EL
HECHO de que me dirija a ustedes desde esta tribuna, obedece
a la atrevida ocurrencia de ciertos amigos que están
presentes aquí en esta sala, y a los cuales perdono hoy
de todo corazón.
Siempre
asocié las academias de la lengua a gente de letras.
Por eso, al oír la propuesta de integrarme a esta institución,
pensé que se trataba de una ingeniosa broma, pues no
puedo eludir la coincidencia de mi nombre y primer apellido
con el de un gran poeta español de la Generación
del 98. Pero no; según se me aclaró, en las academias
lingüísticas también tienen cabida los científicos,
y tu sabes mucho de bichos. Eso dijeron.
Al
margen de lo relativo que resulta este supuesto conocimiento,
lo cierto es que los bichos han sido una suerte de Leitmotiv
en mi vida y, en la actualidad, ocuparían el centro absoluto
de mi atención, si las circunstancias lo permitieran.
Viera
y Clavijo, al tratar de los gusanos en su Diccionario de Historia
Natural de las islas Canarias,
dice: Vulgarmente les damos el nombre de bichos y, aunque
a este nombre va unida no se qué idea de vileza, no dejan
de merecer por
cierto la atención del naturalista, cuya imaginación
se queda atónita al considerar
su número casi infinito, su organización, su multiplicación,
sus formas, sus facultades
. Como biólogo
de carrera especializado en Zoología, no podría
estar más de acuerdo con nuestro ilustrado presbítero.
Y testimonio de esta fascinación que siempre he sentido
por los bichos si excluimos a determinadas cucarachas,
que me dan asco es el letrero que reza: «bichólogo»
y que sigue colgado en la puerta de la habitación de
juegos en la casa de mis padres.
En
1992, la Real Academia definía bicho como término
impreciso que se aplica generalmente con valor despectivo a
cualquier animal pequeño o grande, mientras que
en la vigésimo segunda y última edición
de su Diccionario (2001), simplemente dice: despect. animal.
María Moliner (1975) concreta, respecto de su uso, que
es nombre aplicado a cualquier animal pequeño,
despectivamente o por no saber cómo llamarlo. Parece,
casi, que el término bicho actúa más como
un calificativo del referente, que como su descriptor. Tal vez,
por eso, la definición del Pequeño Espasa (1988)
bicho es cualquier sabandija o animal pequeño
sea la que más nos convenga si pretendemos con ella englobar
a un conjunto de seres vivos; algo así como una categoría
zoológica informal.
En
libros de Ciencias Naturales se han empleado muchos de estos
nombres genéricos e informales que no hacen referencia
a grupos zoológicos concretos, pero que resultan tremendamente
útiles por su valor descriptivo. Tal es el caso del término
protozoo o microbio, que engloba a seres diminutos, invisibles
a la vista desnuda, y que la moderna sistemática filogenética
distribuye en varios reinos independientes. Queda, pues, demarcar
en el ámbito macroscópico y zoológico lo
que en la práctica entendemos por «bichos».
En
la exposición dedicada a la fauna de Canarias, recién
inaugurada en el Museo Insular de Ciencias Naturales, de Santa
Cruz de Tenerife, existe un recinto titulado El teatro
de los invertebrados terrestres, con muestras, fotos y
explicaciones sobre las especies más comunes de moluscos,
anélidos y artrópodos, y que bien podría
haberse llamado como sin duda hará la mayoría
de colegiales, la sala de los bichos.
Es
verdad que el término bicho se restringe a invertebrados
del medio terrestre y son muy pocos los seres marinos, salvo
algunos crustáceos y gusanos del litoral, que recibirían
la calificación de bicho. No obstante, al igual que,
para la Real Academia, bicho designa también
al toro de lidia, animal grande y poderoso por excelencia, los
canarios empleamos el término para determinados peces,
pero sólo cuando la envergadura de éstos supera
las expectativas del afortunado pescador, y casi siempre se
emplea acompañado y en clave admirativa: ¡fuerte
bicho!, o ¡tremendo bicho!.
En
definitiva, si aceptamos como «bichos» a todo invertebrado
terrestre macroscópico, pero de pequeño tamaño
que todos los son, tenemos en Canarias un conjunto
aproximado de unas 250 especies de molusco, entre caracoles
y babosas; unas 60 de anélidos (lombrices y anguijuelas),
y la gran masa de los artrópodos, con los insectos a
la cabeza, que superan largamente las 7.000 especies.
En
honor a la verdad, muy pocas personas, más bien nadie,
es capaz de distinguir todos estos bichos. Y como quiera que
el nombre de las cosas surge de la necesidad de comunicarnos,
la inmensa pléyade de bichos por nombrar se reduce a
un ridículo conjunto de poco más de un centenar;
aquéllos que son o se hacen conspicuos por su forma,
tamaño o comportamiento,o que bien por ser beneficiosos
o perjudiciales, despiertan el particular interés del
hombre. La gran mayoría, el 99% de los bichos de Canarias
viven en el más estricto anonimato y, de toparse alguien
con ellos, recibirán a lo sumo un nombre, a cuan más
genérico mosca, mariposa si no acaban bajo
la categoría universal de bicho.
