PREÁMBULO
Un
domingo estando errando
se encontraron dos mancebos
echando mano a sus fierros
como queriendo pelear;
y cuando estaban peleando
se acercó su padre de uno:
hijo mío, por compasión,
ya no pelees con ninguno.
Quítese de aquí, mi padre,
que estoy más bravo que un león;
no vaya a sacar mi espada
y le parta el corazón.
Hijo de mal condición,
por lo que acabas de hablar
antes de que raye el sol
la vida te han de quitar.
*
Lo que le encargo a mi padre
que no me entierre en sagrado,
que me entierre en tierra bruta
donde me trille el ganado:
con una mano de fuera
y un papel sobredorado
con su letrero que diga
“Felipe fue un desgraciado”
El caballo Colorado,
que hace un año que nació,
ahí se lo dejo a mi padre
por la crianza que me dio;
los tres caballos que quedan
ahí se los dejo a los pobres
para que siquiera digan
“Felipe, Dios te perdone”.
*
Bajaron el toro Pinto,
que nunca lo habían bajado,
pero ahora sí ya bajó
revuelto con el ganado;
y al pobrecillo Felipe
la maldición lo alcanzó:
en las trancas del corral
el toro lo atravesó.
El pobrecillo Felipe
quedó todo destripado
y su padre lo enterró
donde lo trilló el ganado.
Ya con ésta me despido,
rodeado de buena gente;
esto le puede pasar
a un hijo desobediente.
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NOTA: Víctor Ramírez, acompañado
a la guitarra por José Pérez Santana, cantó
–como inicio de su discurso– este corrido mexicano
popular de finales del siglo XIX o principios del XX.
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Buenas
noches. Este comienzo cancionero tiene su explicación.
La tiene porque la audición parcial de este popular corrido
mexicano en boca de un joven carretero es el recuerdo más
antiguo que tengo del impacto
emocional y mental proporcionado por la palabra literaturizada,
embellecida.
Desde
su audición, para mí –niño de acaso
cinco o seis años– el mundo ya no sería
igual. Pues quedé prendado, hasta ahorita mismo, de la
canción mexicana. Y
con ella –además– aprendí a leer y
escuchar cordialmente; y con ella aprendería a escribir
y hablar –e inclusive cantar– sentida, honestamente.
* * *
I
Hace
alrededor de un siglo el admirado compatriota y reverenciado
maestro ético y literario Benito Pérez Galdós
manifestó que no era
posible una revolución social y política si antes
no se producía la revolución de las conciencias.
Por mi parte, y siguiendo al francés Montaigne, entiendo
que la conciencia
puede ser considerada el conjunto de principios
u opiniones que, en los diferentes medios sociales,
se inculcan en la mente desde la infancia como regla
y norma de lo que es recto
y justo.
Y,
según lo observado, acabamos considerando, más
bien por pereza o para justificar egocéntricamente nuestra
situación y nuestro comportamiento, que esos principios
y opiniones no proceden del exterior, sino que vienen insertos
en nuestra alma desde siempre y para siempre. De ahí
–de esa pereza y ese egocentrismo– tal vez procedan
las dificultades para la mejoría ética personal
con el paso del tiempo.
Cuando
Albert Eistein tenía setenta años, en mayo de
1949, la ‘Monthly Review’
de Nueva York le publicó una conferencia titulada significativamente
“¿POR QUÉ SOCIALISMO?”
–conferencia en que el siempre exiliado sabio preconizaba
que sólo un socialismo mundial salvaría a la Humanidad.
Como preámbulo y entre otras lúcidas apreciaciones,
expuso la incontestable evidencia de que “el
hombre es, a la vez, un ser solitario y un ser social”.
E inmediatamente especificó que “es
muy posible que la fuerza relativa de estas dos pulsiones (la
de, a la vez, inexorablemente ser solitario y permanecer social)
esté, en lo fundamental, fijada hereditariamente”.
Con
lo de “fijada hereditariamente”
nos da a entender cuánto de crucial resultará
para una persona, y un pueblo, el conocimiento o la ignorancia
de su pasado, la fiabilidad de su memoria, la formación
de su conciencia. (“Este es el país de
las pausas. Aquí vivimos en una pausa eterna”
–son palabras de nuestro Alonso Quesada, según
nos recordó Yolanda Arencibia en su discurso de ingreso
a esta misma Academia; y entendiendo lo de «pausa
eterna» como parálisis mental y ética,
como permanente interrupción vital sociopolítica).
Así
puedo afirmar que pertenezco a una colectividad, a una nación,
poco menos que privada de capacidad memorística –o
lo que es peor, destartalada de conciencia. Sí, pertenezco
a un pueblo al que se le ha forzado y se le sigue forzando a
vivir ignorándose, a acumular mentiras y confusiones,
a crearse una conciencia mistificada y alienada.
Aceptamos
intuitiva o razonadamente que la memoria, tanto a nivel individual
como colectivo, es el soporte natural de lo que hemos dado en
llamar la identidad. De ella, de la
memoria, depende nuestra manera de ser personal y la manera
de ser del pueblo al que pertenecemos. Mientras más recuerdes
fidedignamente de ti mismo, mientras más verazmente te
conozcas, más seguridad vital y más recursos creadores
poseerás para encarar el presente y programar el futuro.
Lo mismo puede aplicarse a una nación como la canaria.
