Sr.
presidente, Sres. miembros de la Academia Canaria de la Lengua,
señoras y señores: buenas tardes. Quiero agradecer
al titular de la Institución, al secretario, a los proponentes,
a cuantos votaron la incorporación de un servidor a la
Academia, por la vía honoraria, la amistosa benevolencia
con que me honran. Somos conscientes todos de que, a falta de
méritos personales, estamos ante un acto de patente generosidad.
Les ruego, pues, que acojan el más cabal de los reconocimientos
y les pido licencia para compartir la distinción con
Vds. que la dispensan, con mi familia, con los compañeros
de la Universidad y de los medios informativos y con los amigos
de siempre. Esto es, con cuantos me han ayudado y me auxilian
en el aprendizaje del quehacer cotidiano, de la convivencia
solidaria y de la vida creativa y proyectada en el sosiego.
Aquí
debería, tal vez, acabar esta intervención. Sin
embargo, los usos académicos indican que he de pronunciar
el irrenunciable discurso. Así que, ante la probabilidad
de que las siguientes palabras no alcancen tal rango, también
les solicito que las interpreten, al menos, como rendido homenaje
a nuestros maestros: entre ellos, al profesor Ramón Trujillo
Carreño y a D. Andrés Bello Hernández:
la trabajada erudición del primero es la que nos incitó
y llevó de la mano, si no a conocer, sí a intuir,
a escudriñar, a comprobar, a retener algunas facetas
de la personalidad periodística del segundo.
No
tengo la pretensión de compendiar la ardua actividad
en Prensa del “más grande humanista de América”.
Ni siquiera he de atreverme a ensayar alguna aproximación
al, según el Dr. Rafael Caldera (1995), “maestro
por antonomasia, organizador de la institucionalización
republicana en Chile, poeta, filósofo, gramático,
jurista, internacionalista, diplomático, periodista,
científico, legislador, educador, Rector fundador de
la Universidad de Chile y tantas cosas más que abisma
la inmensidad de su obra, venezolano de nacimiento, donde se
formó hasta los 29 años, y canario por descendencia
de sus ocho bisabuelos, naturales de Tenerife”; ancestros
isleños investigados por el estudioso palmero David W.
Fernández (1978). Sólo aspiro a poner al día
la noticia de cómo aquel americano-canario cultivó
las hojas volanderas, en sus medios y en sus tiempos del XIX,
con valores de plena actualidad en el amanecer del siglo XXI.
Esbozo
éste que habrá de ser incompleto, aunque sí
quisiera que animador de investigaciones especializadas que
nos permitan recuperar inéditos horizontes del Periodismo
acreedor a tal nombre con el propósito de facilitarlos,
o de recordárselos, salvando las distancias, al informador
y al experto de las comunicaciones sociales de nuestros días.
Práctica de rescate intelectual y deontológico
a la que se hallan incorporados, desde hace 15 años,
el Departamento y la Facultad de Ciencias de la Información
de la Universidad de La Laguna y que acaso tendría que
proseguirse con el acercamiento analítico a otros periodistas
isleños, peninsulares, americanos, europeos…de
magisterio permanente.
El
lenguaje, instrumento esencial
Tenía
razón el catedrático Trujillo Carreño (1982)
en identificar en Bello la figura del gramático, más
allá de una época o circunstancia del pretérito
porque su trabajo vivifica hoy la ciencia del lenguaje. En efecto,
aquella dedicación lingüística, tan penetrante,
es la que ha invitado a la posteridad “a continuar la
creación, con todas sus consecuencias, y no a una inútil
beatería erudita, que consista sólo en considerar
el texto como algo definitivamente acabado y listo para que
se abalancen sobre él los filólogos, decididos
a tomarlo como objeto de disección.”
Las
actitudes doctrinales y didácticas, las teorías,
los postulados, las hipótesis, los principios filológicos
bellistas, subrayados por Trujillo, significan un conjunto de
horizontes inacabados. En ello, entre otros, coincidirá
después Hernández Montoya (1989) con esta percepción:
«Barthes dijo en su lección inaugural en el Colegio
de Francia que la lengua es fascista porque nos obliga a utilizar
una gramática arbitraria e injustificada (…) Nosotros,
por nuestra parte, preferimos quedarnos con la enseñanza
de Bello, ésa que recusa todo autoritarismo, fascista
o simplemente escolástico, para permitirnos examinar
nuestro hablar como seres libres y sin los límites de
doctrinas heredadas y ceremoniales; sin ser víctimas,
como él decía, del yugo de la ‘venerable
rutina’».
En
el mismo Prólogo de la «Gramática de la
lengua castellana destinada al uso de los americanos»,
su autor, que la fragua porque juzga “importante la conservación
de la lengua de nuestros padres en su posible pureza, como un
medio providencial de comunicación y un vínculo
de fraternidad entre las varias naciones de origen español
derramadas sobre los dos continentes”, no se detiene en
tan loable meta. Preserva, sí, garantiza la unidad idiomática
en una encrucijada histórica sin precedentes. Evita “la
confusión de idiomas, dialectos y jerigonzas, el caos
babilónico de la Edad Media”, desde el mismo alumbramiento
de las naciones hispanoamericanas, con su magna obra, la mejor
gramática del castellano y una de las mejores de los
tiempos modernos en cualquier idioma, según Amado Alonso
y Pedro Henríquez Ureña. Pero, simultáneamente,
rehúsa el “purismo supersticioso” y unce
la corrección al pragmatismo dinámico. “El
adelantamiento prodigioso –escribe en 1860– de todas
las ciencias y las artes, la difusión de la cultura intelectual
y las revoluciones políticas, piden cada día nuevos
signos para expresar ideas nuevas…”
Tales
actitudes, de apertura plena, realistas, de perenne contemporaneidad,
sin menoscabar, sino todo lo contrario, la trascendencia de
su incuestionable perfil de insigne gramático, también
lo enraízan en el periodismo. A pesar de que, como nos
dice Federico Álvarez (1983), a quien recurriremos con
profusión, “la condición periodística
de Bello siempre fue vista con reserva. No compaginan armoniosamente
la densidad intelectual del humanista y la inevitable superficialidad
de caza-noticias, la severa elegancia del estilo bellista y
el notorio desamparo estético del redactor apresurado
de hoy.”