Esto
que digo es válido para el ciudadano normal, pero no
para el hombre de Ciencia que estudia los animales y que, en
cierto modo, él mismo no deja de ser un bicho raro
en el conjunto de la sociedad. Lo cierto es que en materia de
zoónimos concurren al menos tres registros lingüísticos
que emanan de diferentes necesidades de comunicación:
el ámbito científico, el ámbito técnico
o semicientífico y el del resto de los hablantes. Me
ocuparé de cada uno de ellos por separado.
*
* *
En
la Zoología, lo mismo que en la Botánica, se emplean
nombres científicos que están férreamente
regulados por el Código Internacional de Nomenclatura
Zoológica, en el caso de los animales, y que va ya por
su cuarta edición. La Ciencia obliga a la precisión
descriptiva y no admite ambigüedades; por ello se ha dotado
de un método sencillo, claro y unívoco de nombrar
las especies que son el referente habitual y aspira
a su fijeza. Siguiendo a Linneo, el creador del sistema binominal
que se implantó a mitades del siglo XVIII, los nombres
de las especies son latinos y se componen de dos términos:
el primero es genérico y se inicia siempre con mayúscula,
y el segundo es específico, siempre en minúsculas.
Luego le sigue el apellido de su creador, una coma y el año
en que fue establecido, aunque esto último se omite por
lo común, salvo en los trabajos estrictamente científicos.
Un ejemplo: Musca domestica Linneo, 1758; todos la conocemos.
El
término genérico proviene del nombre del género,
Musca, y es en cierto modo patronímico y no puede repetirse.
Si ocurriera que, por impericia o descuido algún autor
lo repitiera, su denominación quedaría invalidada
y pasaría a sinonimia científica del descrito
con anterioridad. Los términos específicos pueden
repetirse, pero siempre que se asocien a géneros diferentes.
Passer domesticus es el gorrión común.
Estas
y otras normas más o menos complejas son las que mantienen
cierta estabilidad en la nominación científica
de las especies y de las otras categorías establecidas.
Así, para la subespecie que es una especie en vías
de formación se emplea un trinomio, y luego existen
rangos superiores que de modo jerárquico van agrupando
las especies en géneros, éstos en familias, éstas
en órdenes, etcétera. Algunas categorías
superiores se valen de terminaciones concretas para facilitar
el reconocimiento de su rango. Todos los nombres de familia,
por ejemplo, llevan el sufijo idae. La especie
Musca domestica, pertenece al género Musca, dentro de
la familia Muscidae, que queda englobada a su vez en el orden
Diptera.
En
la formación de los nombres científicos se pueden
emplear palabras tomadas directamente del latín, o del
griego e idiomas vernáculos, pero siempre debidamente
latinizadas. Solo en su elección por el significado u
oportuna combinación, deja el Código libertad
creativa a los autores. Sirvan
de ejemplo algunos géneros y especies de escarabajo que
he tenido ocasión de nominar en mi labor de taxónomo.
Orzolina
thalassophila la descubrí en los arrecifes próximos
al pueblo de Órzola, en Lanzarote. Este bicho (de 4 mm)
es, a los ojos siempre fascinables de un entomólogo,
como una diminuta joya brillante, por lo que derivé Orzolina
del nombre de la localidad con la pretensión de evocar
sonoramente a una gema. El término específico
thalassophila lo formé a partir del griego, thalassa
que significa mar, y philos =amante,
en alusión a los hábitos subacuáticos del
insecto. La «orzolina» vive en las concavidades
inferiores de las rocas sueltas que se encuentran en la franja
intermareal, aprovechando el aire allí retenido cuando
todo queda cubierto por el agua.
El
género Canarobius, derivado de Canarias y bios,
vida lo describí en 1987 y a él asigné
dos especies: una dedicada a mi colega el Dr Pedro Oromí,
Canarobius oromii, y la otra dedicada a mi mujer, Chusy, y de
ahí la latinización en femenino a Canarobius chusyae.
En
la nominación de otras especies pertenecientes a géneros
previamente establecidos, opté por señalar su
patria empleando términos como canariensis,
tinerfensis y benahoaritus, o por destacar algún rasgo
morfológico relevante: Trechus minioculatus, Calathidius
brevithorax o Calathus pilosipennis (esto último quiere
decir que tiene pelos en las alas).