Si
se te ha forzado a memorizar mentiras y amañadas mistificaciones,
acabarás creyéndote algo que no eres y acabarás
actuando contra ti mismo al depender de inteligencias y voluntades
ajenas. Esto, sin ambages,
es lo que se ha hecho y se continúa haciendo con nosotros,
con los canarios.
Por
ello tanto nos hemos deteriorado humana y socialmente, y tanto
hemos contribuido pasiva o activamente a la degradación
del ecosistema que nos acoge. No, no es un suicidio colectivo,
no es el socorrido vacaguaré;
es colonial envenenamiento sutil, casi siempre imperceptible
por haber sido cegados e insensibilizados con implacables miedos
e ininterrumpidas falacias durante siglos. La enajenación
–el no pertenecenos– corrompe, pudre subrepticiamente.
Y
la ignorantación, el memorizar mentiras y mistificaciones,
enajena, aliena. Nos obliga a vivir ajenos a nosotros mismos,
contrarios a nosotros mismos, al pertenecer a otros –como
acabo de decir–, al depender siempre de voluntades despectivas
e intereses rapiñeros foráneos. Debido a esto
se acaba siendo naturalmente endófobos.
Asimismo
la memoria es, consecuentemente, la médula
activadora de la conciencia (ese motivador conocimiento
que tenemos de nosotros y de cuanto nos circunda y atañe).
Ésta, la conciencia, se forma casi exclusivmente con
palabras: sí. Mas, además de ser la médula
activadora de nuestra conciencia, de ser el soporte dinámico
de nuestra identidad, la memoria es la facultad para aprender,
para adquirir los conocimientos que constituirán nuestra
conciencia y –por ende– nuestra personalidad –tanto
en lo individual como en lo social.
Aprender
es, en esencia, memorizar. Según sean la calidad de la
memorización y la cantidad estructurada de lo que se
memorice, así serán el aprendizaje realizado y
el conocimiento adquirido. Así será nuestra conciencia;
así será nuestra personalidad.
No
resulta lo mismo, por ejemplo, aprender y decir que Canarias
es una provincia, una región,
una comunidad autónoma, una
parte de España, una entidad
europea ultraperiférica, que aprender y
manifestar que es una nación sojuzgada por
una potencia foránea, que es una Patria
sometida a punta de pistola y corrupción,
que es una posesión económica de ultramar
a la que se trata como a prostituta indefensa,
que es territorio archipielágico noroesteafricano
colonizado hasta la extenuación. No, no
resulta lo mismo; es radicalmente lo contrario. Y todo
depende de la utilización de palabras, es decir, de conciencia.
* * *
II
Siguiendo
con Albert Einstein, oigamos qué decía él
a continuación de lo expuesto anteriormente: “Pero
la personalidad que finalmente emerge está determinada
en gran parte por el AMBIENTE en el cual un hombre se encuentra
durante su desarrollo, por la ESTRUCTURA de la sociedad en la
que crece, por la TRADICIÓN de esa sociedad, y por su
VALORACIÓN de los tipos particulares de comportamiento”.
De
ahí la tremenda importancia que poseen las palabras impuestas
por la oficialidad en todos los estratos
de nuestra existencia –desde lo familiar hasta lo profesional,
pasando por lo académico, lo lúdico...–
y de las palabras adquiridas fuera de esa imposición,
como en clandestinidad subversiva y casi siempre con lecturas,
para la conformación de nuestra conciencia canaria –es
decir, verdaderamente universalista– personal y social.
Con
estas palabras clandestinas, subversivas, adquiridas en lecturas,
únicamente en lecturas, y contra las palabras impuestas
por la oficialidad colonial desde la mismita cuna, se transformaría
mi conciencia. Y con la transformación surgirá
la rebeldía libertaria, el insobornable anhelo de redención
personal y de emancipación de mi Patria.
No,
no hay palabras neutras, ni siquiera las más íntimamente
privadas; todas están cargadas de finalidad partidista
más o menos consciente. Y como el pueblo al que pertenezco
apenas lee, tanto en los estratos analfabetizados como en los
cultivados, y como desde todas las instancias de adoctrinamiento
–familia, vecindad, medios de comunicación, instituciones
docentes, tribunas de erudición, manifestaciones intelectuales...–
se nos apabulla con mendacidades y amedrentamientos, resulta
muy difícil –casi imposible– acceder a palabras
iluminadoras, libertarias, dignificantes. Hemos sido y continuamos
siendo un pueblo al que se le ha privado y se le sigue privando
de acceso a referencias iluminadoras, dignificantes. Aquí
la sabiduría –que ha existido y existe– acaba
siendo poco menos que onanista, que masturbatoria, muy poco
–o nada– fecunda socialmente.
Si
constatamos que el ambiente en que nos hemos criado y desarrollado
es un ambiente de plena enajenación;
si constatamos que la estructura social de nuestra Patria es
una estructura colonial abusiva porque
no podemos mínimamente defendernos ni plantar cara con
un mínimo de orgullo libertario al inclemente poder metropolitano
español; si constatamos que la tradición
del pueblo al que pertenecemos está pletórica
de miedos y de ignorantaciones y vacía de ejemplos dignificantes;
si constatamos que nuestra escala de valores
es castradoramente endófoba e ignominiosamente
servil ante lo foráneo... muy poco o casi
nada nos queda para la esperanza. Tan sólo nos queda
–más por instinto de supervivencia que por razonada
esperanza– una pizca de rabiosa confianza en los golpes
de azar con que tantas veces nos sorprende la Historia.