Emergente
de prejuicios, desdenes, miopías, no obstante, ayer,
mañana y hoy, el instrumento, la herramienta esencial
en la profesión y en el oficio del informador no es otro
que el lenguaje, del que no ha de prescindirse la especificidad
de periodístico. No por capricho y sí en función
de las especiales señas de identidad que adquiere, al
nutrir o vertebrar el cuerpo y el alma de los diarios mensajes
destinados a la comunicación humana.
Miguel
Luis Amunátegui (1882), acaso su biógrafo más
cercano, dice de nuestro polígrafo que “puede afirmarse
sin inexactitud que pasó la vida enseñando”.
Vigilante y crítico, tal vez tendría que agregarse,
hacia el preciso empleo de la lengua. Práctica que acreditará
en el Prólogo de la «Gramática», adonde
sale al paso de las “locuciones afrancesadas” que
salpicaban hasta las obras de mayor estima de los escritores
peninsulares de aquel tiempo. Cometido de pionero, pues, también
en la preocupación por el decoro expresivo, libre, comunicativo,
que ahora siguen, en las columnas de la Prensa, profesores con
desvelo cotidiano, patentizado en los oportunos «Dardos»
de Fernando Lázaro y en las «Notas» clarificadoras,
jugosas, de Humberto Hernández.
El humanista y el educador
Constatada
la entrega de Bello al enriquecimiento –vigoroso–
del lenguaje, celebrada su veneración de la palabra,
aunque sólo reconocida entre las elites y con suficiencia
no antes del último tercio del siglo XX, bastarían
y sobrarían tan magnas aportaciones para que se le considerase
miembro egregio del periodismo universal. Pero, asimismo, ¿acaso
la poquedad científica y los vaivenes en el prestigio
social, connotativos de nuestro zarandeado oficio, han de doblegarnos
a excluirlo, injustamente, como artífice de Prensa? ¿Por
qué obviar de su estela fecunda los incontables afanes,
muy concretos, con los que comprometió la voluntad y
la pluma de periodista activo, irreprochable?
Antes
de mencionar únicamente contados quehaceres, que, subrayamos,
igualmente son de luminoso testimonio para los informadores
actuales, evoquemos algunos de los fundamentos sobre los que
levantará, incansable y nunca satisfecho, la propia formación.
“Aprende para enseñar y para servir. No hay un
momento de egoísta devaneo o de complacida despreocupación
en toda su larga obra (…) No tuvo nunca el narcisismo
del saber, sino un empeño tenaz de reunir ciencia y conocimiento
para decirles a los pueblos hispanoamericanos de dónde
venían, con cuáles recursos contaban y el panorama
del mundo en que les tocaba afirmarse y actuar”, apunta
Uslar Pietri (1965). En resumen, el empeño, el trabajo
ciclópeo de este verdadero sabio laborioso se nucleó
en torno a la promoción del pensamiento, orientado a
la continuidad de “las tareas superiores de la civilización
en la América Hispana.”
Nos
propone Pedro Grases (1978) que, en líneas generales,
el tiempo de Bello discurrió así: Colonia (en
Caracas, 1781-1810); guerras de independencia (en Londres, 1810-1829);
gobierno y edificación de las nacionalidades hispanoamericanas
(en Chile, 1829-1865). Sigamos esa cronología, avisados
de que se halló siempre a la altura de la misión
que las horas y las coyunturas le permitían, impulsado
por convicciones nobilísimas, frecuentemente sin estímulo
exterior alguno, y acomodando sus actos a la clara conciencia
de los fines perseguidos y de su propio valer.
Pero
habíamos anticipado que Caldera lo proclama como “el
más grande humanista de América”. Establece
el historiador Pancho García (1995) que cuando salió
de Venezuela ya se había formado el humanista porque
poseía “la vocación al estudio, un sistema
fundamental de nociones que lo acompañaría en
su vida, un método de investigación y un criterio
claro y jerárquico para interpretar las letras y la vida”.
No sería prudente rechazar esa aseveración, aunque
haya de permitirnos alguna digresión mínima.
La
sólida y resuelta predilección de Andrés
Bello por las Humanidades nace en Caracas, naturalmente. Se
robustece en Londres y adquiere cotas cimeras hasta que expira
en Santiago de Chile. Es un proceso ininterrumpido, ascendente;
transido de dificultades, muchas renuncias y pocas satisfacciones…
Desde
niño, en la ciudad colonial se le induce al hábito
de la lectura y a la preeminencia de las lenguas y las obras
clásicas. Vila Selma (1976) comenta que sus educadores,
más que acumular conocimientos en la memoria del muchacho,
procuraron ponerle en movimiento, en ejercicio, su entendimiento
para que fuera capaz de asimilar, de observar, de ordenar por
sí mismo los saberes. De modo que luego, entre los condiscípulos,
llegaba a sobresalir, no tanto por la cantidad de enseñanzas
aprehendidas como por la profundidad en la forma de sistematizarlas
y en la brillantez de exponerlas.
Su
deleite con los principales autores latinos y griegos aumentará
en las bibliotecas británicas. Lo que no obstará
para que siguiera, con puntualidad, la edición de los
volúmenes nuevos de superior significación en
Europa, hasta edad muy avanzada, tal cual desmostraría
el historiador Barros Arana al catalogar los libros que utilizaba
para documentarse y estar al día.
De
la estancia londinense, ha ponderado Grases que “no era
tan sólo disponer de riquísimos fondos de sabiduría
humana, fuera de su alcance mientras vivió en Caracas,
ni el trato de otros hombres-emigrados españoles; diplomáticos
hispanoamericanos; literatos, filósofos y políticos
ingleses. Había algo más. De los veintinueve a
los cuarenta y ocho años de edad, en Londres, Bello maduró
sus ideas y sus proyectos con otra estimativa y contemplación
de la humanidad”. Se produjera, o no, en grado de prodigio,
la evolución de la mentalidad de Andrés Bello
en aquellos diecinueve años en Inglaterra, en los que,
por cierto, la vida ni le sería apacible ni recoleta:
versión edulcorada de Vidal Muñoz (1982), ha de
esperarse a su postrer singladura chilena para que cuaje y se
irradie, en fecundidad, la indeleble huella de humanista porfiado,
diligente, íntegro, original. O a fin de que sea expresión,
personificada, de los fundidos ideales de humanismo y de americanismo.