Lo
importante del sistema nomenclatorial científico es que,
una vez descrita la especie literalmente y con detalle, con
fotografías o dibujos ilustrativos en la mayoría
de los casos; publicada necesariamente esta descripción
y depositado al menos un espécimen tipo,
que es el portador formal del nombre, en una colección
oficial, dicho nombre no debería cambiar. Y si esto ocurriera
por problemas de homonimia o sinonimia que están
perfectamente reglamentados ello no es imputable a defectos
del sistema, sino a las limitaciones o impericia de los científicos
que lo usamos. Por lo demás, los nombres científicos
son insustituibles por su significado preciso, carencia de sinónimos
y, sobre todo, por ser universales y válidos en cualquier
lengua.
Y
volviendo a Canarias, tenemos la reciente fortuna de contar
con el listado de todos los nombres científicos de plantas
y animales que se han citado; pocas regiones disponen de un
inventario equivalente. Las especies de invertebrados terrestres
nuestros bichos suman más de 7.500, cifra
a la que podríamos añadir unos 650 nombres más,
los correspondientes a las familias. Por supuesto, nadie se
sabe todos estos nombres; yo a lo sumo, manejaré unos
dos mil, y me dedico a ello.
*
* *
El
caso es que los nombres científicos los conocen solo
los expertos o quienes por razones profesionales o por coleccionismo,
necesitan designar con precisión a las especies con las
que tratan. Pero, incluso en muchos de estos casos, los términos
latinos constituyen una barrera incómoda que se ha intentado
superar con el empleo de lo que José Mª del Rivero
en su artículo Los nombres de los insectos (1951) denomina
nombres semicientíficos, aunque yo prefiero designarlos
como técnicos, pues se trata de verdaderos
tecnicismos.
Por
una parte tenemos los nombres que proceden de la mera castellanización
de los nombres científicos, como lepidópteros
(las mariposas), o coleópteros (los escarabajos).
Son nombres vernáculos en toda regla, pues manteniendo
el mismo significado, responden a las reglas fonéticas,
morfológicas y gramaticales del español, y no
del latín. Aunque más amables de usar, no dejan
de ser cultismos normalmente circunscritos a personas iniciadas
en Entomología.
Más
frecuente es el empleo de nombres construidos a partir de palabras
vulgares y, por ende, más próximas al usuario
común. Esta práctica es habitual en agricultura
donde se hace necesario designar a las plagas con precisión,
pero sin recurrir a latinajos que solo consiguen causar más
espanto a nuestros sufridos agricultores. En los libros técnicos,
el nombre castellano de la plaga suele acompañarse del
científico para asegurar así la identidad de la
especie a la que se refiere.
Los
nombres técnicos se forman a partir de términos
vulgares tomados a veces del acervo popular y otras no, pero
que, simples o combinados, intentan reflejar algún carácter
diferenciado que particularice al animal, bien sea morfológico
o, más frecuentemente, la planta huésped que ataca.
Sirvan de muestra los nombres de «cochinilla acanalada»,
«arañuelo del manzano» o «taladro de
la platanera».
Cuando
estos nombres técnicos son publicados en guías
de campo prestigiosas o en algún tipo de registro o catálogo
oficial, devienen en nombres comunes, con el tácito
propósito de que su empleo como alternativa al
nombre científico sea generalizado.
Fuera
del ámbito de las plagas agrícolas o insectos
de interés médico, existen países donde
hay tradición de nombrar a determinados grupos de bichos,
por lo general, los más vistosos. Inglaterra es un buen
ejemplo; España, no. Por eso, los nombres vulgares
de las mariposas españolas que publicó D. Ramón
Agenjo, en 1964, no dejan de representar un meritorio esfuerzo
de catalogación, pero de escaso arraigo. La mayoría
de aficionados y coleccionistas de estos bellos insectos siguen
empleando los nombres latinos o su derivado castellanizado.
Nadie en su sano juicio anuncia haber capturado una «medioluto
de venas ocres», o que «lindos ojos» me acabas
de regalar. O peor aún, confesar que se te ha escapado
la «montañera excéntrica».
Ninguno
de estos tres lepidópteros vive en Canarias, pero el
empleo de este tipo de nombres de diseño
nos ha llegado desde la península. Nuestras mariposas
diurnas una treintena de especies cuentan ahora
con un elenco de potenciales nombres comunes según los
han recogido algunas obras como los Insectos de Canarias (publicada
por el Cabildo Insular de Gran Canaria), o en diversos atlas
y guías ilustradas de nuestra fauna. Todas nuestras mariposas
y algunos esfíngidos han sido rebautizados en castellano
con nombres tales como: «cardera», «dospuntos»,
«azufrada», «manto bicolor», «cleopatra
canaria», «esfinge de la calavera», etcétera.
No
desaconsejo el empleo de nombres comunes, ¡todo lo contrario!
Pero creo que antes de importar denominaciones acuñadas
en otros contextos o de inventar, fruto de cualquier arrebato,
una ristra de sandeces, deberíamos los canarios hacer
un esfuerzo conjunto a la hora de aplicar ingenio para proponer
un nombre común a las especies que no lo tienen, que
son la mayoría de los bichos. En las aves, por ejemplo,
la situación es bien distinta y está consolidada.