Así
y todo, únicamente en la palabra radica la
posibilidad de una transformación de nuestras conciencias
–tal como exigía Galdós para una transformación
de la sociedad. Con palabras veraces y honorables –frente
a las mendaces y corruptas coloniales–, con palabras iluminadoras
y altivas –frente a las oscurecedoras y humillantes coloniales–,
con palabras emancipatorias y solidarias –frente a las
sumisas y autistas coloniales–, con palabras libertarias
y responsabilizadoras –frente a las serviles y enajenantes
coloniales– sólo será posible la educación
de nuestros pueblo.
Digo
educación, entendiendo ésta
como el camino que saca de las tinieblas de la ignorancia y
del aherrojamiento hacia la luz del conocimiento –como
instrumento de ejercitar la voluntad sin alienación–
y de la libertad –como capacidad de responsabilizarnos
sin tutelajes deshumanizadores. Pues lo contrario es el adiestramiento,
la instrumentalización meramente animal,
la deshumanización –como decía
Franz Fanon que era el objetivo de todo colonialismo.
* * *
III
Estoy
aquí por eso, por haber utilizado públicamente
la palabra a través de mi obra literaria narrativa y
periodística. Ya dije que no hay palabra pública,
y menos aún la intencionadamente pública como
es la literaria, que sea neutral, que no haya tomado y que tome
partido en todos los terreros de la contienda existencial. No
la hay, ni siquiera la supuesta o intencionadamente purista.
Si
vivir es inexorablemente contender, la literatura en todas sus
manifestaciones es pura contienda, acaso la más específicamente
humana de las contiendas humanas: al pretender la incidencia
social, la participación activadora en el otro, en el
que nos escucha o lee.
Y
–ya dije antes– con lecturas, reflexionando sentidamente
las palabras producidas por conciencias ajenas liberadas o buscando
libertad, constaté que mi conciencia y las de mis paisanos
se habían formado y se siguen formando con palabras amedrentadas
e ignorantadas, con palabras subyugantes. Constaté que
pertenezco a un pueblo al que se le ha privado de alma eficaz,
de alma capaz de conocerse y de energetizarse para la rebeldía,
para la existencia vivífica.
Del
alma –a cuya concreción llamamos conciencia–
dícese que tiene tres potencias: la memoria,
el entendimiento y la voluntad.
Si pertenezco a un pueblo al que tiránicamente se le
ha impedido ejercer eficazmente la memoria
–negándosenos o mistificándosenos
el conocimiento de nuestro pasado–, jamás podré
sentir y nutrirme verdaderamente de las raíces que me
sustentan, jamás podré saber quién verdaderamente
soy (es como si se me privara de toda referencia a mi infancia,
adolescencia, juventud: fotos, recuerdos...; existí,
sí, pero no sé cómo llegué hasta
aquí, quién en verdad soy...; es como si se me
impidiera contemplarme en un espejo, como si se me obstaculizase
para palparme, para preguntar a otro por mi imagen...).
Y
tendré que vivir alienado, inconsistente, en permanente
sensación de eventualidad. Y no sólo viviré
así, sino que no podré dinamizar la otra potencia
del alma, el entendimiento. Y no la
podré dinamizar porque, para entender, hay que aprender
y aprender es simple y llanamente memorizar. De ahí la
aculturización alienante, poco creativa y rebelde, del
canario. De ahí –como dije anteriormente–
el onanismo egocéntrico, la infecundidad social, de nuestras
sabidurías.
Siempre
son fuereños los que en verdad han pensado por y para
nosotros. Y lo políticamente correcto es limitarnos a
papagayearles lo que se nos fuerza a memorizar de ellos. No
podemos ser originales –salvo en rarísimas excepciones
incomprendidas o ninguneadas o a las que rápidamente
se les busca y atribuye un mentor o modelo extranjero–
y nuestros méritos sólo podrán ser medidos
según la altura de cuanto copiemos o glosemos a lo creado
por otros. El entendimiento no nos pertenece.
Y
sin entendimiento propio, por colonizados indefensos, nunca
podremos alcanzar la responsabilidad de autodirigirnos, de autoadministrarnos.
Y no la podremos alcanzar porque, al ser el conocimiento ajeno,
también será ajena la voluntad
que nos guíe. De ahí que sólo hayan podido
ser palabras alienantes, incapacitadoras, palabras que atemoricen
e ignoranten, las que conformen nuestra conciencia individual
y nuestra conciencia colectiva. Y éstas sólo producen
palabras confundidoras y sumisas -y por muy sabios que seamos.
Reflexionando
sobre esto, me vino a la memoria EL MANIFIESTO DE LA
IDENTIDAD CANARIA (subtitulado CANARIAS EN EL SIGLO
XXI y con el veraz epígrafe Nada puede ser amado
sin ser previamente conocido), manifiesto que encabeza
un excelente libro divulgativo editado por el Centro de la Cultura
Popular Canaria acabando 1999. De esto precisamente, de que
no podamos amar verazmente a nuestra Patria canaria –al
desconocerla como tal, como verdaderamente Patria–, se
han encargado todas las policías colonizadoras culturales
siglo tras siglos hasta ahora.
Las
palabras amedrentadoras e ignorantadoras de la Iglesia nacional
católica española antes y de los centros docentes
y medios de comunicación social ahora son las que han
deformado y siguen deformando nuestra conciencia, la conciencia
del canario:
conciencia que, como señalé antes, sólo
se ha alterado hacia la rebeldía con palabras adquiridas
de conciencias rebeldes –también extranjeras–
y con las invencibles palabras del pasado que han permanecido
en nuestro subconsciente colectivo aguardando la energía
libertaria de esas palabras extranjeras para transformarnos
el pensamiento y la sensibilidad contra el inclemente poderío
metropolitano.
