VALORES PERIODÍSTICOS
DE ANDRÉS BELLO EN EL
AMANECER DEL SIGLO XXI


Ricardo Acirón Royo


DISCURSOS DE INGRESO
Academia Canaria de la Lengua

 


           
Sr. presidente, Sres. miembros de la Academia Canaria de la Lengua, señoras y señores: buenas tardes. Quiero agradecer al titular de la Institución, al secretario, a los proponentes, a cuantos votaron la incorporación de un servidor a la Academia, por la vía honoraria, la amistosa benevolencia con que me honran. Somos conscientes todos de que, a falta de méritos personales, estamos ante un acto de patente generosidad. Les ruego, pues, que acojan el más cabal de los reconocimientos y les pido licencia para compartir la distinción con Vds. que la dispensan, con mi familia, con los compañeros de la Universidad y de los medios informativos y con los amigos de siempre. Esto es, con cuantos me han ayudado y me auxilian en el aprendizaje del quehacer cotidiano, de la convivencia solidaria y de la vida creativa y proyectada en el sosiego.
           Aquí debería, tal vez, acabar esta intervención. Sin embargo, los usos académicos indican que he de pronunciar el irrenunciable discurso. Así que, ante la probabilidad de que las siguientes palabras no alcancen tal rango, también les solicito que las interpreten, al menos, como rendido homenaje a nuestros maestros: entre ellos, al profesor Ramón Trujillo Carreño y a D. Andrés Bello Hernández: la trabajada erudición del primero es la que nos incitó y llevó de la mano, si no a conocer, sí a intuir, a escudriñar, a comprobar, a retener algunas facetas de la personalidad periodística del segundo.
           No tengo la pretensión de compendiar la ardua actividad en Prensa del “más grande humanista de América”. Ni siquiera he de atreverme a ensayar alguna aproximación al, según el Dr. Rafael Caldera (1995), “maestro por antonomasia, organizador de la institucionalización republicana en Chile, poeta, filósofo, gramático, jurista, internacionalista, diplomático, periodista, científico, legislador, educador, Rector fundador de la Universidad de Chile y tantas cosas más que abisma la inmensidad de su obra, venezolano de nacimiento, donde se formó hasta los 29 años, y canario por descendencia de sus ocho bisabuelos, naturales de Tenerife”; ancestros isleños investigados por el estudioso palmero David W. Fernández (1978). Sólo aspiro a poner al día la noticia de cómo aquel americano-canario cultivó las hojas volanderas, en sus medios y en sus tiempos del XIX, con valores de plena actualidad en el amanecer del siglo XXI.
           Esbozo éste que habrá de ser incompleto, aunque sí quisiera que animador de investigaciones especializadas que nos permitan recuperar inéditos horizontes del Periodismo acreedor a tal nombre con el propósito de facilitarlos, o de recordárselos, salvando las distancias, al informador y al experto de las comunicaciones sociales de nuestros días. Práctica de rescate intelectual y deontológico a la que se hallan incorporados, desde hace 15 años, el Departamento y la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad de La Laguna y que acaso tendría que proseguirse con el acercamiento analítico a otros periodistas isleños, peninsulares, americanos, europeos…de magisterio permanente.

El lenguaje, instrumento esencial

           Tenía razón el catedrático Trujillo Carreño (1982) en identificar en Bello la figura del gramático, más allá de una época o circunstancia del pretérito porque su trabajo vivifica hoy la ciencia del lenguaje. En efecto, aquella dedicación lingüística, tan penetrante, es la que ha invitado a la posteridad “a continuar la creación, con todas sus consecuencias, y no a una inútil beatería erudita, que consista sólo en considerar el texto como algo definitivamente acabado y listo para que se abalancen sobre él los filólogos, decididos a tomarlo como objeto de disección.”
           Las actitudes doctrinales y didácticas, las teorías, los postulados, las hipótesis, los principios filológicos bellistas, subrayados por Trujillo, significan un conjunto de horizontes inacabados. En ello, entre otros, coincidirá después Hernández Montoya (1989) con esta percepción: «Barthes dijo en su lección inaugural en el Colegio de Francia que la lengua es fascista porque nos obliga a utilizar una gramática arbitraria e injustificada (…) Nosotros, por nuestra parte, preferimos quedarnos con la enseñanza de Bello, ésa que recusa todo autoritarismo, fascista o simplemente escolástico, para permitirnos examinar nuestro hablar como seres libres y sin los límites de doctrinas heredadas y ceremoniales; sin ser víctimas, como él decía, del yugo de la ‘venerable rutina’».
           En el mismo Prólogo de la «Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos», su autor, que la fragua porque juzga “importante la conservación de la lengua de nuestros padres en su posible pureza, como un medio providencial de comunicación y un vínculo de fraternidad entre las varias naciones de origen español derramadas sobre los dos continentes”, no se detiene en tan loable meta. Preserva, sí, garantiza la unidad idiomática en una encrucijada histórica sin precedentes. Evita “la confusión de idiomas, dialectos y jerigonzas, el caos babilónico de la Edad Media”, desde el mismo alumbramiento de las naciones hispanoamericanas, con su magna obra, la mejor gramática del castellano y una de las mejores de los tiempos modernos en cualquier idioma, según Amado Alonso y Pedro Henríquez Ureña. Pero, simultáneamente, rehúsa el “purismo supersticioso” y unce la corrección al pragmatismo dinámico. “El adelantamiento prodigioso –escribe en 1860– de todas las ciencias y las artes, la difusión de la cultura intelectual y las revoluciones políticas, piden cada día nuevos signos para expresar ideas nuevas…”
           Tales actitudes, de apertura plena, realistas, de perenne contemporaneidad, sin menoscabar, sino todo lo contrario, la trascendencia de su incuestionable perfil de insigne gramático, también lo enraízan en el periodismo. A pesar de que, como nos dice Federico Álvarez (1983), a quien recurriremos con profusión, “la condición periodística de Bello siempre fue vista con reserva. No compaginan armoniosamente la densidad intelectual del humanista y la inevitable superficialidad de caza-noticias, la severa elegancia del estilo bellista y el notorio desamparo estético del redactor apresurado de hoy.”