El
inventario de nombres técnicos que he recopilado a partir
de guías, enciclopedias, manuales agrícolas y
boletines fitosanitarios asciende, por el momento, a unas 200
voces.
*
* *
Llegamos
finalmente a los nombres populares; los que el pueblo usa en
su realidad cotidiana. Estos nombres revisten particular interés
para una institución como la Academia Canaria de la Lengua,
pues entre ellos se han de hallar los regionalismos o insularismos
dialectales que contribuyen a particularizar nuestra habla como
canarios.
Aunque
siempre tuve la curiosidad de anotar algún que otro nombre
de bicho oído ocasionalmente en mis correrías
entomológicas, el caso es que mi conocimiento sobre este
particular era hace unos pocos meses, más bien lamentable.
Así que empecé por reunir la bibliografía
lexicográfica canaria bastante copiosa, para mi
asombro y aprovechando una convalecencia clínica,
encontré el tiempo y obligada paciencia para espulgar
algunas obras a la caza de nombres de bichos. Revisé
el Diccionario de Historia Natural (1866), de Viera y Clavijo;
el Glosario de canarismos (1993) de Maffiote; el Diccionario
de coincidencias léxicas entre el español de Canarias
y el español de América (1994), de Corrales y
Corbella; de estos mismos autores, junto con Álvarez,
el Diccionario diferencial del español de Canarias (1996);
el Gran diccionario del habla canaria (1995), de OShanahan,
y por último, el Diccionario histórico etimológico
del habla canaria (2001), de Morera. He dejado al margen otras
obras, como el Tesoro lexicográfico (1996) o el reciente
Diccionario Histórico del Español de Canarias
(2001), porque sus voces ya han sido recogidas con anterioridad
y, francamente, porque después de peinar 4.286 páginas,
quedé derrotado.
Si
descontamos las voces técnicas que algunos autores, como
OShanahan, incluyen en sus obras sobre el habla
canaria pese a que prácticamente ningún
canario las use; descontando, como digo, estos canarismos impropios,
se obtiene un total de 388 nombres populares de bichos que ya
han sido registrados por la lexicografía. Bien es verdad,
que aproximadamente el 20% de estas voces obedecen a simples
variantes de un mismo nombre, como ocurre con sanantón,
sansantón, sarantón, sanantontón, sarantontón
y así hasta 14 variaciones. Pero, según los lingüistas,
estas turbulencias denominativas también revisten interés.
Lo
más llamativo del conjunto de voces populares atesoradas
es que proceden de muy pocas fuentes originales, y que las más
de las veces, los diccionarios se limitan a recopilar lo previamente
publicado. Destaca como trabajo de campo el Atlas lingüístico
y etnográfico de Canarias (1964) de Manuel Alvar, quien
hizo acopio de casi un centenar de nombres populares encuestando
solo sobre 15 bichos, escogidos, a su vez, de Viera y Clavijo.
Después de él, solo OShanahan (op. cit.)
y, sobre todo, Morera (op. cit) aportan nombres frescos directamente
recogidos por ellos; con razonable fiabilidad, en el segundo
caso.
Gunther
Haensch (1989) al tratar de los zoónimos y fitónimos
españoles y el problema de su descripción lexicográfica,
advierte atinadamente, que la imprecisión de los
nombres populares, muchos de ellos polisémicos, obliga
al lexicógrafo trabajar con mayor rigor científico,
y aconseja asegurarse la cooperación de un botánico
o de un zoólogo del área en que se usa el nombre
vernáculo.
He
podido comprobar lo particularmente acertado que resulta este
consejo en relación con los nombres de nuestros bichos.
Simoni-Aurembou (1981), en su ensayo sobre Nombres de algunas
bestezuelas en Andalucía y Canarias, incluye a las sanguijuelas
en los batracios, o compara el uso de la voz alacrán
y sus complementos (i.e. alacrán cebollero), sin percatarse
de que en unos casos se trata de un escorpión y en otros
de un escarabajo o de un grillotopo.
Los
nombres científicos que se aportan fruto del hábito
de copiar de los autores precedentes suelen estar desfasados
y son a menudo inoperantes. Sirva de muestra la voz «gusano
luminoso» que Viera y Clavijo introduce y asocia a la
luciérnaga, aportando una descripción derivada
de las enciclopedias de su época, y refiere al nombre
de «fuego salvaje» que le dan en La Palma, pero,
a todas luces, sin conocer el bicho para nada. Alvar, en su
Atlas lingüístico (op.cit) registra «fuego
salvaje», «fuego fato» y, sobre todo, «cocuyo»
y sus variantes «cucuyo» y «chuyú»,
que es como se conocen a las luciérnagas en América.
Es evidente que el informante, si estuvo emigrado en Venezuela
o Cuba, hecho muy común entre nuestra población
campesina, respondió a la pregunta sobre luciérnagas
o «gusanos de luz» con el nombre que conocían.