En
ese manifiesto se exponía la indudable e ignominiosa
verdad de que “Durante la mayor parte de su
historia el pueblo canario ha vivido al margen de su Identidad,
es decir, sin el conocimiento de sus raíces y de las
implicaciones de su realidad. Ha estado, por tanto, de espaldas
a la construcción de su futuro. (De espaldas
no, sino de rodillas y mirando al suelo –diría
yo)
»Un
reciente pasado huérfano de libertad, caracterizado por
el caciquismo y la dictadura, (¡como si
ahora hubiera cambiado en esencia la situación!) impidió
que en los centros educativos, culturales y sociales de Canarias
se estudiara, de forma regular y profunda, nuestra Historia,
Geografía, Economía,... condenando a nuestro Archipiélago
al analfabetismo funcional, y por tanto a la ausencia de una
sólida personalidad como pueblo diferenciado.
Todo
esto, repito, es muy cierto, indignantemente cierto; es la incontestable
y miserienta realidad. Pero la pregunta es la de siempre: ¿cómo
salir de esta situación ignominiosa tanto en lo personal
como en lo social? ¿tan sólo quejándonos
en soledad y dejando constancia oculta en un libro que –como
todos– será poquísimamente o nada leído?
¿esperando de rodillas o tumbado de bruces que el verdadero
y único poder que nos aherroja –el colonial español–
propicie ese conocimiento liberador, dignificante?
Esa
memoria sólo se podrá
reavivar desde la independencia, desde la capacitación
para programar por nosotros mismos nuestro destino nacional
–pues programar el futuro de una sociedad es la esencia
de toda política; y ésta ahora e implacablemente
es colonial y, por ende, jamás propiciará que
amemos a nuestra Patria: pues nos impide conocerla.
Y
continúa el loable en intenciones –¡sí!–
manifiesto exponiendo que “El siglo XXI nos
presenta, además, nuevos y trascendentales desafíos
que tenemos que asumir ineludiblemente desde una perspectiva
progresista. Entre ellos cabe destacar:
–La
defensa de nuestro patrimonio históricocultural.
(¿Cómo lo defendemos si toda nuestra Patria está
prostituida, si la mangonean chulescamente y la poseen mórbidamente
voluntades codiciosas fuereñas y si los poderes públicos
aquí devienen puro esbirrismo que protegen a los mangoneadores
y poseedores y que aherrojan los mínimos conatos de rebeldía
dignificadora, emancipatoria? ¿cómo lo defendemos?)
–La
búsqueda de las fórmulas más adecuadas
para un mejor reparto de la riqueza. (¿Cómo
las buscamos y cómo las hallaremos? ¿Rezándole
a la correspondiente virgen colonial española según
la isla: de La Peña, de La
Candelaria, del Pino,
de Los Reyes...? ¿O suplicando
poniéndonos de rodillas en la punta del respectivo muelle
para que no nos invadan más depredadores?)
–La
potenciación de las nuevas tecnologías en el marco
de la máxima justicia social, afrontando los procesos
de globalización desde la perspectiva de rechazar frontalmente
la uniformización, pero abriéndonos sin límites
ni complejos a la intercomunicación con las diferentes
culturas del mundo. (¿a qué viene
esto último, esto de sin límites ni
complejos a la intercomunicación si estamos
incapacitados para tener nuestra verdadera cultura –entendiendo
ésta como producto y productora de creaciones populares
y artísticas y científicas originales y libres–
y mucho menos para poder elegir responsablemente lo benéfico
de otras culturas y otras tecnologías? ¿a qué
venía esto si aquí todo se impone según
la voluntad colonial española?)
–La
más rotunda conservación de nuestra naturaleza,
desde la CONCIENCIA de nuestra propia fragilidad como territorio,
y del reconocimiento de que constituye nuestro primer recurso
y la base sobre la que habrá de asentarse -desde la filosofía
de la sustentabilidad– el desarrollo económico
del siglo XXI.
Pero
da no la casualidad de que, pese a que aún poblemos Canarias
más de un millón de descendientes directos de
canarios precoloniales, lo que llaman los manifestantes Nuestra
naturaleza no es nuestra. Debería
ser nuestra, pero no lo es. De igual manera que personalmente
no me considero un sujeto con derechos, sino con concesiones
coloniales que acaban cuando el poder colonial
así lo considere y disponga, tampoco he podido considerarme
copropietario de la naturaleza de
mi Patria, sino un simple residente ocasional
de ella –y pese a saberme sentidamente descendiente pleno
de amazikes precoloniales (como dice uno de los personajes de
mi novela en marcha Liviano tenemos el sueño
los apátridas, “aquí
no somos canarios, compadre, aquí sólo podemos
estar de canarios hasta que ellos quieran”)
Al
permanecer nuestra Patria prostituida –alienada para beneficio
total del Proxeneta y de sus compinches- no tenemos capacidad
para conservarla ni mucho menos para orientarla y beneficiarnos
de ella. Ahí está la realidad, impertérrita,
para quien quiera –si puede, claro– constatarla.
»Todos
estos retos suponen que Canarias tiene que apostar decididamente
por el más firme compromiso de su IDENTIDAD, entre otras
vías a través de los planes educativos y la actividad
de los centros culturales y sociales.