           Emergente de prejuicios, desdenes, miopías, no obstante, ayer, mañana y hoy, el instrumento, la herramienta esencial en la profesión y en el oficio del informador no es otro que el lenguaje, del que no ha de prescindirse la especificidad de periodístico. No por capricho y sí en función de las especiales señas de identidad que adquiere, al nutrir o vertebrar el cuerpo y el alma de los diarios mensajes destinados a la comunicación humana.
           Miguel Luis Amunátegui (1882), acaso su biógrafo más cercano, dice de nuestro polígrafo que “puede afirmarse sin inexactitud que pasó la vida enseñando”. Vigilante y crítico, tal vez tendría que agregarse, hacia el preciso empleo de la lengua. Práctica que acreditará en el Prólogo de la «Gramática», adonde sale al paso de las “locuciones afrancesadas” que salpicaban hasta las obras de mayor estima de los escritores peninsulares de aquel tiempo. Cometido de pionero, pues, también en la preocupación por el decoro expresivo, libre, comunicativo, que ahora siguen, en las columnas de la Prensa, profesores con desvelo cotidiano, patentizado en los oportunos «Dardos» de Fernando Lázaro y en las «Notas» clarificadoras, jugosas, de Humberto Hernández.

El humanista y el educador

           Constatada la entrega de Bello al enriquecimiento –vigoroso– del lenguaje, celebrada su veneración de la palabra, aunque sólo reconocida entre las elites y con suficiencia no antes del último tercio del siglo XX, bastarían y sobrarían tan magnas aportaciones para que se le considerase miembro egregio del periodismo universal. Pero, asimismo, ¿acaso la poquedad científica y los vaivenes en el prestigio social, connotativos de nuestro zarandeado oficio, han de doblegarnos a excluirlo, injustamente, como artífice de Prensa? ¿Por qué obviar de su estela fecunda los incontables afanes, muy concretos, con los que comprometió la voluntad y la pluma de periodista activo, irreprochable?
           Antes de mencionar únicamente contados quehaceres, que, subrayamos, igualmente son de luminoso testimonio para los informadores actuales, evoquemos algunos de los fundamentos sobre los que levantará, incansable y nunca satisfecho, la propia formación. “Aprende para enseñar y para servir. No hay un momento de egoísta devaneo o de complacida despreocupación en toda su larga obra (…) No tuvo nunca el narcisismo del saber, sino un empeño tenaz de reunir ciencia y conocimiento para decirles a los pueblos hispanoamericanos de dónde venían, con cuáles recursos contaban y el panorama del mundo en que les tocaba afirmarse y actuar”, apunta Uslar Pietri (1965). En resumen, el empeño, el trabajo ciclópeo de este verdadero sabio laborioso se nucleó en torno a la promoción del pensamiento, orientado a la continuidad de “las tareas superiores de la civilización en la América Hispana.”
           Nos propone Pedro Grases (1978) que, en líneas generales, el tiempo de Bello discurrió así: Colonia (en Caracas, 1781-1810); guerras de independencia (en Londres, 1810-1829); gobierno y edificación de las nacionalidades hispanoamericanas (en Chile, 1829-1865). Sigamos esa cronología, avisados de que se halló siempre a la altura de la misión que las horas y las coyunturas le permitían, impulsado por convicciones nobilísimas, frecuentemente sin estímulo exterior alguno, y acomodando sus actos a la clara conciencia de los fines perseguidos y de su propio valer.
           Pero habíamos anticipado que Caldera lo proclama como “el más grande humanista de América”. Establece el historiador Pancho García (1995) que cuando salió de Venezuela ya se había formado el humanista porque poseía “la vocación al estudio, un sistema fundamental de nociones que lo acompañaría en su vida, un método de investigación y un criterio claro y jerárquico para interpretar las letras y la vida”. No sería prudente rechazar esa aseveración, aunque haya de permitirnos alguna digresión mínima.
           La sólida y resuelta predilección de Andrés Bello por las Humanidades nace en Caracas, naturalmente. Se robustece en Londres y adquiere cotas cimeras hasta que expira en Santiago de Chile. Es un proceso ininterrumpido, ascendente; transido de dificultades, muchas renuncias y pocas satisfacciones…
           Desde niño, en la ciudad colonial se le induce al hábito de la lectura y a la preeminencia de las lenguas y las obras clásicas. Vila Selma (1976) comenta que sus educadores, más que acumular conocimientos en la memoria del muchacho, procuraron ponerle en movimiento, en ejercicio, su entendimiento para que fuera capaz de asimilar, de observar, de ordenar por sí mismo los saberes. De modo que luego, entre los condiscípulos, llegaba a sobresalir, no tanto por la cantidad de enseñanzas aprehendidas como por la profundidad en la forma de sistematizarlas y en la brillantez de exponerlas.
           Su deleite con los principales autores latinos y griegos aumentará en las bibliotecas británicas. Lo que no obstará para que siguiera, con puntualidad, la edición de los volúmenes nuevos de superior significación en Europa, hasta edad muy avanzada, tal cual desmostraría el historiador Barros Arana al catalogar los libros que utilizaba para documentarse y estar al día.
           De la estancia londinense, ha ponderado Grases que “no era tan sólo disponer de riquísimos fondos de sabiduría humana, fuera de su alcance mientras vivió en Caracas, ni el trato de otros hombres-emigrados españoles; diplomáticos hispanoamericanos; literatos, filósofos y políticos ingleses. Había algo más. De los veintinueve a los cuarenta y ocho años de edad, en Londres, Bello maduró sus ideas y sus proyectos con otra estimativa y contemplación de la humanidad”. Se produjera, o no, en grado de prodigio, la evolución de la mentalidad de Andrés Bello en aquellos diecinueve años en Inglaterra, en los que, por cierto, la vida ni le sería apacible ni recoleta: versión edulcorada de Vidal Muñoz (1982), ha de esperarse a su postrer singladura chilena para que cuaje y se irradie, en fecundidad, la indeleble huella de humanista porfiado, diligente, íntegro, original. O a fin de que sea expresión, personificada, de los fundidos ideales de humanismo y de americanismo. En la capital del Imperio británico, los encuentros y la convivencia con los intelectuales ingleses, con los exiliados liberales peninsulares de los periodos absolutistas de 1814-1820 y 1823-1835, con Francisco de Miranda y otros americanos, así como con los comisionados de los nuevos Estados independientes, debieron contribuir, sin duda, en la amplitud de su acervo humanístico: en las ideas y en la ética. Al igual que había sido receptivo en el cualificado ámbito caraqueño y en el trato con los hermanos Alejandro y Guillermo von Humboldt.
           No nos parece inadecuado observar que Bello pertenece, de hecho y por derecho, a la estirpe del segundo humanismo europeo o humanismo del norte, en el que el profesor Antonio Fontán (2002) destaca como las tres figuras más notables a Erasmo de Rótterdam (1465-1536), a Tomás Moro (1478-1535) y a Juan Luis Vives (1492/3-1540). Aunque le gustara presentarse como poeta, Erasmo será un adalid de la preservación de la lengua latina. Moro dignificará los altruistas empeños de los juristas y de los políticos honrados. Vives se significará en la filosofía y la diplomacia, aparte de ejercer de intérprete y de secretario de Corte.
           Trescientos años después, Andrés Bello se afanará en recrear, infatigable, concienzuda, responsablemente, todas esas actividades, bajo idénticos paradigmas reflexivos y de congruente conducta personal.
           Los cuatro fueron pedagogos: en el sentido más tradicional de la voz, como modelos que muy bien harían en seguir muchos que hoy ostentan ese título.
           Defendieron los postulados de la igualdad, en la absoluta y común participación ciudadana en todas las esferas públicas; sembraron y fomentaron el amor por la paz en la relación de las personas, las familias, las naciones y las idiosincrasias; en sus comportamientos cotidianos, dieron ejemplo de desprecio por los bienes materiales, a pesar de que alguno atravesara estrecheces de indigencia.
           Para la subsistencia económica de la familia, Bello hubo de simultanear, desde muy joven, sus estudios en Caracas con la impartición de clases particulares aunque por éstas sólo recibiera, en ocasiones, parabienes o meras frases de gratitud.