En la capital del Imperio británico, los encuentros y
la convivencia con los intelectuales ingleses, con los exiliados
liberales peninsulares de los periodos absolutistas de 1814-1820
y 1823-1835, con Francisco de Miranda y otros americanos, así
como con los comisionados de los nuevos Estados independientes,
debieron contribuir, sin duda, en la amplitud de su acervo humanístico:
en las ideas y en la ética. Al igual que había
sido receptivo en el cualificado ámbito caraqueño
y en el trato con los hermanos Alejandro y Guillermo von Humboldt.
No
nos parece inadecuado observar que Bello pertenece, de hecho
y por derecho, a la estirpe del segundo humanismo europeo o
humanismo del norte, en el que el profesor Antonio Fontán
(2002) destaca como las tres figuras más notables a Erasmo
de Rótterdam (1465-1536), a Tomás Moro (1478-1535)
y a Juan Luis Vives (1492/3-1540). Aunque le gustara presentarse
como poeta, Erasmo será un adalid de la preservación
de la lengua latina. Moro dignificará los altruistas
empeños de los juristas y de los políticos honrados.
Vives se significará en la filosofía y la diplomacia,
aparte de ejercer de intérprete y de secretario de Corte.
Trescientos
años después, Andrés Bello se afanará
en recrear, infatigable, concienzuda, responsablemente, todas
esas actividades, bajo idénticos paradigmas reflexivos
y de congruente conducta personal.
Los
cuatro fueron pedagogos: en el sentido más tradicional
de la voz, como modelos que muy bien harían en seguir
muchos que hoy ostentan ese título.
Defendieron
los postulados de la igualdad, en la absoluta y común
participación ciudadana en todas las esferas públicas;
sembraron y fomentaron el amor por la paz en la relación
de las personas, las familias, las naciones y las idiosincrasias;
en sus comportamientos cotidianos, dieron ejemplo de desprecio
por los bienes materiales, a pesar de que alguno atravesara
estrecheces de indigencia.
Para
la subsistencia económica de la familia, Bello hubo de
simultanear, desde muy joven, sus estudios en Caracas con la
impartición de clases particulares aunque por éstas
sólo recibiera, en ocasiones, parabienes o meras frases
de gratitud.
Esos
contratiempos no afectaron, sobra aclararlo, al sistema didáctico
que asumía a partir de la comprensión de la palabra
escrita. Mejor: en el pensamiento, en la reflexión y
en el lenguaje funde y armoniza los cimientos para la educación
de la persona. Dentro de los «Estudios sobre Virgilio»
(1826) abunda en que “el hábito de pensar, unido
a la necesidad de hacer uso de lo que se piensa conducen a perfeccionar
el arte de dar fuerza a la palabra.”
Invariablemente,
les recomendaba a los alumnos la lectura, diaria y atenta, como
el ejercicio de máximo provecho formativo. En instantes
de grave penuria dineraria, asimismo en Londres donde instruía
en el castellano en hogares acomodados, repetiría: “Mi
cerebro necesita más alimento que mi estómago”
(…) “«Las Partidas» es el mejor digestivo
que he encontrado hasta la fecha.” Llegado a Chile comprueba
que “en el país no se lee”, eran pocos los
que sabían leer, no había inquietud de aprendizaje
“y –señala Vila– existía, sobre
todo, esa clase de analfabetismo todavía más nocivo:
el de quienes se creen sabios por saber musitar las sílabas
de las palabras.” En consecuencia, lejos de cruzarse de
brazos, no dudará en encauzar sus polifacéticas
ocupaciones en la consistente urdimbre de la acción social,
indisolublemente tejida en el telar de la palabra divulgada.
Andrés
Bello “pasó la vida enseñando”. Anduvo
preocupado porque los individuos adquirieran una educación
personalizada y para que cada pueblo percibiera la insoslayable
urgencia de laborar por la potenciación de la cultura
peculiar, en el regazo y en la infinitud de la cultura universal.
Abarcó desde la elementalidad de la escuela primaria
a la docencia superior. Uslar Pietri le reputa “esencialmente
y en el más alto sentido de la palabra” la categoría
de educador ; que, además, mira a la Universidad “como
el grande e insustituible centro del espíritu, del progreso
y de las luces”(…)”Una Universidad no pasiva
y repitiente, sino activa y creadora, sabedora del pasado, pero
vuelta con todo el poder de la energía y de sus luces
hacia el presente y el porvenir.” Además, repetía
que la instrucción primaria no se defendía, sino
donde hubieran florecido de antemano las ciencias y las letras.
Anticipándose,
asimismo, a prácticas pedagógicas hoy vanguardistas,
airea las aulas con técnicas de didáctica activa,
sorprendentes en aquella época de rutinas, de indolencia,
de impensables revisiones, modificaciones, cambios.
Porque
buscaba el ejercicio de la inteligencia de los discípulos,
los motiva para que deseen aprender y pongan voluntad en reforzar
sus capacidades de análisis, de síntesis, de relación.
También, con el fin de que respetaran y apreciasen principios
de moralidad, virtudes humanas, oxigenaciones democráticas…
todo aquello de valioso que fuera susceptible de confluir en
la formación integral del hombre y de la mujer. Sin imponer,
con ínfulas de dogmatismo, ningún modelo único,
y sin tampoco descuidar el coherente ejemplo de la propia conducta.