Insisto:
la conciencia del canario tiene que seguirse formando y conformando
con palabras mendaces y amedrantadoras. Los planes educativos
–«inducativos», como muy bien señala
Francisco Tarajano– en una colonia son coloniales. Para
el poder colonial la identidad del colonizado es la de un poseído,
la de un ser enajenado, la de alguien que está
pero no es. Jamás podremos esperar palabras
libertarias, dignificantes, de los poderes que aquí se
ejercen, poderes inevitablemente esbirriles.
»Es
imprescindible que todos conozcamos nuestro pasado y presente,
con hondura y objetividad, si queremos construir un futuro necesariamente
Democrático, Igualitario, Justo y Solidario entre nosotros
y el resto del mundo.
Estoy
de acuerdo. Pero la lucha sólo puede comenzarse buscando
y encontrando la soberanía de nuestra Patria, la independencia
plena de Canarias, la capacitación de soberanamente poder
elegir asociaciones e interdependencias con otros Estados. Sin
esta capacitación, sólo nos queda el llanto, la
queja, los sueños paralizantes de una realidad irrealizable.
Del poder español sólo podemos esperar lo que
éste aquí soberbiamente ha sabido y sabe dar:
aherrojamiento y miserabilización.
* * *
IV
Ciento
diez y seis compatriotas fueron los firmantes de este impecable
en voluntad –pero impracticable en la realidad si no nos
alzamos– manifiesto. Unos bastantes años antes
les había respondido un excelso, por crudelísimo,
esbirro –guanche completo él– con palabras
pletóricas de permanente actualidad mientras sigamos
siendo posesión noroesteafricana de España
–que así se reconocía sin tapujos por canarios
españolistas de buena voluntad
como el mismo Galdós, o Bethencourt Alfonso, Nicolás
Estévanez, Fernando León y Castillo y demás.
Se
encuentra esta respuesta adelantada casi siglo y medio: según
leí en la página 41 de “AMADOS COMPATRIOTAS.
ACERCA DEL IMPACTO DE LA EMANCIPACIÓN AMERICANA EN CANARIAS”,
libro de Manuel de Paz- Sánchez, también editado
por el entrañable CCPC.
A
petición de Madrid, el Capitán
general Francisco Tomás Morales Afonso –abuelo
del poeta preindependentista Tomás–
elaboró un largo informe, en el que consideraba totalmente
infundados los recelos sobre la lealtad isleña.
En varias de mis reflexiones periodísticas he recurrido
a dicho informe porque –insisto– su actualidad es
lacerantemente plena. Decía así, con la sinceridad
petulante del militar ante pueblerío indefenso y casi
muerto de miedo y hambre:
“Desengáñese
V.E.: En Canarias ni las revoluciones políticas de los
pueblos de la Península, ni la influencia de los rebeldes
de las Américas, ni las doctrinas subversivas del orden
social; nada es capaz de alterar la fidelidad de sus habitantes.
Su SITUACIÓN TOPOGRÁFICA, su POBREZA misma, esa
IMPOSIBILIDAD FÍSICA Y MORAL de poder sostener interior
o exteriormente cualesquiera movimientos de revolución
¿dejarían de ser constantemente poderosos obstáculos
para las tentativas de los innovadores?”.
(Informe
del CGral de Canarias, Sta Cruz de Tfe, 10 diciembre 1827)
Sí,
señores: ahí, en toda esa incapacidad
para la defensa, al estar el territorio de nuestra
Patria fragmentado para poder defendernos bélicamente
(al estar militarmente –sí– aquí España)
y en toda esa indignidad de forzosamente ser
pobres (al depender nuestro sustento de los poseedores
fuereños y de sus cómplices nativos) y de estar
miserabilizados física y moralmente
para poder rebelarnos, se ha mantenido y se sigue manteniendo
la españolidad de mis compatriotas
que se consideren españoles.
Y
repensando esto no tengo más remedio que reincidir en
estas palabras clarividentes del entrañable Frantz Fanon
escritas hace casi medio siglo:
“Que
el combate anticolonialista no se inscribe de golpe en una perspectiva
nacionalista es lo que la historia nos enseña”.
“Durante
mucho tiempo el colonizado dirige sus esfuerzos hacia la supresión
de ciertas iniquidades:
trabajo forzado, sanciones corporales, desigualdades en los
salarios, limitación de los derechos políticos,
etc.”
Aquí
han jugado un papel negativísimo, policialmente colaboracionista
con el poder colonial del español, muchos guanches –sic–
izquierdistas de inclusive buena fe.
No han tenido en cuenta, o no han querido tenerlo –por
miedo o codicia–, que el internacionalismo
sólo se puede practicar entre naciones soberanas,
jamás desde una situación colonial.
“Este
hambre por la democracia contra la opresión del hombre
va a salir progresivamente de la confusión neoliberal
universalista para desembocar, a veces laboriosamente, en la
reivindicación nacional.”
Ya
constatamos, con cierta esperanza, cómo en cada vez más
compatriotas –muy laboriosamente, sí– se
abren los ojos del espiritu para ver que ninguna opresión
es mayor, más aherrojadora y denigrante, que la colonial.
(Pues ésta abarca todas las opresiones, multiplicadas
al máximo).
“Pero
la impreparación de las élites, la ausencia de
enlace orgánico entre ellas y las masas, su pereza y,
hay que decirlo, la cobardía en el momento decisivo de
la lucha van a dar origen a trágicas desventuras.”