           Esos contratiempos no afectaron, sobra aclararlo, al sistema didáctico que asumía a partir de la comprensión de la palabra escrita. Mejor: en el pensamiento, en la reflexión y en el lenguaje funde y armoniza los cimientos para la educación de la persona. Dentro de los «Estudios sobre Virgilio» (1826) abunda en que “el hábito de pensar, unido a la necesidad de hacer uso de lo que se piensa conducen a perfeccionar el arte de dar fuerza a la palabra.”
           Invariablemente, les recomendaba a los alumnos la lectura, diaria y atenta, como el ejercicio de máximo provecho formativo. En instantes de grave penuria dineraria, asimismo en Londres donde instruía en el castellano en hogares acomodados, repetiría: “Mi cerebro necesita más alimento que mi estómago” (…) “«Las Partidas» es el mejor digestivo que he encontrado hasta la fecha.” Llegado a Chile comprueba que “en el país no se lee”, eran pocos los que sabían leer, no había inquietud de aprendizaje “y –señala Vila– existía, sobre todo, esa clase de analfabetismo todavía más nocivo: el de quienes se creen sabios por saber musitar las sílabas de las palabras.” En consecuencia, lejos de cruzarse de brazos, no dudará en encauzar sus polifacéticas ocupaciones en la consistente urdimbre de la acción social, indisolublemente tejida en el telar de la palabra divulgada.
           Andrés Bello “pasó la vida enseñando”. Anduvo preocupado porque los individuos adquirieran una educación personalizada y para que cada pueblo percibiera la insoslayable urgencia de laborar por la potenciación de la cultura peculiar, en el regazo y en la infinitud de la cultura universal. Abarcó desde la elementalidad de la escuela primaria a la docencia superior. Uslar Pietri le reputa “esencialmente y en el más alto sentido de la palabra” la categoría de educador ; que, además, mira a la Universidad “como el grande e insustituible centro del espíritu, del progreso y de las luces”(…)”Una Universidad no pasiva y repitiente, sino activa y creadora, sabedora del pasado, pero vuelta con todo el poder de la energía y de sus luces hacia el presente y el porvenir.” Además, repetía que la instrucción primaria no se defendía, sino donde hubieran florecido de antemano las ciencias y las letras.
           Anticipándose, asimismo, a prácticas pedagógicas hoy vanguardistas, airea las aulas con técnicas de didáctica activa, sorprendentes en aquella época de rutinas, de indolencia, de impensables revisiones, modificaciones, cambios.
           Porque buscaba el ejercicio de la inteligencia de los discípulos, los motiva para que deseen aprender y pongan voluntad en reforzar sus capacidades de análisis, de síntesis, de relación. También, con el fin de que respetaran y apreciasen principios de moralidad, virtudes humanas, oxigenaciones democráticas… todo aquello de valioso que fuera susceptible de confluir en la formación integral del hombre y de la mujer. Sin imponer, con ínfulas de dogmatismo, ningún modelo único, y sin tampoco descuidar el coherente ejemplo de la propia conducta.
           Desterró de las clases la oscura o sospechosa altivez de la lección magistral enmarañada e inapelable, la exclusivizada y férrea horma memorística, la esclerosis o rigidez del concepto inaccesible, la dictadura de los directos e indirectos reflejos autoritarios, la consolidada lejanía con los discentes. Esto es, rompe los esquemas del monólogo ensoberbecido y los reemplaza con innovaciones de traza educativa: no tanto a través de inexistentes –entonces– instrumentos auxiliares de apoyo, cuanto de adecuados recursos, nada improvisados, del talento generoso. Siempre acompasado al diálogo.
           Preparadas y enunciadas las exposiciones, Bello propiciaba que el alumnado formulase puntos de vista, dudas, objeciones, reparos. Amorosada la conversación, dirigía las controversias en grupo a profundizar en sus primeras intervenciones y motivaba el desarrollo de la inventiva serena, de la concepción de ideas, de las evoluciones reflexivas.
           Aún con poca diferencia de edad, Andrés Bello tuvo como discípulo a Simón Bolívar. Sin cuestionar el criterio de Emil Ludwig (1983), de que el principal maestro del Libertador fue Simón (Carreño) Rodríguez, ¿por qué negar la más que probable influencia bellista en Bolívar? ¿Al menos, en la perspicaz idea de la sociedad panamericana, en la lucha en pro de la unidad y contra las disensiones partidistas? ¿O en cuanto la utilidad de la Prensa-Bolívar denominaría a la imprenta como “la artillería del pensamiento” –para la siembra y el posterior respaldo de las convicciones sociales-revolucionarias?