Desterró
de las clases la oscura o sospechosa altivez de la lección
magistral enmarañada e inapelable, la exclusivizada y
férrea horma memorística, la esclerosis o rigidez
del concepto inaccesible, la dictadura de los directos e indirectos
reflejos autoritarios, la consolidada lejanía con los
discentes. Esto es, rompe los esquemas del monólogo ensoberbecido
y los reemplaza con innovaciones de traza educativa: no tanto
a través de inexistentes –entonces– instrumentos
auxiliares de apoyo, cuanto de adecuados recursos, nada improvisados,
del talento generoso. Siempre acompasado al diálogo.
Preparadas
y enunciadas las exposiciones, Bello propiciaba que el alumnado
formulase puntos de vista, dudas, objeciones, reparos. Amorosada
la conversación, dirigía las controversias en
grupo a profundizar en sus primeras intervenciones y motivaba
el desarrollo de la inventiva serena, de la concepción
de ideas, de las evoluciones reflexivas.
Aún
con poca diferencia de edad, Andrés Bello tuvo como discípulo
a Simón Bolívar. Sin cuestionar el criterio de
Emil Ludwig (1983), de que el principal maestro del Libertador
fue Simón (Carreño) Rodríguez, ¿por
qué negar la más que probable influencia bellista
en Bolívar? ¿Al menos, en la perspicaz idea de
la sociedad panamericana, en la lucha en pro de la unidad y
contra las disensiones partidistas? ¿O en cuanto la utilidad
de la Prensa-Bolívar denominaría a la imprenta
como “la artillería del pensamiento” –para
la siembra y el posterior respaldo de las convicciones sociales-revolucionarias?
Primer periodista de Venezuela
Del
primer periodista español de profesión, Nipho
y Cagigal (1719-1803), valora Guinard (1973) que fue pionero
en comprender el periódico como empresa digna de ocupar
enteramente a un hombre de letras. Además de intuir sus
exigencias: exactitud, rapidez, precio poco elevado; sus posibilidades
de información y, sobre todo, de educación; y
que dio pruebas de imaginación y actividad incansables
“que son propias del verdadero periodista”.
Ciertamente,
Bello, excepto en la completa dedicación profesionalizada,
vislumbra y comparte con Nipho la relevancia del cometido de
la Prensa, en cuanto que medio de comunicación al servicio
de la sociedad. Luego veremos cómo. Antes, aludamos a
la desigual situación periodística, con algunos
antecedentes americanos y europeos, en la que han de enmarcarse
las concretas aportaciones del primer periodista venezolano.
La
primera hoja impresa de noticias de América, titulada
«Relación del espantable terremoto de Guatemala»,
data de 1541. También circulan sueltos volantes desde
1594 y 1618 en Lima, donde se reimprime ocasionalmente la «Gaceta
de Madrid» a partir de 1715. (a)
La «Gaceta de México» (1722), mensual, es
considerada el primer periódico de Iberoamérica.
Y el del mismo título, de Manuel Antonio Valdés,
fue el de más larga duración (1784-1809) de la
época colonial, que pasaría a titularse la «Gaceta
del Gobierno de México» (1810-1821) en los años
de la emancipación. Las «Gacetas» de Goathemala,
Lima, La Habana, Santa Fe de Bogotá…; las «Primicias
de la cultura de Quito» o el «Mercurio Peruano »
serán exponentes de un periodismo dieciochesco que surge
en las capitales virreinales o en sedes de capitanías
generales o audiencias, con algunas excepciones, como la de
Venezuela; mientras que ya en1805 y 1809 irrumpe la Prensa de
provincias, con «El Amigo de los Cubanos», en Santiago,
el «Jornal Económico Mercantil de Veracruz»
o el «Semanario Patriótico», de Guadalajara.
————————
(a)
Transcribiremos Gaceta con c, aunque varias
de esas cabeceras aparecían con z.
————————
Relata
Juan María Guasch (1990) que eran obras de escritores
entusiasmados y sin recursos; de diferentes contenidos y periodicidad;
controladas por las autoridades; apoyadas, a veces, por sociedades
patrióticas, académicas y literarias; sujetas
a las minoritarias suscripciones: los 507 suscriptores del «Diario
de México», en 1806, constituían todo un
liderazgo en lectores. Sin embargo, a pesar del analfabetismo
imperante, de las distancias y la falta de comunicaciones, de
la competencia de los periódicos peninsulares –La
«Gaceta de Madrid» y el «Correo Mercantil
de España y sus Indias» (1792-1808) tenían
aceptable difusión en las colonias–; de la modestia
artesanal de los talleres…a principios del siglo XIX,
el periodismo había alcanzado una primera madurez en
la América hispana.
Se
ha condensado la doctrina oficial de las autoridades españolas
en materia de Prensa en la siguiente cita del virrey de México,
en 1784, Matías Gálvez: “Yo tengo la Gaceta
por muy útil, siempre que se reduzca a noticias indiferentes:
entradas, salidas, cargas de navíos, producciones de
la naturaleza; elecciones de prelados, de alcaldes ordinarios;
posesiones de canónigos y otras particularidades apreciables
(…) Todo esto se olvida a poco tiempo (…) Por otra
parte, importa dar materia inocente en que se cebe la curiosidad
del público.”
Aún
con la vigencia de instrucciones de tal cariz, que no se circunscribieron
al territorio del mencionado virreinato, hubo periódicos
hispanoamericanos que propagarían la Ilustración
o los anhelos renovadores en pro de una sociedad más
culta y atendida en otras necesidades. Al igual que la Prensa
española, caracterizada en el último decenio del
siglo XVIII por la especialización (temas literarios,
científicos, técnicos, políticos, institucionales,
de crítica social y de costumbres), y a la que María
Dolores Sáiz (1983) incluye en la misión de fomentar
“el espíritu ilustrado y racionalista en claro
enfrentamiento con el dogmatismo tradicional”. Papel que
desempeñarán también las tertulias, las
Academias, las Universidades y las Sociedades Económicas.
Sin
embargo, en el periodo emancipador, aquella Prensa o serviría
a las autoridades españolas o a las Juntas Patrióticas.
Sin faltar periódicos que cambiaron de actitud al hilo
de los sucesos y coyunturas: la «Gaceta de Caracas»
(1808-1822) modificó seis veces la orientación
en catorce años.