Es
lo grave: al no haber podido o sabido enfrentarnos a la situación
colonial contundentemente con una conciencia emancipada y emancipatoria,
nuestra realidad ha degenerado de tal manera que el futuro –inclusive
el inmediato– no puede ser más desolador a poco
que se reflexione sobre él. De ahí que recuerde,
al pronto, unas observaciones del francés Jean Paul Sartre
que, enfrentado al imperialismo de su Patria, escribió
irónicamente mostrando las argumentaciones y respuestas
políticas de los “sanos” compatriotas
suyos cuando la Guerra de Argelia, argumentaciones y respuestas
que pueden aplicarse plenamente a nuestra deplorante realidad...:
(1º)
El problema argelino –diremos
“canario”–
es primeramente económico; demos de comer al colonizado;
(2º)
a continuación hay que atender socialmente
al argelino –diremos “canario”–:
proporcionémosle
escuela y médico;
(y
3º) por último es psicológico, con su complejo
de inferioridad: permitámosle participar de algún
modo –siempre bajo nuestro mando, claro–
en el gobierno de su país –(lo
que aquí se ha dado en llamar “autonomía”).
...con
una gran diferencia: nosotros –al contrario que los argelinos
en aquel tiempo de hace casi medio siglo– aumentamos día
tras día nuestra indefensión, nuestra incapacidad
para redimirnos.
* * *
V
Y
en lo que respecta a mi presencia aquí, ingresando en
la Academia Canaria de la Lengua (tras dudarlo mucho porque
para mí la labor del escritor que ha elegido no vivir
de la literatura sino vivir la literatura
–ocasionalmente, como toda vivencia– sólo
puede ejercerse desde la soledad solidaria) escribí
hace tiempo algo que necesito recordar. Lo escribí para
uno de mis escritos periodísticos, uno en que reflexionaba
yo sobre un texto del escritor keniata Ngugi wa Thiong’o,
texto titulado “MI TESTAMENTO” y que era el epílogo
de su novela “PÉTALOS DE SANGRE”.
Escribí
que objetivarlo todo consiste, esencial y subrepticiamente,
en podar las capacidades de auténtica mejoría
humana personal y colectiva.
Consiste en cortar las únicas ramas de una posible solidaridad
institucionalizada porque la finalidad inherente de todo poder
es dañar con impunidad. Y la impunidad surge y se
alimenta de la organización institucional
de lo social humano impuesta desde y al servicio del poder.
De ahí la, necesaria para el poder, academización,
la necesaria organización institucional de todos los
conocimientos -incluidos y principalmente los artísticos.
Academizar
suele acabar deviniendo control de lo más vital humano
por los necrófilos detentadores o servidores del Poder;
puede acabar equivaliendo a sometimiento policial de la
rebeldía vívida y vivificadora, sometimiento
policial al poder de sumisos sometedores empavonados de
erudición. Academizar puede y suele devenir objetualizar
lo vivificante esterilizándolo, es entronizar lo disecado
sobre lo vivo vivificante.
Por
eso las Academias corren inexorablemente el riesgo de acabar
convirtiéndose en gendarmerías necrófilas.
Suelen acabar convirtiéndose en esto si no
se ponen, generosa y contundentemente, al servicio de la digneficación
del pueblo, dignificación mediante el apalabramiento
de lo más dignamente humano. Pues las conciencias,
todas e ineludiblemente, –insisto– se forman y reforman
con palabras; según sean éstas, así serán
aquéllas.
Lo
de poner las Academias al servicio dignificador del pueblo ha
resultado y sigue resultando difícil, muy difícil.
Lo ha resultado y resulta porque el académico suele ser
hombre fascinado por el Poder que somete y daña desde
la legalidad impuesta. El académico suele acabar seducido
y acortesanado por ese Poder; suele encerrar su sabiduría
en el cofre de su onanista vanidad. Es lo triste.
Siguiendo
con el caso del keniata Ngugi –y que tiene mucho que ver
con mi presencia aquí ahora–, expuse que un asunto
es el prioritario propósito del Poder: el asunto de mantener
alejado del conocimiento histórico –y de la autoestima
revolucionaria– al pueblo. Tiene éste, el pueblo,
que creerse y sentirse incapaz de elegir y responsabilizarse
de su destino. Tiene éste, el pueblo, que resignarse
a poner su vida a los pies del poderoso y de los lacayos intelectuales
y artísticos de éste.
“El
otro asunto es la evidencia de que la aculturación, la
ignorantación, la invasión apabullante de productos
‘culturales’ obnubiladores fuereños (con
el ninguneo, con el aherrojamiento, con la muerte, con la corrupción,
de la cultura propia) se ha convertido en la estrategia preferida
por todo poder aherrojador, necrófilo”
–escribí en su momento.
“Sólo
en la propia cultura –en la superación creativa
de lo material– radica la necesaria rebeldía para
no caer en la caquexia y para mejorar individual y socialmente.
Y toda mejoría individual y social requiere acabar, o
al menos enfrentarse, con el Poder explotador, paralizador”
–añadí.
Pues
cultura es, esencialmente, vivificar el espíritu mediante
la materia que somos. Y el espíritu popular vivo (no
caquéxico, como suele ser el espíritu de todo
pueblo colonizado) es invencible aunque siempre esté
perdiendo. “Para Ngugi y para todo escritor
no cortesano, la única cultura verdaderamente universal
–por lo popular solidario– es la nacional insumisa
(ejemplos sobran: desde Cervantes a Rulfo, desde Rubens a Picasso,
desde Chopin a Theodorakis (y por citar artistas notorios extranjeros,
no canarios –que los ha habido y los hay)”.