Pero el hecho es que en Canarias no tenemos constancia científica
de la presencia de coleópteros lampíridos; es
decir, de luciérnagas. Indagando sobre el particular,
parece ser que el fenómeno luminoso llamado «fuego
fato» o «salvaje» se produce ocasionalmente
en los campos tras grandes aguaceros y se debe, seguramente,
a mixomicetes, que son hongos mucilaginosos que pasan por diferentes
estados morfológicos, generándose luminiscencia
en algunas especies. Un pastor herreño me confirmó
el carácter gelatinoso de la materia que produce luz,
desvelando que, al menos, no se trata de un bicho.
De
poco nos sirve malrecoger una palabra de nuestro acervo cultural,
si nos dejamos su significado atrás o lo consignamos
con evidente error semántico. No puede decirse que el
conjunto de nombres de bichos extraído de los diccionarios
canarios sea deplorable, pero hay mucho significado que revisar
y concretar.
Con
esta sana intención planifiqué una breve campaña
por todas las islas para contrastar la realidad lingüística
con la referida en los textos lexicográficos, pero empleando
un método distinto. Para evitar el usar yo nombres que
pudieran influenciar al entrevistado, seleccioné cien
bichos diferentes, los que, por experiencia, sé que son
los más conspicuos; busqué ilustraciones de todos
ellos y las reuní en un cuadernillo manejable que me
sirvió para conducir las encuestas. Los dibujos son en
blanco y negro y, desde luego, hubiera sido preferible haber
llevado una muestra de ejemplares disecados conmigo. Pese a
ello, el método funcionó, y con el dibujo delante
y explicando un poco aquí y allá, acabábamos
por entendernos sobre el bicho en cuestión, o se confirmaba
el estado de inopia de mi interlocutor.
Es
importante no descartar nunca una respuesta obtenida, por extraña
que resulte. Tiempo habrá de ponerla en remojo
o de pedirle confirmación al entrevistado cuando, más
adelante en el cuadernillo, aparezca la especie presumiblemente
correcta. La primera vez que un cabrero de Fuerteventura me
designó una gruesa mariposa nocturna un esfíngido
como murciélago pensé que había
oído campanadas, si bien en el resto de las respuestas
era preciso y atinado. Luego el mismo nombre lo confirmarían
otros campesinos y así hasta que uno, en Órzola,
señaló como «murciélago» a
una libélula. En esta ocasión no me contuve y
le pregunte:
¿Pero el murciélago no es uno que vuela de noche?
Y
respondió:
¡Ah,
no! Ese es uno peludo, como los ratones.
O
sea, que también conocen al murciélago verdadero.
Se trata, pues, de un nombre compartido por dos bichos distintos
y un mamífero; de hecho, en Tenerife obtuve otro registro
equivalente para libélula, aunque más ajustado:
murciélago de agua. Las
polisemias son muy frecuentes en nuestras islas y hay que estar
bien atentos para no mezclarlas con asignaciones erróneas,
pues tampoco es infrecuente que nuestros magos, al desconocer
el nombre de un bicho, nos den el del que más se les
parece.
Entrevisté
a más de 100 personas cubriendo un total de 75 localidades
repartidas por las siete islas. Busqué preferentemente
gente mayor y campesinas la mitad supera los 70 años,
pues las pocas entrevistas que realicé a personas jóvenes
revelaron pronto una extendida ignorancia sobre los bichos y,
consecuentemente, sus nombres. También evité el
medio urbano para eludir el efecto de la cultura oficial y los
programas divulgativos de televisión. Con todo, raro
es el habitante de ciudad, como un abogado, por ejemplo, que
sepa reconocer y emplee más allá de 20 nombres
para designar bichos, y siempre usará los más
genéricos y comunes. La erosión cultural que padece
nuestra cultura tradicional se hace evidente
Entre
los entrevistados figuran agricultores, pastores, ferreteros,
peones de obra, portuarios, oficinistas, amas de casa, un guardia
civil, jardineros, guardamontes, una santiguadora, conductores,
etcétera. Dentro de este colectivo variopinto, los pastores
son quienes más bichos conocen, detallándome a
veces intimidades de la vida de algunas especies que llegaron
a admirarme; sin embargo y paradójicamente, no tenían
nombre para ellas. Cuentan con tiempo amplio para observar,
pero lo hacen en solitario y no surge la necesidad de comunicarse.
Por el contrario, las pocas mujeres que entrevisté solo
11, algo que habrá que corregir en el futuro, revelaron
un alto grado de empleo de nombres; ellas se ocupan de las huertas,
conocen quizás menos bichos, pero son más sociales
y habladoras que nuestros enjutos cabreros.