Precisamente
aquel retardado periódico impreso fue el que convirtió
a Bello en el primer periodista de Venezuela. Aunque en la entonces
provincia, y a la vez sede de Capitanía General, se habían
sucedido las peticiones de contar con Prensa propia, la frustración,
acumulada, doble, durará hasta que altos funcionarios
persuadan a la autoridad colonial de la conveniencia de “fundar
un periódico que informase a los venezolanos sobre los
acontecimientos peninsulares de modo conveniente para los intereses
de la Corona”. ¿Por qué creciente desencanto
y por duplicado? En la doble razón de la tardanza en
contar con alguna publicación impresa y en el carácter
oficialista de la «Gaceta».
La
imprenta llega, por fin, al puerto de La Guaira, procedente
de las Antillas, el 23 de septiembre de 1808. Casi tres siglos
después de que arribara a México y medio siglo
más tarde de que lo hiciese a Canarias (1751). Y aunque
la «Gaceta de Caracas» nace con una centuria de
retraso respecto a la mexicana, coincidirá con la aparición
de «El Correo de Tenerife» (25 de agosto de 1808),
órgano de la Junta Suprema de Canarias, considerado por
algunos como el primer periódico de las Islas aun cuando
dicha preeminencia otros la demandan para el «Semanario
Misceláneo Enciclopédico Elementar» (sic),
cuyo número 1, fechado en Santa Cruz e impreso en La
Laguna, es del 2 de noviembre de 1785.
Junto
a su muy tardío lanzamiento, la minoría intelectual
de la época también lamentará que la inicial
publicación periódica venezolana surja oficialista.
Huérfana
de los contenidos científicos, literarios, políticos…que,
por influjo de los ilustrados, animaban a «Mercurios»
y «Gacetas » en Bogotá, Lima o México.
A pesar de las restricciones del sistema colonial.
La
«Gaceta de Caracas» sale a la calle el 24 de octubre
de 1808, y desde ese mismo día y hasta el 15 de abril
de 1810, Andrés Bello, redactor en la primigenia etapa
que comprende 59 números ordinarios y 15 extraordinarios,
adquiere el rango de primer periodista de Venezuela. Pero para
conocer tal participación habrá que esperar al
siglo XX, en que el historiador García Chuecos descubre
una carta dirigida al capitán general Juan de Casas donde
se le da cuenta de la imposibilidad de sustituir a Bello, indispuesto
de salud en 1809.
¿Él
era el único candidato a protagonizar el alumbramiento
del periodismo impreso venezolano? No. El profesor Federico
Álvarez (1981), probablemente el investigador periodístico
bellista de mayor ecuanimidad en sus averiguaciones, “para
nombrar sólo a tres”, cita a Miguel José
Sanz, Juan Germán Roscio y Francisco Iznardi, que “serían
periodistas de garra en los años posteriores al 19 de
abril de 1810”.
Bello
hubo de aceptar el encargo como un deber más en las ocupaciones
de funcionario en la Colonia. Lo hará con una exquisita
prudencia, dados su estatus y la estrecha amistad con casi todos
los conjurados en las posteriores sublevaciones, en la abortada
del 2 de abril y en la triunfante del día 19, en que
la Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII
o Gobierno Revolucionario de Venezuela le confía organizar
la Secretaría de aquella institución formada por
miembros del Cabildo y criollos.
Al
no disfrutar de libertades para diversificar contenidos de política
independiente, económicos, amenos…incrusta el periodismo
posibilista en el anonimato. Éste, frecuente en los periódicos
de entonces, lo extremará hasta ocultar cualquier huella
personal suya. Mas, una discreción tan absoluta no fue
óbice para que el periódico a su cargo descollara,
entre los colegas de entonces, por la regularidad en acudir
a la cita con los lectores, por la estabilidad del formato,
por el orden de las secciones, por la preferente atención
a las novedades internacionales –facilitadas en la consulta
continua de las cabeceras extranjeras–, por la claridad
en la redacción de extractos, por la inclusión
de notas culturales en la insuficiente información local
y por la lealtad a la línea editorial, obsesivamente
antinapoleónica.
Aún
siendo el redactor de la «Gaceta de Caracas», Bello,
con el italiano Iznardi, a finales de 1809, proyecta «El
Lucero», intento que no sería “la primera
empresa periodística independiente” venezolana,
como sostiene algún experto, ya que disponía de
la protección del Real Consulado de Comercio de la Capitanía
General. Pero que, en el Prospecto, que sí llegó
a publicarse, desvela un poco más su concepción
del periodismo. El nonato semanario se disponía a difundir
informaciones alusivas a ciencias útiles, moral civil,
elocuencia y poesía, pureza de la lengua, teatro, historia
y estadística del país, bello sexo, etc.
Bello
participa, sin equidistancias, de la naturaleza del Periodismo
descrita por Nipho como oficio difícil, penoso y poco
lucrativo, con grandes posibilidades creadoras. Llamado a desempeñar
una función educativa en todos los ámbitos de
la vida ciudadana, que ha de contribuir a elevar el nivel económico
de la nación, a proteger la moralidad y a fomentar la
cultura.
Labor periodística en Londres
Comisionado
por la Junta venezolana, con Simón Bolívar y Luis
López Méndez, Andrés Bello acude a Inglaterra,
en 1810, para recabar ayuda económica, auxilio militar
y reconocimiento diplomático: sin barrunto alguno que
le hiciese prever que su estancia en la capital británica
se prolongaría durante casi dos decenios en los que también
desarrolló importantes tareas periodísticas.
Refiriéndonos
al humanista, hablamos antes del ambiente intelectual que lo
acogió. Periodísticamente, pocos años antes,
en EE.UU. había 17 diarios y 200 periódicos en
trece Estados, que “copiaban la mayoría de las
veces –consigna Pierre Albert (1990)– las fórmulas
británicas (…) tenían un estilo directo,
violento y abusaban de las polémicas personales”.