Primer periodista de Venezuela           

           Del primer periodista español de profesión, Nipho y Cagigal (1719-1803), valora Guinard (1973) que fue pionero en comprender el periódico como empresa digna de ocupar enteramente a un hombre de letras. Además de intuir sus exigencias: exactitud, rapidez, precio poco elevado; sus posibilidades de información y, sobre todo, de educación; y que dio pruebas de imaginación y actividad incansables “que son propias del verdadero periodista”.
           Ciertamente, Bello, excepto en la completa dedicación profesionalizada, vislumbra y comparte con Nipho la relevancia del cometido de la Prensa, en cuanto que medio de comunicación al servicio de la sociedad. Luego veremos cómo. Antes, aludamos a la desigual situación periodística, con algunos antecedentes americanos y europeos, en la que han de enmarcarse las concretas aportaciones del primer periodista venezolano.
           La primera hoja impresa de noticias de América, titulada «Relación del espantable terremoto de Guatemala», data de 1541. También circulan sueltos volantes desde 1594 y 1618 en Lima, donde se reimprime ocasionalmente la «Gaceta de Madrid» a partir de 1715. (a) La «Gaceta de México» (1722), mensual, es considerada el primer periódico de Iberoamérica. Y el del mismo título, de Manuel Antonio Valdés, fue el de más larga duración (1784-1809) de la época colonial, que pasaría a titularse la «Gaceta del Gobierno de México» (1810-1821) en los años de la emancipación. Las «Gacetas» de Goathemala, Lima, La Habana, Santa Fe de Bogotá…; las «Primicias de la cultura de Quito» o el «Mercurio Peruano » serán exponentes de un periodismo dieciochesco que surge en las capitales virreinales o en sedes de capitanías generales o audiencias, con algunas excepciones, como la de Venezuela; mientras que ya en1805 y 1809 irrumpe la Prensa de provincias, con «El Amigo de los Cubanos», en Santiago, el «Jornal Económico Mercantil de Veracruz» o el «Semanario Patriótico», de Guadalajara.
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           (a) Transcribiremos Gaceta con c, aunque varias
de esas cabeceras aparecían con z.
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           Relata Juan María Guasch (1990) que eran obras de escritores entusiasmados y sin recursos; de diferentes contenidos y periodicidad; controladas por las autoridades; apoyadas, a veces, por sociedades patrióticas, académicas y literarias; sujetas a las minoritarias suscripciones: los 507 suscriptores del «Diario de México», en 1806, constituían todo un liderazgo en lectores. Sin embargo, a pesar del analfabetismo imperante, de las distancias y la falta de comunicaciones, de la competencia de los periódicos peninsulares –La «Gaceta de Madrid» y el «Correo Mercantil de España y sus Indias» (1792-1808) tenían aceptable difusión en las colonias–; de la modestia artesanal de los talleres…a principios del siglo XIX, el periodismo había alcanzado una primera madurez en la América hispana.
           Se ha condensado la doctrina oficial de las autoridades españolas en materia de Prensa en la siguiente cita del virrey de México, en 1784, Matías Gálvez: “Yo tengo la Gaceta por muy útil, siempre que se reduzca a noticias indiferentes: entradas, salidas, cargas de navíos, producciones de la naturaleza; elecciones de prelados, de alcaldes ordinarios; posesiones de canónigos y otras particularidades apreciables (…) Todo esto se olvida a poco tiempo (…) Por otra parte, importa dar materia inocente en que se cebe la curiosidad del público.”
           Aún con la vigencia de instrucciones de tal cariz, que no se circunscribieron al territorio del mencionado virreinato, hubo periódicos hispanoamericanos que propagarían la Ilustración o los anhelos renovadores en pro de una sociedad más culta y atendida en otras necesidades. Al igual que la Prensa española, caracterizada en el último decenio del siglo XVIII por la especialización (temas literarios, científicos, técnicos, políticos, institucionales, de crítica social y de costumbres), y a la que María Dolores Sáiz (1983) incluye en la misión de fomentar “el espíritu ilustrado y racionalista en claro enfrentamiento con el dogmatismo tradicional”. Papel que desempeñarán también las tertulias, las Academias, las Universidades y las Sociedades Económicas.
           Sin embargo, en el periodo emancipador, aquella Prensa o serviría a las autoridades españolas o a las Juntas Patrióticas. Sin faltar periódicos que cambiaron de actitud al hilo de los sucesos y coyunturas: la «Gaceta de Caracas» (1808-1822) modificó seis veces la orientación en catorce años.
           Precisamente aquel retardado periódico impreso fue el que convirtió a Bello en el primer periodista de Venezuela. Aunque en la entonces provincia, y a la vez sede de Capitanía General, se habían sucedido las peticiones de contar con Prensa propia, la frustración, acumulada, doble, durará hasta que altos funcionarios persuadan a la autoridad colonial de la conveniencia de “fundar un periódico que informase a los venezolanos sobre los acontecimientos peninsulares de modo conveniente para los intereses de la Corona”. ¿Por qué creciente desencanto y por duplicado? En la doble razón de la tardanza en contar con alguna publicación impresa y en el carácter oficialista de la «Gaceta».
           La imprenta llega, por fin, al puerto de La Guaira, procedente de las Antillas, el 23 de septiembre de 1808. Casi tres siglos después de que arribara a México y medio siglo más tarde de que lo hiciese a Canarias (1751). Y aunque la «Gaceta de Caracas» nace con una centuria de retraso respecto a la mexicana, coincidirá con la aparición de «El Correo de Tenerife» (25 de agosto de 1808), órgano de la Junta Suprema de Canarias, considerado por algunos como el primer periódico de las Islas aun cuando dicha preeminencia otros la demandan para el «Semanario Misceláneo Enciclopédico Elementar» (sic), cuyo número 1, fechado en Santa Cruz e impreso en La Laguna, es del 2 de noviembre de 1785.
           Junto a su muy tardío lanzamiento, la minoría intelectual de la época también lamentará que la inicial publicación periódica venezolana surja oficialista.
           Huérfana de los contenidos científicos, literarios, políticos…que, por influjo de los ilustrados, animaban a «Mercurios» y «Gacetas » en Bogotá, Lima o México. A pesar de las restricciones del sistema colonial.
           La «Gaceta de Caracas» sale a la calle el 24 de octubre de 1808, y desde ese mismo día y hasta el 15 de abril de 1810, Andrés Bello, redactor en la primigenia etapa que comprende 59 números ordinarios y 15 extraordinarios, adquiere el rango de primer periodista de Venezuela. Pero para conocer tal participación habrá que esperar al siglo XX, en que el historiador García Chuecos descubre una carta dirigida al capitán general Juan de Casas donde se le da cuenta de la imposibilidad de sustituir a Bello, indispuesto de salud en 1809.
           ¿Él era el único candidato a protagonizar el alumbramiento del periodismo impreso venezolano? No. El profesor Federico Álvarez (1981), probablemente el investigador periodístico bellista de mayor ecuanimidad en sus averiguaciones, “para nombrar sólo a tres”, cita a Miguel José Sanz, Juan Germán Roscio y Francisco Iznardi, que “serían periodistas de garra en los años posteriores al 19 de abril de 1810”.
           Bello hubo de aceptar el encargo como un deber más en las ocupaciones de funcionario en la Colonia. Lo hará con una exquisita prudencia, dados su estatus y la estrecha amistad con casi todos los conjurados en las posteriores sublevaciones, en la abortada del 2 de abril y en la triunfante del día 19, en que la Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII o Gobierno Revolucionario de Venezuela le confía organizar la Secretaría de aquella institución formada por miembros del Cabildo y criollos.
           Al no disfrutar de libertades para diversificar contenidos de política independiente, económicos, amenos…incrusta el periodismo posibilista en el anonimato. Éste, frecuente en los periódicos de entonces, lo extremará hasta ocultar cualquier huella personal suya. Mas, una discreción tan absoluta no fue óbice para que el periódico a su cargo descollara, entre los colegas de entonces, por la regularidad en acudir a la cita con los lectores, por la estabilidad del formato, por el orden de las secciones, por la preferente atención a las novedades internacionales –facilitadas en la consulta continua de las cabeceras extranjeras–, por la claridad en la redacción de extractos, por la inclusión de notas culturales en la insuficiente información local y por la lealtad a la línea editorial, obsesivamente antinapoleónica.
           Aún siendo el redactor de la «Gaceta de Caracas», Bello, con el italiano Iznardi, a finales de 1809, proyecta «El Lucero», intento que no sería “la primera empresa periodística independiente” venezolana, como sostiene algún experto, ya que disponía de la protección del Real Consulado de Comercio de la Capitanía General. Pero que, en el Prospecto, que sí llegó a publicarse, desvela un poco más su concepción del periodismo. El nonato semanario se disponía a difundir informaciones alusivas a ciencias útiles, moral civil, elocuencia y poesía, pureza de la lengua, teatro, historia y estadística del país, bello sexo, etc.
           Bello participa, sin equidistancias, de la naturaleza del Periodismo descrita por Nipho como oficio difícil, penoso y poco lucrativo, con grandes posibilidades creadoras. Llamado a desempeñar una función educativa en todos los ámbitos de la vida ciudadana, que ha de contribuir a elevar el nivel económico de la nación, a proteger la moralidad y a fomentar la cultura.