Tras
eliminar redundancias superfluas por ser nombres estándares
de uso generalizado, el total de registros de encuesta que pasé
a la base de datos asciende a 1.976, frente a los 933 de voces
ya publicadas. Su análisis y estudio es algo que llevará
tiempo. Tampoco cabe considerar concluida la contrastación
que inicialmente pretendía, pues solo he podido confirmar
poco menos de la mitad de las voces ya recogidas por la lexicografía:
unas 150. En compensación, he recopilado 468 nuevos nombres,
con lo que el total de voces populares conocidas por el momento,
viene a situarse en 856. Recordemos que los nombres técnicos
rondaban los 200, y los científicos superaban los 8.000.
Esta
cifra de 856 nombres populares de bichos debe manejarse con
las debidas cautelas, pues el 65% en el caso de mis encuestas
las he registrado una sola vez. No todos, obviamente, pero cabe
la posibilidad de que varios de estos nombres sean invenciones
personales, lo que los lingüistas llaman ideolectos, y
creo que deberían separarse o, al menos, diferenciarse
de los demás. Y por otra parte, están los meros
cambios de sonido debido a lapsus de memoria de nuestros paisanos,
con lo que se generan a veces largas retahílas de variantes
ortográficas de un mismo nombre popular.
Aunque
presumo que hay interés por conocer los nuevos nombres
registrados, no puedo presentarlos aquí por falta de
tiempo. Intentaré, eso sí, hacer un breve esbozo
del panorama lingüístico que se va perfilando.
Para
empezar, destacaría que no todos los grupos de bichos
reciben igual atención, ni dicha atención, dado
el caso, es equiparable en las diferentes islas. Así,
por ejemplo, El Hierro cuenta con más nombres para separar
las distintas arañas y algunos, incluso, son exclusivos
de la isla.
Tal es el caso de la viuda negra, que allí es bien conocida
como «araña mamona» debido a su peligrosa
picadura, la cual, por cierto, se combatía con una triaca
de excrementos humanos cocinados.
Hay
nombres, como éste, que se registran solo en una o un
par de islas, y otros, en su mayoría procedentes del
español estándar, que están más
extendidos (mosca, lagarta, babosa, etc.). El nombre «cigarrón»,
de ascendencia andaluza, reemplaza o se emplea indistintamente
junto a saltamontes, y así ocurre con algunos americanismos,
como «zancudo» que comparte escenario con mosquito,
o «chincha» que sustituye por completo a chinche.
Otras voces importadas están más restringidas
geográficamente o aparecen de modo esporádico
aquí y allá: de América han llegado «comején»,
«bachaco», «chiripa», «cucarro»,
«guaca», «nigua», «cucalán»,
«cucusito», etcétera. No cabe duda que su
presencia entre nosotros tiene mucho que ver con el tránsito
de emigrantes y repatriados. Los portuguesismos son más
antiguos y datan seguramente de la época de la Conquista.
Tenemos, entre otros, traza (de traça), «mangla»
(de mangra), «pezoña» (peçonha), «miñoca»
(minhoca) o el nombre de «barboleta», que prácticamente
sustituye a «mariposa» en la isla de La Palma.
Al
igual que hay bichos que no reciben nombre alguno, salvo el
genérico de su grupo o el residual de «bicho»,
destacan otros que incluso descontadas las variaciones
alrededor de un mismo nombre acaparan un largo repertorio
de sinonimias entre o incluso dentro de una isla. Presentaré
los cinco principales de esta suerte de hit-parade nominativo.
Las
mantis, con 24 nombres, entre ellos el de «santateresas»,
«esperanzas», «camellas», «santarritas»,
«cervánticas», «zapatanas», «mesitas
»y «sacapiojos». Este último proviene
de Gran Canaria, donde hubo costumbre de colocarse una mantis
bajo la bilbaína para que hiciera limpieza de la inmundicia
que allí pudiera prosperar. En el Hierro se las conoce
por «princesas», nombre que alude seguramente al
caminar altivo y arrogante de estos bichos que, por cierto,
son unos despiadados matarifes.
Las
libélulas, con 21 nombres: «caballitos del diablo»,
«helicóteros», «gorropijos»,
«cigarrones de agua», «floreros», «folelés»,
«murciélagos», «zipilines», etcétera.
El nombre de libélula solo lo emplean las personas que
han estudiado.
Los
milpiés, con 18 nombres: «bichonegro», «bicho-mazo»,
«bicho-friero», «trenes», «miserable»
porque huelen mal, «morenitas», «rosquines»,
etcétera. El nombre más sorprendente sea quizás
el de «falangista», originario de La Palma. Al no
hallar relación entre estos bichos que son negros,
y no azules con la falange de las JONS, pensé que
el nombre podría derivar de las hileras de patas que
se mueven en oleadas como las falanges de los antiguos griegos;
o por los ejércitos que forman en paredes y carreteras
al salir después de las lluvias. Sin embargo, en El Hierro,
donde el nombre es importado, también obtuve un registro
como «socialista». Y, ya intrigado, pregunté.