Pero
luego añadí –pues, pese a todo, no he perdido
la fe en que la canarización de las instituciones puedan
cumplir misiones de conscienciación, de desmodorramiento:
“De ahí el odio repugnante de los necrófilos
canarios españolistas a la fundación de La Academia
Canaria de la Lengua. Cumplen ellos, los necrófilos,
con su papel envilecedor: de eso comen y medran. (Esto
lo feché el 11 de noviembre del 95”.
“He
llegado a la conclusión de que un primordial objetivo
de toda potencia explotadora es matar el pudor –el decoro,
la vergüenza, el respeto propio– al intelectual,
al artista, especialmente al escritor. Matárselo mediante
sobornos más o menos embaucadores, mediante chantajes,
amedrentamientos acobardadores, y principalmente inculcándole
desprecio aristocrático y desconfianza elitista hacia
el pueblo al que se pertenece, del que se procede, con el que
se debería luchar ”.
* * *
VI
Y
como gratitud a la bondad de uno de mis maestros –siendo
yo escritor colonizado que pugna por dejar de ser colonizado–,
ahí van estas palabras de don Antonio Machado Ruz: quien
tuvo la inmensa fortuna, no deseada –claro–, de
morir y de que permanezcan sus restos fuera de Borbonia. Son
éstas:
“Escribir
para el pueblo, ¡qué más quisiera yo! Deseoso
de escribir para el pueblo, aprendí de él cuanto
pude, mucho menos –claro está– de lo que
él sabe... Escribir para el pueblo nos obliga a rebasar
las fronteras de NUESTRA PATRIA; es escribir para los hombres
de otras razas, de otras tierras y de otras lenguas”.
Ya
lo he respondido bastantes veces: si procuro escribir bien,
si acepto el duro reto de intentar hacer una literatura de calidad
contrastada, es principalmente por y para poder utilizarla en
la destrucción del agobiante ignominioso muro de este
torreón carcelario en que España tiene convertida
a mi Patria.
Repito:
todos los escritores que den a la luz pública su obra,
todos sin excepción (incluso los que se esconden tras
supuestas o reales extravagancias, tras supuestos o reales esoterismos
conceptuales y formales, productos más de la egocéntrica
mimosería que de la altruista rebeldía), todos,
estamos irremisiblemente instados a participar en el enamoramiento
o la desafección de su Patria.
Ghandi
dejó manifestado: “Soy un humilde servidor
de la India y, al intentar servir a la India, estoy sirviendo
a la Humanidad”.
“Para mí, Patriotismo rima con Humanidad.
Soy Patriota porque soy hombre y humano”.
“No se puede ser no violento de verdad y permanecer pasivo
ante las injusticias sociales”.
Mas
la peor de las injusticias, por sibilinamente degeneradora,
por inmisericordemente esterilizadora, es la situación
colonial. Considero imposible e incluso malévolamente
hipócrita, en una Patria colonizada, pregonar que se
lucha por mejoras humanas sociales si no se está
luchando veraz y plenamente por la emancipación nacional.
Acaso
lo más aberrante –lo imperdonable– que ha
impuesto el poderío metropolitano español –siglo
tras siglo ininterrumpida e implacablemente– en el alma
del canario haya sido, sea todavía, el que éste
acabase –insisto– teniendo miedo de amar
a su Patria Canaria para luego, consecuentemente y
como dijo Ghandi, poder en verdad amar a la Humanidad.
“La
patria es una raíz y un destino” –escribió
el nada sospechoso de vacuo patrioterismo Eduardo Galeano en
su artículo “Prohibido Olvidar”.
Guste o repugne, nuestra verdadera raíz son canarios
precoloniales y ancestros colonizados, y nuestro único
destino mejorador está en la digna capacidad de comportarnos
como pueblo responsable y no sojuzgado. Esta dignidad sólo
será posible con la independencia solidaria.
En
nuestra Patria a lo más que ha llegado el intelectual
honesto –el que sirve a la Verdad para servirse de la
Verdad, el que pone sus talentos al servicio de su pueblo–
es a señalar los síntomas de nuestra
enfermedad. Nunca se atrevieron –por miedo
o ignorantación– a nombrar nítidamente la
patología –colonialismo– y
el agente patógeno –España,
como estructura de poder colonial y jamás como Patria
de los españoles que no han actuado colonizadoramente
contra nosotros.
Y
como ejemplo claro de cuanto he dicho, de la reacción
de los próceres ante nuestra realidad voy a recurrir
a algo que escribí y me publicaron hace unos pocos años:
“Paso
de buey, tripas de lobo y hágase el bobo”
fue el consejo que diera Fernando León y Castillo –otro
canario codicioso que tal se las trajo contra nuestra pobre
Patria Canaria y al que tanto se sahumeria pública y
rastreramente aún hoy– a Benito Pérez Galdós,
su condiscípulo de la infancia. Se lo dio cuando ejercía
aquél de embajador español en París, a
través de una breve misiva fechada el 17 de enero de
1901 (contaban ambos los casi sesenta años de edad) y
contestando, a un preocupado Galdós, sobre cómo
enfrentarse a las dificultades para publicar Nazarín
en Francia.