Labor periodística en Londres

           Comisionado por la Junta venezolana, con Simón Bolívar y Luis López Méndez, Andrés Bello acude a Inglaterra, en 1810, para recabar ayuda económica, auxilio militar y reconocimiento diplomático: sin barrunto alguno que le hiciese prever que su estancia en la capital británica se prolongaría durante casi dos decenios en los que también desarrolló importantes tareas periodísticas.
           Refiriéndonos al humanista, hablamos antes del ambiente intelectual que lo acogió. Periodísticamente, pocos años antes, en EE.UU. había 17 diarios y 200 periódicos en trece Estados, que “copiaban la mayoría de las veces –consigna Pierre Albert (1990)– las fórmulas británicas (…) tenían un estilo directo, violento y abusaban de las polémicas personales”. Alexis de Tocqueville, en su examen de la Prensa en la primera mitad del siglo XIX, contrapone, igualmente: “El espíritu del periodista en Francia consiste en discutir, de un modo violento pero elevado y a menudo muy elocuente, los grandes intereses del Estado (…). El espíritu del periodista en América es el atacar groseramente, sin ambages ni arte, las pasiones de aquellos a quienes se dirige; el de seguir a éstos en su vida privada y poner al desnudo sus flaquezas y vicios.” ( Cfr. Pizarroso, 1993).
           En lo concerniente al periodismo peninsular, desde que se lo permitan los sucesivos climas reaccionarios, procurará atenerse a la más fugaz actualidad, como todo periodismo “escrito con rapidez –amplía María Cruz Seoane (1983)– y sin poder detenerse en consideraciones de estilo, obra, por otra parte, con frecuencia, de personas que no habían pensado en ser escritores, pero que creían tener algo que decir sobre las cuestiones políticas o militares «compuesto de repente y a modo de oratoria escrita», como dice Alcalá Galiano”, y que podría adolecer de incorrección, pero que era vivo, animado, lleno de fuego. Aunque transformador del estilo literario español, “viciándolo y corrompiéndolo, en sentir de los puristas, sobre todo con el empleo de galicismos de léxico y construcción, pero adecuándolo a las necesidades de la nueva época.”
           En Gran Bretaña, las luchas políticas multiplicaban las cabeceras periodísticas. El «Times», consolidado a partir de 1803 bajo la dirección de John Walter II, progresa en calidad con el redactor jefe Thomas Barnes, entre 1817 y 1841. Simultáneamente, crecen las modalidades de la revista política, de los dominicales de literatura popular y sucesos criminales…mientras, los refugiados liberales españoles llegaron a editar no menos de siete periódicos ante la expectativa, añadida, de dirigirse también a lectores hispanoamericanos. El mercado americano, inteligentemente explotado por el editor Ackermann, pudo dar ocupación a varios escritores hispanos exiliados.
           Los contactos de Bello con aquella Prensa exiliada se producen, singularmente, con «El Español», de Blanco White; «El Colombiano», editado por Francisco de Miranda, y, hacia 1820, incorporándose a la Redacción de «El Censor Americano”, revista de la que dijo Irisarri “que vale algo más de lo que tiene de mío, y mucho por los artículos con que me auxilió el muy erudito y muy amable señor Bello.” (Donoso, 1934).
           Finalmente, agrupándose con los iberoamericanos y españoles García del Río, López Méndez, Gutiérrez Moreno, Cortez y otros, en 1823, crea la Sociedad Hispanoamericana y promueve la «Biblioteca Americana».
           La orientación del periódico sería más pedagógica que sólo informativa, desglosada en la presentación en “una miscelánea de literatura, artes y ciencias”. Sin embargo, tampoco faltarían después en sus páginas notas divulgativas. Acerca de estas últimas, Federico Álvarez interpreta que “su contenido y redacción son claras, sencillas y estrictamente informativas, muy semejantes a las que la Prensa de hoy publica sobre diversas actividades económicas o riquezas naturales. En ellas se advierten dos intenciones: por una parte, dar a conocer a los europeos las posibilidades de inversión que existían en el Continente; y por otra, llamar la atención de los gobiernos y pueblos americanos sobre estos aspectos. No olvidemos que después de 12 años de guerra, estos países estaban abocados a la tarea de reconstruir su economía. Este elemento comunicaba a estas notas actualidad y evidente interés público, que son los fundamentos de todo periodismo.”
           La «Biblioteca», a la que se le dispensa buen recibimiento, muere en el mismo año en que nace. Miguel Luis Amunátegui aduce que los costes de la edición, lujosa e ilustrada, eran abultadamente subidos y que las dificultades de comunicación con las nuevas repúblicas impedían que pudiera recaudarse el precio de las suscripciones.
           Entre 1826 y 1827, «El Repertorio Americano», la segunda obra periodística de Bello en Inglaterra, perecerá de nuevo por los obstáculos para la distribución y el cobro de los ejemplares. Aun cuando, esta vez, el periódico disfrutaba del apoyo de una acreditada casa editorial franco-inglesa: Bossange padre, de París; y Bossange, Barthés y Lowell, de Londres. Sin embargo, a los inconvenientes indicados, habría que añadir la falta de efectivas disponibilidades económicas de los ciudadanos y de los Gobiernos a los que iban destinadas estas publicaciones para poder sufragarlas. Aparte de la incidencia de los desencuentros entre Bolívar y Bello.