La respuesta que obtuve fue: Es que son muchos, pero no
hacen nada
Los
opiliones y arañas del género Pholcus (se confunden
fácilmente): Once nombres, entre ellos el de «zancapatas»,
«civiles», «teresitas», «arañas
patúdas» o «enamorados». Este último
deriva de una curiosa creencia: Se pone el bicho en la mano;
se le arranca una pata, y si esta se mueve, es que uno tiene
amores.
Las
Pachydema, con diez nombres. Se trata de unos escarabajos brillantes
como una castaña, algo peludos y del tamaño de
un dátil. Tienen la costumbre de salir en masa después
de las primeras lluvias. Esto ocurre a la hora del crepúsculo,
y su revoloteo bajo, pesado y zumbón los hace muy notorios.
Según nuestros magos, barruntan la lluvia. En El Hierro,
se les conoce por «firanques», nombre probablemente
guanche; en Gran Canaria por «romeros»; «remangados»
en Tenerife, «chamorritos» en Fuerteventura y en
La Palma siempre tan delicados los palmeros, se
registró «bombón de lluvia».
Obsérvese
que todos estos nombres no hacen alusión a especies concretas
sino a órdenes enteros (los odonatos o libélulas),
familias (Mántidos) o a lo sumo, géneros (las
Pachydema). Es muy infrecuente que una especie salvo determinadas
plagas reciba un nombre singularizado. Hay, no obstante,
algunas excepciones a esta regla. La Nezara viridula, una chinche
fétida de campo y color verde uniforme, se la conoce
por «beata», «fraire» o «apestosa»;
lo último, por razones obvias.
El
Ocypus olens es un escarabajo negro y alargado, de unos 3 centímetros,
que deambula solitario por nuestros campos, pero cuando se ve
amenazado, tiene la costumbre de levantar su abdomen hacia arriba,
como hacen los escorpiones. Con este proceder tan explícito
como inocuo, pues carece de todo tipo de veneno, se ha granjeado
el pavor del mago, especialmente en Canarias donde no existían
los escorpiones hasta época reciente. En El Hierro es
el «bicho mamón», «pezoña»
en La Gomera, pero con todo, el nombre más extendido
es el de «arraclán», metatesis de alacrán,
que es el nombre árabe para escorpión. «No
cojas al arraclán, que te pica y no tiene cura /ni con
las hierbas del mar /sino con la sepultura».
Realmente
original resulta el nombre de «maría-dominga»
registrado en Morro Jable (Fuerteventura) para Dericorys lobata
luteipennis, un saltamontes de aparatoso colorido, rayano en
lo carnavalesco. Habría que conocer a la tal María
Dominga, para evaluar si el nombre es realmente atinado. No
en vano, el término cursi, tan español, proviene
del apellido de una familia sevillana; de dos hermanas cuyo
afectado modo de vestir hizo impacto hasta en el léxico
nacional.
Los
mecanismos de formación de los nombres de bichos no parecen
ser distintos de los habituales en otros nombres populares.
Hay un núcleo de nombres patrimoniales procedentes del
español estándar y americano, o del portugués,
y solo muy pocos son de posible raíz guanche «firanque»,
«goro» o al menos autóctonos: «naipa»,
«záfiro», «singue» o «folelé».
De estos nombres surgen frecuentemente derivados, como «langoniza»
de longaniza, para la lombriz de tierra, o «chuchanga»,
para los caracoles, que proviene del portugués chuchar,
chupar. Algunos derivados admiten incluso una gradación
según la talla decreciente del bicho que designan. Tenemos
«hormigón» y «hormiga», o «burra»(Oryctes
sp.), «burrita» (Pimelia sp.) y «burriquita»
(Hegeter sp.), para tres escarabajos diferentes, en este ejemplo.
Es
frecuente que algunos nombres castellanos cambien de significado
en las islas, como ocurre con «zorro» (un esfíngido),
«carnero» (un escarabajo longicornio), «gato»
(una mosca asílido) o «sapo» (larva de los
mosquitos). El propio término escarabajo,
del español estándar, se aplica en Canarias solo
a las especies grandes y oscuras, como las del género
Pimelia, o Blaps.
Por
otra parte, hay voces que actúan a modo de comodines
entre varios grupos y ayudan a la formación de nombres
combinados: bicho, lagarta, cuca, rosca, zángano, cigarrón,
caballito, burra y vaquita; los habrá negros, verdes,
peludos, de estiércol, de agua, de madera, etcétera.
Las combinaciones son muy variadas, por más que algunas
resulten inapropiadas o sorprendentes. El «cigarrón
macho», por ejemplo, es un tipo de saltamontes cuyas hembras
precisamente las hembras tienen un largo ovopositor,
a modo de sable, que emerge de la parte final del abdomen; la
confusión es perdonable.
A
paradojas como esta se puede llegar también por simple
corrupción de las palabras. La escolopendra y miriápodos
afines se llaman en Canarias «ciempiés» o
«ciempatas», por más que tengan solo 42 ó
46 patas. Pero también se ha registrado «zaspiés»,
«zampiés», «cimpiés» y
finalmente «sinpiés», que acaba por liquidar
el atributo que pretendía destacar su nombre.
