
la construcción de nuestro espíritu colectivo,
sino en el incremento de nuestra propia autoestima. En un pueblo
inhibido y –por qué no decirlo– cuyos complejos
continúan siendo notorios, sigue siendo urgente la tarea
de articular nuestro discurso y de hacerlo a través de
la voz de nuestros autores, en cuyas letras hay alimento suficiente
para fortalecer nuestra sensación de pertenencia y nuestro
compromiso con la singularidad luminosa de nuestro archipiélago.
Y es que, pasados ya los siglos en los que la nación
se confundía con los límites cartográficos
del territorio, hoy sabemos que los nacionalismos no se sustentan
tanto en ideologías políticas como en grandes
sistemas culturales, de ahí el rol decisivo que desempeñan
los discursos artísticos, la textualidad, la enunciación
y la escritura como poderosas estrategias en el establecimiento
y la conformación de los espacios-naciones. Los estados
modernos, las modernas naciones, no recrean sus territorios
a través de mapas y de cartografías, sino a través
de medios ideológicos, del lenguaje y la difusión
de sus representaciones, hasta el punto de que a la hora de
articular la invención de una comunidad, la creación
de una literatura canónica resulta ser uno de los mecanismos
más arraigados y populares:
Construir la nación
–señala Anthony
D. Smith– es más una cuestión de diseminar
representaciones simbólicas que
de forjar instituciones culturales o redes
sociales. Aprehendemos los significados
de la nación a través de las imágenes
que proyecta, los símbolos que
usa y las ficciones que evoca en novelas,
obras de teatro, poemas, óperas, baladas,
panfletos y periódicos.
Por
eso, en estos tiempos en que el proceso de globalización
lamina las subjetividades particulares y locales, es más
urgente que nunca releer nuestra historia, conocer a nuestros
clásicos, profundizar en las piedras angulares de nuestro
pensamiento, para no difuminarnos hasta desaparecer en la falsa
homogeneidad planetaria. Configurar, en fin, la tradición
literaria insular, tomar conciencia plena de esa misma tradición,
embarcarse de una vez por todas en la postergada tarea de editar
o reeditar los textos insoslayables de nuestros autores, de
elaborar con ellos nuestra teoría cultural, de difundirlos
en cada rincón del archipiélago, de instalarlos,
definitivamente, en el alma de sus lectores y ciudadanos.
Alojar
en nuestro espíritu el bagaje de la literatura insular
no sólo es provechoso para conectar con los orígenes
de nuestro ser más íntimo y profundo, sino también
para afrontar nuestro diálogo universal bien anclados
en las raíces de esta región que habitamos, armonizando
–como dijera Juan Manuel García Ramos– las
tensiones entre “los otros” y “nosotros”
en medio del rico océano de voces de la atlanticidad.
Del mismo modo, ese ejercicio espiritual resultará sin
duda saludable para actualizar en el presente algunos de los
instantes luminosos de nuestra tradición, cuyos mensajes
ofician hoy como un norte inteligente de estima y consideración
hacia el espacio de estas islas.
Así,
es preciso retomar con Cairasco de Figueroa la “Selva
de Doramas”, celebrando “las palmas altísimas
mucho más que de Egipto las pirámides que los
sabrosos dátiles producen a su tiempo y dulces támaras”.
Amar, como Antonio de Viana, los términos que nombran
la realidad de estas islas –“lentiscos, barbusanos,
palos blancos, viñátigos y tiles, hayas, brezos,
acebuches, tabaibas y cardones”– o en su mito de
Dácil recordar nuestra condición insular y mestiza
al mismo tiempo. Subirnos al Teide con Graciliano Afonso o el
Vizconde del Buen Paso. Asegurar la continuidad de los símbolos
sobre los que hemos erigido nuestra memoria colectiva, y hacerlo
acompañados de Ventura Aguilar o Nicolás Estévanez.
Reconocer la rara belleza de nuestra aridez en Mararía
o en las blancas salinas de Espinosa. Apreciar nuestras piedras
como si fueran “chácaras del silencio”, tal
como las definió García Cabrera. Porque nuestras
metáforas de la tierra influyen en nuestro modo de tratarla,
y quizás sólo el arte pueda, a estas alturas,
contener la ruina de un paisaje que no es sólo el escenario
nativo, sino la realidad psicogeográfica sobre la cual
edificamos nuestro modo de ser, los cimientos naturales de nuestra
identidad.