Alexis de Tocqueville, en su examen de la Prensa en la primera
mitad del siglo XIX, contrapone, igualmente: “El espíritu
del periodista en Francia consiste en discutir, de un modo violento
pero elevado y a menudo muy elocuente, los grandes intereses
del Estado (…). El espíritu del periodista en América
es el atacar groseramente, sin ambages ni arte, las pasiones
de aquellos a quienes se dirige; el de seguir a éstos
en su vida privada y poner al desnudo sus flaquezas y vicios.”
( Cfr. Pizarroso, 1993).
En
lo concerniente al periodismo peninsular, desde que se lo permitan
los sucesivos climas reaccionarios, procurará atenerse
a la más fugaz actualidad, como todo periodismo “escrito
con rapidez –amplía María Cruz Seoane (1983)–
y sin poder detenerse en consideraciones de estilo, obra, por
otra parte, con frecuencia, de personas que no habían
pensado en ser escritores, pero que creían tener algo
que decir sobre las cuestiones políticas o militares
«compuesto de repente y a modo de oratoria escrita»,
como dice Alcalá Galiano”, y que podría
adolecer de incorrección, pero que era vivo, animado,
lleno de fuego. Aunque transformador del estilo literario español,
“viciándolo y corrompiéndolo, en sentir
de los puristas, sobre todo con el empleo de galicismos de léxico
y construcción, pero adecuándolo a las necesidades
de la nueva época.”
En
Gran Bretaña, las luchas políticas multiplicaban
las cabeceras periodísticas. El «Times»,
consolidado a partir de 1803 bajo la dirección de John
Walter II, progresa en calidad con el redactor jefe Thomas Barnes,
entre 1817 y 1841. Simultáneamente, crecen las modalidades
de la revista política, de los dominicales de literatura
popular y sucesos criminales…mientras, los refugiados
liberales españoles llegaron a editar no menos de siete
periódicos ante la expectativa, añadida, de dirigirse
también a lectores hispanoamericanos. El mercado americano,
inteligentemente explotado por el editor Ackermann, pudo dar
ocupación a varios escritores hispanos exiliados.
Los
contactos de Bello con aquella Prensa exiliada se producen,
singularmente, con «El Español», de Blanco
White; «El Colombiano», editado por Francisco de
Miranda, y, hacia 1820, incorporándose a la Redacción
de «El Censor Americano”, revista de la que dijo
Irisarri “que vale algo más de lo que tiene de
mío, y mucho por los artículos con que me auxilió
el muy erudito y muy amable señor Bello.” (Donoso,
1934).
Finalmente,
agrupándose con los iberoamericanos y españoles
García del Río, López Méndez, Gutiérrez
Moreno, Cortez y otros, en 1823, crea la Sociedad Hispanoamericana
y promueve la «Biblioteca Americana».
La
orientación del periódico sería más
pedagógica que sólo informativa, desglosada en
la presentación en “una miscelánea de literatura,
artes y ciencias”. Sin embargo, tampoco faltarían
después en sus páginas notas divulgativas. Acerca
de estas últimas, Federico Álvarez interpreta
que “su contenido y redacción son claras, sencillas
y estrictamente informativas, muy semejantes a las que la Prensa
de hoy publica sobre diversas actividades económicas
o riquezas naturales. En ellas se advierten dos intenciones:
por una parte, dar a conocer a los europeos las posibilidades
de inversión que existían en el Continente; y
por otra, llamar la atención de los gobiernos y pueblos
americanos sobre estos aspectos. No olvidemos que después
de 12 años de guerra, estos países estaban abocados
a la tarea de reconstruir su economía. Este elemento
comunicaba a estas notas actualidad y evidente interés
público, que son los fundamentos de todo periodismo.”
La
«Biblioteca», a la que se le dispensa buen recibimiento,
muere en el mismo año en que nace. Miguel Luis Amunátegui
aduce que los costes de la edición, lujosa e ilustrada,
eran abultadamente subidos y que las dificultades de comunicación
con las nuevas repúblicas impedían que pudiera
recaudarse el precio de las suscripciones.
Entre
1826 y 1827, «El Repertorio Americano», la segunda
obra periodística de Bello en Inglaterra, perecerá
de nuevo por los obstáculos para la distribución
y el cobro de los ejemplares. Aun cuando, esta vez, el periódico
disfrutaba del apoyo de una acreditada casa editorial franco-inglesa:
Bossange padre, de París; y Bossange, Barthés
y Lowell, de Londres. Sin embargo, a los inconvenientes indicados,
habría que añadir la falta de efectivas disponibilidades
económicas de los ciudadanos y de los Gobiernos a los
que iban destinadas estas publicaciones para poder sufragarlas.
Aparte de la incidencia de los desencuentros entre Bolívar
y Bello.
«El
Repertorio» aglutinó a un renovado equipo de hispanoamericanos:
los españoles Salvá y Mendíbil; y los americanos
Olmedo, Fernández Madrid y García Goyana, además
de los propulsores García del Río y Bello. Despliega
éste una decisiva labor informativa en todas las secciones
de la publicación, en especial en las tituladas “Variedades”
y “Documentos relativos a la historia de América”,
aparte de en los comentarios bibliográficos.
No
se conocen las cuentas de ambos periódicos, sí
datos sueltos en cartas; Silva Castro (1973) señala que
“no es forzado suponer que hubo allí sólo
pérdidas y quebrantos, y salvo el brillo intelectual
de la iniciativa, todo en ellas fue un mal disimulado desastre”.
Mas, ¿no hubo, también, labor periodística
de un Bello que, dejando de lado “tareas más remunerativas”,
opta por el quehacer divulgativo al ritmo que le dejan los inacabables
reveses a los que, sin fortuna, trata de sobreponerse? En Londres,
como en Caracas, no ejercerá el periodismo que piensa
y sueña, sino el que puede y le dejan. Lo que no ha de
mermar las debidas consideraciones, sino todo lo contrario,
a su condición de periodista inspirado, agudo, capaz,
perseverante, vocacional.
El periodismo fructífero
Ésas
y otras cualidades descollarán en su más sazonada
etapa periodística. Andrés Bello llega a Chile
a mediados de 1829. Ocupa un puesto ministerial y en la segunda
patria la actividad informativa la concentrará en «El
Araucano», periódico entre oficialista e independiente,
durante más de veinte años (1830-1853) en algunos
de los que, asimismo, ejerció funciones de director,
aunque no de forma oficial.