           «El Repertorio» aglutinó a un renovado equipo de hispanoamericanos: los españoles Salvá y Mendíbil; y los americanos Olmedo, Fernández Madrid y García Goyana, además de los propulsores García del Río y Bello. Despliega éste una decisiva labor informativa en todas las secciones de la publicación, en especial en las tituladas “Variedades” y “Documentos relativos a la historia de América”, aparte de en los comentarios bibliográficos.
           No se conocen las cuentas de ambos periódicos, sí datos sueltos en cartas; Silva Castro (1973) señala que “no es forzado suponer que hubo allí sólo pérdidas y quebrantos, y salvo el brillo intelectual de la iniciativa, todo en ellas fue un mal disimulado desastre”. Mas, ¿no hubo, también, labor periodística de un Bello que, dejando de lado “tareas más remunerativas”, opta por el quehacer divulgativo al ritmo que le dejan los inacabables reveses a los que, sin fortuna, trata de sobreponerse? En Londres, como en Caracas, no ejercerá el periodismo que piensa y sueña, sino el que puede y le dejan. Lo que no ha de mermar las debidas consideraciones, sino todo lo contrario, a su condición de periodista inspirado, agudo, capaz, perseverante, vocacional.

El periodismo fructífero

           Ésas y otras cualidades descollarán en su más sazonada etapa periodística. Andrés Bello llega a Chile a mediados de 1829. Ocupa un puesto ministerial y en la segunda patria la actividad informativa la concentrará en «El Araucano», periódico entre oficialista e independiente, durante más de veinte años (1830-1853) en algunos de los que, asimismo, ejerció funciones de director, aunque no de forma oficial.
           El semanario nace el 17 de septiembre de 1830, apoyado por el ministro Portales y dirigido por Manuel José Garandillas. Se presentaba como vehículo de difusión cultural, asentado en principios de utilidad pública; en concreto, atendería a las reformas institucionales y satisfaría los anhelos del “comercio, la industria, las artes, la minería, la educación, las costumbres y el progreso rápido y continuado de las luces”. Distanciado de las controversias de una Prensa de partidismos localistas, daría noticias internacionales, provechosas a los gobernantes, industriales y comerciantes chilenos y, al mismo tiempo, buscaría atraer del extranjero los flujos de inversiones y de inmigrantes que demandaba el joven país. En esta Sección y en la de «Variedades», con múltiples trabajos propios, proseguiría Bello los propósitos, frustrados, que albergó en las revistas londinenses. Las traducciones y los extractos los completaría con sueltos, artículos, crónicas, comentarios…siendo, incluso, el precursor del género de la crítica teatral chilena. También descollarían, por la maestría, sus copiosos comentarios literarios. (Salvat Monguillot, 1973).