«No
olvides aquella norma de conducta de los ‘maúros’
de Canarias: ‘paso de buey, tripas de lobo y hágase
el bobo’» fueron sus palabras exactas
según lo leído en la página 134 del libro
GALDÓS POLÍTICO, de
la profesora norteamericana Verónica P. Dean-Thacker.
Supongo que esa misma norma de vida es la que siempre se nos
ha aconsejado y se nos continúa aconsejando a los canarios
maúros –es decir, “moros”,
o “magos” de
Magec, guanches de ayer y de hoy.
“Paso
de buey”: tenemos que andar siempre despacito
y según órdenes del pastor colonizador, del invasor
o de alguno de sus tantos esbirros coloniales que –traidores–
se ponen a su servicio por unas mezquinas monedas. Mirando al
suelo también siempre, para ignorar cuanto nos rodea,
pastando la miseria que nos permiten los invasores, sin más
meta que el matadero cuando ya no les hagamos falta.
“Tripas
de lobo”: significa que debemos continuar
insensibilizados para la rebeldía, tras siglos de envilecedora
sumisión bajo la tiranía española. Debemos
continuar ignorantándonos con las mentiras que implacablemente
se nos han hecho y hacen asumir como ‘verdades’
mediante los cuantiosos instrumentos de colonización
‘cultural’ hispana –prensa, radio, televisión,
colegios, universidades. Debemos continuar así para poder
asimilar, impasibles, bestializados, toda la mierda desmoralizante
que desde siempre España nos ha hecho cruelmente tragar.
“Hacerse
el bobo”: Debemos los canarios estudiar,
diplomarnos, obtener licenciaturas y doctorados, practicar artes
y literaturas, sí, pero haciéndonos cobardemente
el bobo, no encarando decididos e indignados al poderío
opresor español. Debemos los más cultos guanches,
los letrados maúros o magos actuales, poner nuestros
talentos y nuestras capacidades al mercenario servicio de fuereños
rapiñeros, no al de la liberación de nuestra machacada
Patria Canaria.
Vivir
aquí suele ser acumular frustraciones e incrementar los
miedos con que nacemos. Uno de mis miedos ha sido y sigue siendo,
precisamente, frustrarme. Por eso he escrito mucho más
de lo que jamás pensé e incluso quise.
Otros
de mis muchos miedos es ser un traidor o un ingrato. Por esto
agradezco de corazón el nombramiento de académico
–y pese a haber preferido que no lo hubiesen hecho. Pero
los terreros de contienda existencial no los elijo yo; surgen
por azar y procuro –por no ir contra mi conciencia, sí–
aprovecharlos y bajar a ellos a contender. Y la Academia Canaria
de la Lengua (Sí: Canaria,
distinta y no parte de la Española)
es uno de esos terreros.
El
entrañable Secundino Delgado aconsejaba que el apostolado
de la Idea había que hacerlo entre los paisanos
y no contra los paisanos. Todos los canarios son canarios; yo
no me siento más canario que nadie, y mucho menos por
cuestiones ideológicas, es decir, de conciencia politizada.
Martí decía que Patria es el trozo de
Humanidad al que se pertenece. Ese trozo de Humanidad
al que pertenezco se llama Canarias, no España. Y mi
deber como artista –al igual que a cada momento el músico
checo Anton Dvorac preconizaba– es luchar
por la mejoría de mi país, de mi Patria.
Repito:
gracias a quienes han optado por permitírseme la oportunidad
de hacerlo desde esta institución y gracias a quienes
han asistido a escucharme esta breve declaración de principios.
Y para concluir como comencé, permítaseme cantar
otra canción mexicana, acompañado por la guitarra
del fraternal amigo Pepe Pérez Santana. La canto por
gratitud a Jose Alfredo Jiménez, su compositor –al
que considero el más querido de mis maestros literarios
y éticos–, y porque su letra –escuchada siendo
yo adolescente en la inigualable voz de Jorge Negrete–
marcó mi rumbo vital. Me refiero a la ranchera EL HIJO
DEL PUEBLO, que dice así:
Es mi orgullo haber nacido
en el barrio más humilde,
alejado del bullicio
de la falsa sociedad;
yo no tuve la desgracia
de no ser hijo del pueblo,
yo me cuento entre la gente
que no tiene falsedad.
Mi destino es muy parejo,
yo lo quiero como venga:
soportando una tristeza
o detrás de una ilusión;
voy camino de la vida
muy feliz con mi pobreza;
como no tengo dinero,
tengo mucho corazón.
Descendiente de Cuauctémoc,
mexicano por fortuna
(yo diría: “Doramas” y “guanche
alzado”),
desdichado en los amores
(lo que en mi caso no es cierto)
soy bohemio y trovador;
pero cuántos millonarios
quisieran vivir mi vida
pa enfrentarse a la pobreza
sin sentir ningún temor.
Es por eso que es mi orgullo
ser del barrio más humilde
(yo decía “del barrio de San Roque),
alejado del bullicio
de la falsa sociedad;
yo compongo mis canciones
pa que el pueblo me las cante
(yo podría pensar con el tiempo:
“tengo escrito algunos libros
pa que mi pueblo se ayude”)
y si un día el pueblo me falla
ese día voy a llorar”.
(Yo,
por supuesto, nunca he pensado en llorar por eso, pues de mi
pueblo, en este asunto de la literatura, no tengo por qué
esperar nada gratificante...; aunque... ¡nunca se sabe!)
Gracias
de nuevo.
Las
Palmas de Gran Canaria, 26 de mayo del 2004.