El
semanario nace el 17 de septiembre de 1830, apoyado por el ministro
Portales y dirigido por Manuel José Garandillas. Se presentaba
como vehículo de difusión cultural, asentado en
principios de utilidad pública; en concreto, atendería
a las reformas institucionales y satisfaría los anhelos
del “comercio, la industria, las artes, la minería,
la educación, las costumbres y el progreso rápido
y continuado de las luces”. Distanciado de las controversias
de una Prensa de partidismos localistas, daría noticias
internacionales, provechosas a los gobernantes, industriales
y comerciantes chilenos y, al mismo tiempo, buscaría
atraer del extranjero los flujos de inversiones y de inmigrantes
que demandaba el joven país. En esta Sección y
en la de «Variedades», con múltiples trabajos
propios, proseguiría Bello los propósitos, frustrados,
que albergó en las revistas londinenses. Las traducciones
y los extractos los completaría con sueltos, artículos,
crónicas, comentarios…siendo, incluso, el precursor
del género de la crítica teatral chilena. También
descollarían, por la maestría, sus copiosos comentarios
literarios. (Salvat Monguillot, 1973).
En
«El Araucano», será Bello el alentador y
artífice de campañas periodísticas, ligadas
a problemas candentes de la vida cotidiana, sin alterar la conducta
de total renuncia al lucimiento personal y con el incansable
objetivo de influir en la opinión pública, minoritaria
pero dirigente, y, en lo posible, con la intención de
modelarla. De esas campañas, seleccionamos:
–La
encaminada a implantar juicios públicos, todavía
secretos desde el tiempo de la Colonia, así como a que
las actuaciones de los jueces fuesen vigiladas por la opinión
cívica, a través de la Prensa.
–La
dirigida a reducir las leyes penales a un solo Código,
sencillo y manejable, para que los magistrados supieran a qué
atenerse en los fundamentos de los fallos. Ello, con independencia
de que en 1853 aparcó las ocupaciones periodísticas
y procedió a la redacción definitiva del Código
Civil de la república.
–Las
orientadas a la renovación de la enseñanza y al
fomento científico, con innovaciones metodológicas
–recordemos, aún hoy vanguardistas–; a la
puesta en marcha de las carreras de Farmacia, Medicina y otras;
y a la extensión de la educación popular y la
formación profesional: escuelas dominicales para adultos,
etc.
–Las
vinculadas a la convicción de que las Ciencias Naturales:
la Historia Natural, la Física, la Química –sin
despreciar a la Teología y a la Jurisprudencia, entonces
allí de moda– podían, debían, en
laboratorios y empresas, coadyuvar a resolver las graves deficiencias
económicas y sociales de la nación.
De
la última etapa periodística de Bello, en la que
siguió con la responsabilidad directiva de «El
Araucano», nos detendremos en dos de sus artículos.
En
el primero, del 11 de febrero de 1842, titulado: “Aniversario
de la batalla de Chabuco”, el editorialista conecta la
paz y un sistema regular, político y económico,
con las mejoras y dichas sociales; ejemplifica el proceder de
Venezuela y Chile ante las naciones hermanas; insiste en las
ventajas de difundir en el exterior y en el interior la madurez
institucional doméstica y apela a la indispensable colaboración
difusora de los periodistas.
Justifica:
“He aquí también las causas que han movido
nuestra pluma siempre que hemos tratado de hacer ver las ventajas
de nuestra situación feliz, y que nos han hecho aprovechar
y aun buscar las ocasiones de inculcar el amor al orden, para
hacerlo amar más y más de nuestros conciudadanos,
y atraer sobre él y sobre nosotros mismos las miradas
de los pueblos americanos, menos felices que nosotros, y necesitados
por consiguiente de los argumentos del ejemplo y de los hechos.”
Manifiesta
más adelante: “(…) creemos de suma importancia
que sea conocida nuestra situación actual por las naciones
europeas, en donde el sobrante de capitales y de una población
activa e industriosa, se hubieran abierto paso hasta nosotros,
hace tiempo, sin las continuas revueltas y agitaciones que nos
han atormentado, y que hacían incierta, por no decir
imposible, toda especulación industrial o cualquier empresa
fundada en la estabilidad de nuestros gobiernos e instituciones.”
Por
último, exige: “Sólo falta que las ventajas
de Chile, así en el orden político como en el
orden industrial, se hagan más generalmente conocidas;
y he aquí el cargo de los escritores públicos,
si desean que se apresure la época de los grandes adelantamientos
a que es llamado el país. Importa (…) este conocimiento
a los mismos chilenos, para animarles a las empresas útiles,
estimular las bellas acciones con el ejemplo de nuestros conciudadanos
que más se han distinguido en obsequio del bien público,
y formar el carácter nacional sobre la base del amor
al país y a sus instituciones, trayendo a la memoria
los males y extravíos pasados, y excitando el entusiasmo
público, por medio de los recuerdos gloriosos de todas
las épocas, o de los varones ilustres, a quienes son
debidos los bienes de que disfrutamos.”
Los
anteriores vienen a ser trazos de una constante doctrina bellista,
del hombre de Estado y a la vez del periodista, en absoluto
extemporánea para los lectores y profesionales chilenos
de hoy, ni para otros ciudadanos del mundo. En el buen entendimiento
de que el porvenir de la respectiva nación ha de prevalecer
sobre otros legítimos anhelos.
En
el segundo artículo, “La difamación”,
publicado en «El Araucano» en 1839, Andrés
Bello denota ser un docto y denodado defensor de las libertades
de expresión y de opinión. Propugna la “libre
discusión de las medidas y negocios públicos”,
pero sin que dicho debate social sea perjudicado por “los
ataques licenciosos a la reputación individual.”