           En «El Araucano», será Bello el alentador y artífice de campañas periodísticas, ligadas a problemas candentes de la vida cotidiana, sin alterar la conducta de total renuncia al lucimiento personal y con el incansable objetivo de influir en la opinión pública, minoritaria pero dirigente, y, en lo posible, con la intención de modelarla. De esas campañas, seleccionamos:
           –La encaminada a implantar juicios públicos, todavía secretos desde el tiempo de la Colonia, así como a que las actuaciones de los jueces fuesen vigiladas por la opinión cívica, a través de la Prensa.
           –La dirigida a reducir las leyes penales a un solo Código, sencillo y manejable, para que los magistrados supieran a qué atenerse en los fundamentos de los fallos. Ello, con independencia de que en 1853 aparcó las ocupaciones periodísticas y procedió a la redacción definitiva del Código Civil de la república.
           –Las orientadas a la renovación de la enseñanza y al fomento científico, con innovaciones metodológicas –recordemos, aún hoy vanguardistas–; a la puesta en marcha de las carreras de Farmacia, Medicina y otras; y a la extensión de la educación popular y la formación profesional: escuelas dominicales para adultos, etc.
           –Las vinculadas a la convicción de que las Ciencias Naturales: la Historia Natural, la Física, la Química –sin despreciar a la Teología y a la Jurisprudencia, entonces allí de moda– podían, debían, en laboratorios y empresas, coadyuvar a resolver las graves deficiencias económicas y sociales de la nación.
           De la última etapa periodística de Bello, en la que siguió con la responsabilidad directiva de «El Araucano», nos detendremos en dos de sus artículos.
           En el primero, del 11 de febrero de 1842, titulado: “Aniversario de la batalla de Chabuco”, el editorialista conecta la paz y un sistema regular, político y económico, con las mejoras y dichas sociales; ejemplifica el proceder de Venezuela y Chile ante las naciones hermanas; insiste en las ventajas de difundir en el exterior y en el interior la madurez institucional doméstica y apela a la indispensable colaboración difusora de los periodistas.
           Justifica: “He aquí también las causas que han movido nuestra pluma siempre que hemos tratado de hacer ver las ventajas de nuestra situación feliz, y que nos han hecho aprovechar y aun buscar las ocasiones de inculcar el amor al orden, para hacerlo amar más y más de nuestros conciudadanos, y atraer sobre él y sobre nosotros mismos las miradas de los pueblos americanos, menos felices que nosotros, y necesitados por consiguiente de los argumentos del ejemplo y de los hechos.”
           Manifiesta más adelante: “(…) creemos de suma importancia que sea conocida nuestra situación actual por las naciones europeas, en donde el sobrante de capitales y de una población activa e industriosa, se hubieran abierto paso hasta nosotros, hace tiempo, sin las continuas revueltas y agitaciones que nos han atormentado, y que hacían incierta, por no decir imposible, toda especulación industrial o cualquier empresa fundada en la estabilidad de nuestros gobiernos e instituciones.”
           Por último, exige: “Sólo falta que las ventajas de Chile, así en el orden político como en el orden industrial, se hagan más generalmente conocidas; y he aquí el cargo de los escritores públicos, si desean que se apresure la época de los grandes adelantamientos a que es llamado el país. Importa (…) este conocimiento a los mismos chilenos, para animarles a las empresas útiles, estimular las bellas acciones con el ejemplo de nuestros conciudadanos que más se han distinguido en obsequio del bien público, y formar el carácter nacional sobre la base del amor al país y a sus instituciones, trayendo a la memoria los males y extravíos pasados, y excitando el entusiasmo público, por medio de los recuerdos gloriosos de todas las épocas, o de los varones ilustres, a quienes son debidos los bienes de que disfrutamos.”
           Los anteriores vienen a ser trazos de una constante doctrina bellista, del hombre de Estado y a la vez del periodista, en absoluto extemporánea para los lectores y profesionales chilenos de hoy, ni para otros ciudadanos del mundo. En el buen entendimiento de que el porvenir de la respectiva nación ha de prevalecer sobre otros legítimos anhelos.
           En el segundo artículo, “La difamación”, publicado en «El Araucano» en 1839, Andrés Bello denota ser un docto y denodado defensor de las libertades de expresión y de opinión. Propugna la “libre discusión de las medidas y negocios públicos”, pero sin que dicho debate social sea perjudicado por “los ataques licenciosos a la reputación individual.”


           Esa barrera, o frontera, entre el correcto ejercicio del derecho a la crítica y los menosprecios personales, frecuentemente ignorada, asaltada, invadida por tantos de los que impropiamente se llaman periodistas en estos días, él no sólo la marcó con nitidez, sino que inculcaba su respeto, reforzándolo con principios morales y legales. Les pedía a los legisladores que se obligaran a prevenir y reparar las injurias, los atentados al buen nombre de los individuos: propiedad ésta, no menos sagrada que la de los bienes materiales; porque –argüía–, tanto incumplirían su misión normativa, “dejando expuestas la buena opinión y la respetabilidad social de los ciudadanos a los ultrajes de la maledicencia, como dejando su vida y sus bienes a la merced de los ladrones y asesinos.”
           Experimentado en el dominio de la urgencia de los lenguajes periodísticos, en la práctica dinámica de la información y la comunicación, en los entresijos de los profesionales y de las empresas, advierte, sin alilayas: “Para que haya difamación, no es menester que se impute un delito. Basta que se atribuya a una persona un acto u omisión que, aunque por su naturaleza no sea criminal, tiende a hacerla odiosa o menos digna de confianza en el trato social. Hay difamación siempre que la tendencia natural de las palabras, signos o representaciones que se emplean es a concitar la adversión, burla o desprecio del público hacia alguna persona.”
           He ahí, además, una meridiana llamada de atención, ética y deontológica, a los contumaces poderes fácticos de hoy. ¿En qué ocasiones? Cuando, infringiendo las reglas de la honradez y del juego limpio democrático, compran y alquilan plumas mercenarias, páginas, espacios y programas con los que enaltecer a los serviles de sus intereses espurios, y desprestigiar, combatir o silenciar a quienes se oponen a ciertos gangocheos oligárquicos, caciquiles, atentatorios al bien común de la ciudadanía. A los intereses generales y supremos del país, confiados al quehacer de los representantes elegidos en las urnas que integran las instituciones populares.
           El Andrés Bello, adscrito a la Administración Pública chilena, no pergeña elucubraciones livianas que rebajen la intensidad ni la transparencia en el control, por parte de la Prensa, de las conductas administrativas. Sí que remite a la praxis del sentido de las responsabilidades. Clarifica que “es libre, por supuesto, la discusión de todas las operaciones de los funcionarios del Estado en su carácter ministerial; el examen severo de su conducta pública; la crítica de sus escritos, y en general, de las producciones literarias de toda especie. Pero los hechos que se alegan deben ser verdaderos; y si no se prueban, constituyen difamación.” Igual que ésta existe, fuera de la vida oficial, “cuando se imputa a una persona ineptitud o falta de honradez en el ejercicio de su profesión, industria u oficio, y no se prueba lo que se alega.” La misma ofensa cometen los que hacen, publican o reparten libelos.
           Concluye el artículo con el criterio de que tales disposiciones no son demasiado severas porque dejan la libertad necesaria “para discutir los asuntos políticos, para dar a conocer la tendencia de los actos que se censuran, para denunciar al público la ineptitud o delincuencia de los empleados, para excitar la atención de la policía hacia los fraudes que puedan cometerse en las profesiones industriales; en una palabra, para todos los objetos útiles.” Por lo demás, al periodismo informativo, y por ende veraz; de opinión, crítico, vitalizado por los auténticos caracteres de su naturaleza, lo incardina en esta doble referencia: “¿Bajo qué aspecto es conveniente a la sociedad la circulación de sátiras y dicterios? ¿Y con qué pueden justificarse ante su propia conciencia los que se ejercitan en ella?”.

