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Alonso Quesada

Por Yolanda Arencibia Santana

Alonso Quesada es poeta, autor dramático y narrador. Pero hay un Quesada único: el poeta eterno que nunca deja de estar en sus textos para esencializar lo cotidiano; el hombre mediatizado por la realidad externa y la interna de su propio temperamento que le impelen a acudir una y otra vez a los temas eternos; y el escritor de pluma ágil e imaginación despierta y ocurrente que halla en la distancia del humor el tono de su escritura.

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Selección de textos

DEL LIBRO CRÓNICAS DE LA CIUDAD Y DE LA NOCHE

LA FACTURILLA

Un día estáis sentados en la tienda de un amigo nuestro departiendo entusiasmados sobre la nota de un tenor o la faz de una holandesa que habéis visto desembarcar en el muelle, cuando observáis que penetra un señor sonriente, con aire seguro, desenfadado, y dice: ─«Buenas, amigo. ¿Tiene esa facturilla ahí?...

Facturilla ha dicho. Y nosotros pensamos que este amigo debe una cantidad pequeña: dos o tres pesetas. Pero no es así; el amigo debe doscientas pesetas. ¿Por qué ha llamado facturilla a esta nota que pide? El debía, según nos enteramos más tarde, esa cantidad hacía mucho tiempo; nunca pasaba por la calle donde estaba la tienda, pero hoy, como venía a pagar, ha penetrado con la seguridad de sus pesetas y la realidad de su liberación. Y ha querido melificar la factura, con el suave diminutivo: «Deme usted esa facturilla».

Aquí se llaman todas las cosas así. Un comerciante paga una letra y cuando la va a pagar dice: «Deme usted esa letrilla». Un enfermo de divieso se dirige a la botica y exclama: «¿Tiene usted ahí una unturilla para este diviesillo que me está saliendo?». Un tenorio se despide de nosotros para ver a su amiguilla; un padre compra para su hijo pequeño un juguetillo... Al referirnos a un amigo canceroso solemos exclamar: «Está jeringadillo». ¡Oh, el dulce, plácido y donoso diminutivo!...

¿Por qué llamará la gente las cosas tan cariñosamente?

Anoche oímos a un amigo maldecir. Referíase a otro amigo y su familia. Esta familia y este amigo habían hecho al nuestro una cosa terrible. Y el amigo los llamaba gentucilla: «Esos son todos una gentucilla».

Nosotros sentimos un temeroso respeto por las facturas de las tiendas, nunca podemos dormir si nuestro nombre está destinado a una factura, a una de esas facturas que insisten, y jamás podríamos llamar facturilla a esa espacie de dragón maldito que tiene un Debe grande, enorme, como unas fauces hambrientas en un rincón del papelillo.

 

BEETHOVEN EN LA NOCHE

Son las cuatro de la mañana. El silencio es amable. No cruza la calle ni un alma. Lejos, allá en una esquina se distingue una figura de mujer vestida de blanco que acecha y que desaparece al fin.

Nos detenemos. ¿Qué hacer en una ciudad provinciana a las cuatro de la noche, cuando no hay un café abierto y la luna se marchó a las doce? Vagar. Esperar una hora más para volver a esperar de nuevo.

Un hombre que viene del Casino nos saluda. Va exhausto. Una mujer desconocida y miserable nos pide dinero. En la ciudad sólo vagan en este momento el hombre del Casino, la mujer triste, la tartana del Parque y nosotros.

La panadería de nuestro amigo, donde todas las noches compramos pan, tiene las puertas cerradas. Nos acercamos y el silencio es también hondo allí.

¿Habrá traspasado nuestro amigo su panadería? ¿O se habrá arruinado y ya no hará más pan? Esta noche nos privamos del placer del pan caliente. El pan caliente que tanto inquieta a uno de nuestros compañeros que no lo come nunca por temor a la apendicitis. ─¿De dónde habrá sacado él estas supersticiones pintorescas?─ No hay pan. Las otras panaderías están lejos y nosotros necesitamos merodear cerca del telégrafo. Caminamos lentamente. Y de pronto, un rumor sordo apagado, suave... El sonido de un piano. Pero es un piano espléndido que tocan unas suaves manos. La emoción sutil de las manos artistas nos invade el espíritu. En el piano tocan la Sonata de Beethoven número cinco. ¿Quién es esta mujer romántica y divina que toca a Beethoven en el silencio augusto de esta madrugada?...