Esa
barrera, o frontera, entre el correcto ejercicio del derecho
a la crítica y los menosprecios personales, frecuentemente
ignorada, asaltada, invadida por tantos de los que impropiamente
se llaman periodistas en estos días, él no sólo
la marcó con nitidez, sino que inculcaba su respeto,
reforzándolo con principios morales y legales. Les pedía
a los legisladores que se obligaran a prevenir y reparar las
injurias, los atentados al buen nombre de los individuos: propiedad
ésta, no menos sagrada que la de los bienes materiales;
porque –argüía–, tanto incumplirían
su misión normativa, “dejando expuestas la buena
opinión y la respetabilidad social de los ciudadanos
a los ultrajes de la maledicencia, como dejando su vida y sus
bienes a la merced de los ladrones y asesinos.”
Experimentado
en el dominio de la urgencia de los lenguajes periodísticos,
en la práctica dinámica de la información
y la comunicación, en los entresijos de los profesionales
y de las empresas, advierte, sin alilayas: “Para que haya
difamación, no es menester que se impute un delito. Basta
que se atribuya a una persona un acto u omisión que,
aunque por su naturaleza no sea criminal, tiende a hacerla odiosa
o menos digna de confianza en el trato social. Hay difamación
siempre que la tendencia natural de las palabras, signos o representaciones
que se emplean es a concitar la adversión, burla o desprecio
del público hacia alguna persona.”
He
ahí, además, una meridiana llamada de atención,
ética y deontológica, a los contumaces poderes
fácticos de hoy. ¿En qué ocasiones? Cuando,
infringiendo las reglas de la honradez y del juego limpio democrático,
compran y alquilan plumas mercenarias, páginas, espacios
y programas con los que enaltecer a los serviles de sus intereses
espurios, y desprestigiar, combatir o silenciar a quienes se
oponen a ciertos gangocheos oligárquicos, caciquiles,
atentatorios al bien común de la ciudadanía. A
los intereses generales y supremos del país, confiados
al quehacer de los representantes elegidos en las urnas que
integran las instituciones populares.
El
Andrés Bello, adscrito a la Administración Pública
chilena, no pergeña elucubraciones livianas que rebajen
la intensidad ni la transparencia en el control, por parte de
la Prensa, de las conductas administrativas. Sí que remite
a la praxis del sentido de las responsabilidades. Clarifica
que “es libre, por supuesto, la discusión de todas
las operaciones de los funcionarios del Estado en su carácter
ministerial; el examen severo de su conducta pública;
la crítica de sus escritos, y en general, de las producciones
literarias de toda especie. Pero los hechos que se alegan deben
ser verdaderos; y si no se prueban, constituyen difamación.”
Igual que ésta existe, fuera de la vida oficial, “cuando
se imputa a una persona ineptitud o falta de honradez en el
ejercicio de su profesión, industria u oficio, y no se
prueba lo que se alega.” La misma ofensa cometen los que
hacen, publican o reparten libelos.
Concluye
el artículo con el criterio de que tales disposiciones
no son demasiado severas porque dejan la libertad necesaria
“para discutir los asuntos políticos, para dar
a conocer la tendencia de los actos que se censuran, para denunciar
al público la ineptitud o delincuencia de los empleados,
para excitar la atención de la policía hacia los
fraudes que puedan cometerse en las profesiones industriales;
en una palabra, para todos los objetos útiles.”
Por lo demás, al periodismo informativo, y por ende veraz;
de opinión, crítico, vitalizado por los auténticos
caracteres de su naturaleza, lo incardina en esta doble referencia:
“¿Bajo qué aspecto es conveniente a la sociedad
la circulación de sátiras y dicterios? ¿Y
con qué pueden justificarse ante su propia conciencia
los que se ejercitan en ella?”.
Otros rasgos periodísticos
Llevamos
expuestos datos, evaluaciones, enfoques, juicios que avalan
a Bello como excelente periodista y maestro imperecedero de
periodistas. Su equipaje periodístico, sin embargo, es
mucho más abigarrado y repleto de rasgos acreedores a
rigurosas atenciones investigadoras.
No
le reportaría excepcional mérito, por ejemplo,
el que al lenguaje en Prensa lo imbuya de síntesis, prudencia,
refinamiento, señorío, dignidad…limpiándolo,
por igual, de ribetes plebeyos y aristocráticos: al fin
y al cabo, para su talla de inconmensurable gramático
y lingüista no le representaba ninguna dificultad el hallazgo
del equilibrio entre vocabularios coloquiales, con tendencia
a cultos, sin amagar con frases o figuras ininteligibles u oscuras
para el común de los lectores.
Más
inesperadas pueden ser otras cualidades periodísticas
en Bello. Entre ellas, los cuidados que prodiga a las dotes
de observación, a la fertilidad imaginativa, al trinomio
de exquisita sensibilidad-firmeza enérgica-aquilatada
mesura, a los escepticismos y las documentaciones con que agiliza
la mentalidad crítica, a la inquietud por el aprendizaje
perpetuo, al despierto olfato para calibrar los albores y los
confines de la actualidad cambiante.
En
las polémicas, reproduce ampliamente los textos a rebatir
y los refuta con pocos y escogidos términos, certeros
argumentos, cortesía hacia las ideas e intencionalidades
de los contradictores. Él, que fue víctima de
duras calumnias y de ingratitudes mayúsculas, no recurrirá
a las columnas impresas para defenderse personalmente, ni con
objeto de zaherir a los adversarios o discrepantes. Impidió
que las bajezas, los resentimientos, las venganzas, las banderías,
las pugnas particulares, los odios invadieran las páginas
del periódico; o lo desviaran, con vientos ombliguistas
de fulanismos, de su misión de servicio colectivo. Pluralista.
Andrés
Bello no fue un avispado reportero de calle. Concilió
un enorme bagaje enciclopédico con la modestia del corrector
de pruebas. Sencillamente, tanto aplicaba en las platinas las
novedades tipográficas como inspiraría técnicas
informativas premonitorias. Humanizó a la ciencia, al
arte, a la práctica del periodismo y ése, en definitiva,
es uno de los legados que ha de comprometernos. Aquí,
hoy, ahora.
Muchas gracias.
*
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Obras y trabajos consultados