Otros rasgos periodísticos

           Llevamos expuestos datos, evaluaciones, enfoques, juicios que avalan a Bello como excelente periodista y maestro imperecedero de periodistas. Su equipaje periodístico, sin embargo, es mucho más abigarrado y repleto de rasgos acreedores a rigurosas atenciones investigadoras.
           No le reportaría excepcional mérito, por ejemplo, el que al lenguaje en Prensa lo imbuya de síntesis, prudencia, refinamiento, señorío, dignidad…limpiándolo, por igual, de ribetes plebeyos y aristocráticos: al fin y al cabo, para su talla de inconmensurable gramático y lingüista no le representaba ninguna dificultad el hallazgo del equilibrio entre vocabularios coloquiales, con tendencia a cultos, sin amagar con frases o figuras ininteligibles u oscuras para el común de los lectores.
           Más inesperadas pueden ser otras cualidades periodísticas en Bello. Entre ellas, los cuidados que prodiga a las dotes de observación, a la fertilidad imaginativa, al trinomio de exquisita sensibilidad-firmeza enérgica-aquilatada mesura, a los escepticismos y las documentaciones con que agiliza la mentalidad crítica, a la inquietud por el aprendizaje perpetuo, al despierto olfato para calibrar los albores y los confines de la actualidad cambiante.
           En las polémicas, reproduce ampliamente los textos a rebatir y los refuta con pocos y escogidos términos, certeros argumentos, cortesía hacia las ideas e intencionalidades de los contradictores. Él, que fue víctima de duras calumnias y de ingratitudes mayúsculas, no recurrirá a las columnas impresas para defenderse personalmente, ni con objeto de zaherir a los adversarios o discrepantes. Impidió que las bajezas, los resentimientos, las venganzas, las banderías, las pugnas particulares, los odios invadieran las páginas del periódico; o lo desviaran, con vientos ombliguistas de fulanismos, de su misión de servicio colectivo. Pluralista.


           Andrés Bello no fue un avispado reportero de calle. Concilió un enorme bagaje enciclopédico con la modestia del corrector de pruebas. Sencillamente, tanto aplicaba en las platinas las novedades tipográficas como inspiraría técnicas informativas premonitorias. Humanizó a la ciencia, al arte, a la práctica del periodismo y ése, en definitiva, es uno de los legados que ha de comprometernos. Aquí, hoy, ahora.

Muchas gracias.

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Obras y trabajos consultados

—Agudo Freites, Raúl: “Bello, periodista ejemplar”. En «Revista Nacional de Cultura», número 65. Caracas, 1947.
—Albert, Pierre: “Historia de la Prensa”. Ediciones Rialp. Madrid, 1990.
—Álvarez O., Federico:

–“Labor periodística de Don Andrés Bello”, 16ª cuaderno. Escuela de Periodismo. Facultad de Humanidades y Educación. Universidad Central de Venezuela. Caracas, 1962.
–“El periodista Andrés Bello”. La Casa de Bello. 2ª edi. Caracas, 1981.
–Reseña: “Bolívar y el periodismo”. En revista «Comunicación», núms. 41-42. Caracas, 1983.

—Amunátegui Reyes: M. Luis: “Vida de D. Andrés Bello”. Pedro G. Ramírez. Santiago de Chile, 1882.
—Bello, Andrés:

–“Antología de discursos y escritos”. Edición preparada por José Vila Selma. Editora Nacional. Madrid, 1976.
–“Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos”. Edición Crítica de Ramón Trujillo Carreño. Instituto de Lingüística «Andrés Bello». Universidad de La Laguna, 1981.

—Donoso, Ricardo:

–“Antonio José de Irisarri, escritor y diplomático”. Prensas de la Universidad de Chile. Santiago, 1934.
–“Las ideas políticas en Chile”. Fondo de Cultura Económica. México,1946.

—Fernández W., David: “Los antepasados de Bello”. La Casa de Bello. Caracas, 1978.
—Fontán, Antonio: “Erasmo-Moro-Vives. El humanismo cristiano europeo”. Ediciones «Nueva Revista». Madrid, Navidad 2002.
—García, Pancho: “La aportación canaria a la historia de América”. Aula de Cultura del Cabildo Insular de Tenerife. Santa Cruz de Tenerife, 1995.
—García Chuecos, H.: “Recuerdos de Andrés Bello”. Artículo en «El Universal» de Caracas, 28-diciembre-1938.
—Grases, Pedro: “Antología de Andrés Bello”. Seix Barral. Barcelona-Caracas-México, 1978.
—Guach, Juan María: “La Prensa en Iberoamérica”. En “Historia de la Prensa”, Albert, P. op. cit. —Guinard, P.J.: La presse espagnole de 1737 à 1791. Formation y signification d’un genre. Centre Recherches Hispaniques. París, 1973.
—Hernández Montoya, R. : “Andrés Bello”. Artículo en «El Nacional» de Caracas, 18-mayo-1989.
—Ludwig, Emil: “Bolívar”. Editorial Juventud. Barcelona, 1983. Traducción de Enrique Planchart.
—Picón Salas, M.: “Comprensión de Venezuela”. Monte Ávila Editores. Caracas, 1976.
—Pietri, Uslar: Discurso pronunciado en el Palacio de las Academias el 21 de octubre de 1965, en el homenaje de devoción y lealtad a D. Andrés Bello en el primer centenario de su muerte. Biblioteca electrónica. Caracas.
—Pizarroso, A.: “Historia de la propaganda”. Eudema. Madrid,