Los
nombres más originales sean quizás los compuestos,
formados por el amalgamiento de dos términos usualmente
vinculados a las costumbres del bicho: «cazamoscas»,
«apagacandil», «midepalmos», «cortacapote»,
«chupasangre», «levantarrabo», «picazurrones»,
«escarbatierra», «muerdehuye», etcétera.
Tenemos,
pues, la composición de nombres mediante palabras simples,
compuestas y combinadas. Y por el otro lado, está la
razón del nombre su motivación semántica,
que puede obedecer a múltiples consideraciones: un rasgo
destacado del bicho (forma, color u olor), lo que nos hace (i.e.
«mosca picona»), sus costumbres (i.e. «sepulturero»,
«recula»), su hábitat (i.e. «bicho
de estiércol»), el huésped sobre el que
habita (i.e. «bichopino»); su presunto origen (i.e.
«cuca inglesa»), relaciones místicas (i.e.
«madre del diablo», «vaquita de Dios»),
la utilidad que tienen (i.e. «verrugero», «bicho
de seda») o simple derivación metafórica
(i.e. «cajaguerra», «violines», los
mosquitos).
Esta
muestra de los nombres populares recopilados me gustaría
cerrarla con el que se da a las crisálidas de muchos
lepidópteros. A las que me refiero, se las encuentra
bajo las piedras y son como un estuchito marrón aguzado
por una punta. Casi todos los que hemos disfrutado del campo
en nuestra juventud en la era de la no-televisión,
acabamos jugando con ellas. Uno las tomaba en los dedos por
su parte lisa, y apuntando hacia arriba, presionaba ligeramente
para provocar que el animal se debatiera girando su abdomen
un par de veces y acabara señalando en cualquier dirección.
De ahí su nombre más extendido de «adivina»:
Adivina, adivina, por donde está tu cocina.
En Tenerife es también un «garachico» o «melorico»:
Melorico, melorico, dime pa dónde queda Puerto
Rico, y en Gran Canaria es el «zahorín»:
Zahorín, zahorinea, dime mi amor aónde quea.
Después de todo, lo que se aprende de chico, siempre
permanece.
*
* *
En
suma, y aún sin haber abordado los pertinentes estudios
comparativos, tengo la impresión de que Canarias es una
tierra rica en nombres populares de bichos. Quizás, la
división del archipiélago en siete islas y la
compartimentación de éstas en regiones a menudo
de difícil acceso en el pasado, ha propiciado, al igual
que en la evolución de las especies biológicas,
una gran diversidad de formas.
Los
nombres aborígenes de bichos que han llegado hasta la
actualidad son a lo sumo, dos o tres; muy pocos si se compara
con los de plantas. También debieron ser escasos quizás
una treintena los nombres de bichos recibidos inicialmente
del castellano y portugués, quedando, pues, muchos nichos
vacíos. Esto, por una parte, supuso una oportunidad
de asentamiento de palabras foráneas: los americanismos
que hoy conviven en nuestra lengua regional. También
sucedió que nombres llegados de la Península o
América y que pertenecen a especies que no existen en
las islas, aterrizaron sobre especies locales, a veces muy distintas,
y se instalaron para siempre. Por el otro lado, estas mismas
lagunas debieron favorecer la inspiración local a la
hora de afrontar la necesidad de nombrar los bichos, echando
mano de nombres y palabras de cualquier condición. Y
así surgirían la mayor parte de los nombres autóctonos;
canarismos, por excelencia.
El
resultado es, según se va perfilando, un conjunto de
nombres populares mayor de lo esperado; un acervo bastante diferenciado
de sus homólogos en otras regiones de habla hispana.
Corresponderá ahora a los lingüistas confirmar o
desaprobar estas ideas. Por mi parte, si algo he aprendido con
este ejercicio, es que en cuestión de nombres de bichos,
todavía queda liña para rato.
POST
SCRIPTUM
El
futuro de muchas voces populares es incierto, como lo es la
supervivencia de muchas especies animales canarios en un territorio
insular restringido, excesivamente ocupado y maltratado por
el hombre. El hábitat de las palabras son las personas.
Y si las plantas y animales nativos se ven amenazados por la
contaminación, la destrucción de su hábitat
o la invasión de especies exóticas agresivas;
lo mismo, mutatis mutandis, puede decirse de las palabras. Incluso
se podría elaborar una lista roja de los nombres populares
en peligro de extinción.
Si
nuestros campesinos y pastores desaparecen; si se contagian
de otras culturas, nuestras voces populares no hallarán
sustrato donde anidar.
De
poco sirve, salvo de consuelo, atesorarlas en libros y registros.
Sería como los especímenes disecados que se guardan
en los museos. ¿Dónde queda la grandeza de la
mariposa en vuelo? ¿Dónde, el uso atinado del
verbo?