Como
poeta y botánico al mismo tiempo, ya se lamentó
Viera y Clavijo, testigo de la tala desastrosa que acabó
con la mítica “Selva de Doramas”: “Montaña
de Doramas deliciosa, Quién robó la espesura de
tus sienes? ¿Qué hiciste de tu noble barbusano?
[…] Yo vi el honor y gloria de tus tilos caer sobre tus
fuentes”. Y de esa misma utilitaria filosofía que
hiciera añicos la leyenda de Cairasco, habló también
la prosa de Quesada, fino cronista de una especie insular que
parece extenderse hasta nuestros días:
El exportador insular
es un tipo único
en el orbe. […]Endiosado como un indiano,
más rural y menos listo, nada
sabe más que abonar, de un modo primitivo,
sus platanales. Toda su estética
se reduce al modelado de su huacal y
toda su emoción es abrir el sobre de
Houghton, de Yeoward o de Swanston
que les trae la cuenta de venta británica.
La ciudad entera está gobernada por
ellos, que la han sembrado de su repugnante
filosofía. Un exportador isleño
no nace; se hace del propio abono de
sus plátanos y va surgiendo de la tierra
a trozos lentos. Él vive y se reproduce
para su banana.
Es
evidente que, aunque el paso de los años ha ido sustituyendo
la banana por el cemento, el mensaje de Quesada sigue intacto,
erigiéndose implacable por las costas y paisajes del
archipiélago. Y no han bastado siquiera los elogiosos
comentarios de Humboldt hacia la naturaleza canaria, ni el maravillado
homenaje de André Breton en su ascensión y encuentro
con el Teide, discursos ajenos que alguna vez legitimaron la
singular belleza de estos parajes y que también forman
parte de nuestro olvidado patrimonio colectivo. Nada ha sido
suficiente porque, en el fondo, y salvo excepciones, poco hemos
hecho todavía por conocernos, por difundir nuestra palabra
y acomodar nuestra tradición en el espíritu de
las tantas generaciones que han vivido en las islas.
Nuestra
afamada posición tricontinental nos ha provisto de un
fértil universo al que abrirnos en busca de lo nuevo,
un territorio ilimitado con el que han dialogado, precisamente,
los creadores e intelectuales más lúcidos y brillantes
del archipiélago. Pero la fecundidad de ese diálogo
con el otro no debe hacernos desoír lo vernáculo,
ni infravalorar lo propio, ni volver la espalda a nuestra historia.
Así lo entendió
nuestra destacada generación
vanguardista, aquel conjunto de sabios
equilibristas que en el viaje hacia “los
otros” se encontraron a sí mismos:
Canarias –escribió García Cabrera–
ha
de imantarse primero en el cuadro de
valores de la cultura de nuestro tiempo,
ha de sentir las palpitaciones de ahora
en toda su amplitud, solidarizándose
con las corrientes, métodos y contenido
de la época a fin de que su creación
tenga unidad y sea actual. Esta etapa
previa hay que buscarla fuera de casa
para encontrar después nuestras islas
con la profundidad de un hogar.
Desde
aquellos antiguos telediarios que señalé al principio
de estas páginas han pasado ya muchos años, y
al fin la tecnología resolvió nuestra posición
en el mapa, restituyendo nuestra presencia en el Océano
Atlántico. Ya no somos un breve aditamento situado en
aquel recuadro a la derecha de la península ibérica,
por encima de las costas de África, bañado siempre
por aguas mediterráneas. Sin embargo, todavía
no hemos vuelto al hogar ni conocemos con profundidad nuestro
espacio. Sigue siendo insuficiente el esfuerzo humano e institucional
por instruirnos en nuestras señas colectivas, por restaurar
nuestra memoria y fortalecer el conocimiento de nuestra historia
literaria. Y sumarme a ese esfuerzo será, precisamente,
mi compromiso con esta noble institución que hoy me abre
las puertas.
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