Las ventanas están cerradas, herméticamente cerradas. Es preciso acercarnos. La casa es de un solo piso; está apartada de las demás casas... El sonido del piano es suave. Tenemos que aguzar el oído. La mujer continúa tocando... ¿Tocará todas las noches? ¿Será efectivamente una mujer?...

 

EL FAROL DE LOS ESCOMBROS

Sobre los escombros de una casa que construyen hay un farolito de luz tenue, anémica. Este farolito es un alerta al transeúnte. Quiere decir: «Señor: usted que viene distraído, no observa que a vuestros pies se eleva una montaña de pedruscos, un montón de guijarros. Si no estuviera yo aquí, erguido como un alabardero, advirtiendo el peligro, usted señor transeúnte se rompería las narices».

Y nosotros agradecemos la advertencia al farolito, que tiene más espíritu y más bondad que su amo, el propietario, que allí lo mandó a poner antes de que anocheciera.

El amo, al poner el farolito, quiso defender las obras de su casa; una cañería abierta, un desagüe... ¿Qué sería de estas cañerías y de estos desagües si tropieza un hombre, cae y con él muchas piedras, y entre todos cubren el hueco...? El amo del farolito no ha pensado en cuidar de la vida del transeúnte; al amo le es lo mismo que el transeúnte viva o muera, goce o sea condenado... El sólo ha puesto el farolito, para que el ciudadano al no tropezar, libre a su fábrica de un pequeño retraso de dos horas.

Pero en cambio, el farolito, que es generalmente un farolito viejo que estaba sin encender hacía muchos .años, tirado en un rincón de la cocina; es más puro, más condescendiente que el amo. El farolito alumbra sólo por la vida del ciudadano, él no tiene intereses como el amo.

Al sacarlo ahora del rincón después de tantos años de abandono, el farolito, contento, alegre, feliz, sólo ha pensado en alumbrar a su amigo el trasnochador. Y así le vemos, desde que damos vuelta a una esquina, llamándonos con su temblorosa luz y diciéndonos: «Este egoísta del propietario me ha puesto aquí para que no le estropeéis un hueco que ha recubierto hoy de cemento. Si os caéis, además de perder la vida, le amargáis el hueco al señor. Pero yo, amigo noctámbulo, yo, alumbro por mi propia voluntad; yo sólo alumbro para que no perdáis la vida si caéis en este rincón. Aunque el hacendado crea que yo soy ciego instrumento de su codicia, no es cierto; yo soy un sentimental, yo soy un pobre farolito, que cuida tu pierna o tu mano, amigo, en las noches sin luna. Soy, en las ciudades solitarias, el único amigo de los trasnochadores. ¿Qué sería de vuestras almas sin el farolito de los escombros?...

 

NIEVE EN LA CUMBRE

Las cumbres áridas, las cumbres desoladas de la isla, han aparecido esta noche cubiertas de nieve. Cuando las nubes se han marchado al horizonte y la buena luna ha surgido sobre el mar, la nieve ha brillado tan graciosamente en las cimas como si estuviera contenta de haber venido a un lugar que no conocía...

Desde el puente, hemos visto la nieve. Es el caso inaudito, extraordinario, de todas las provincias ingenuas. El momento suave de las reboticas en que los ciudadanos más antiguos dicen: “Desde el año 50 no ha caído nieve. Yo no me acuerdo de haber visto nieve sino cuando era chiquillo. Me acuerdo de que mi padre me llevó al puente. ¡Qué frío hacía aquella noche!».

Y como en la ínsula nunca hay frío, todos nos acordamos siempre del día en que lo hubo.

Todos los ciudadanos de la rebotica marchan al puente a contemplar la nieve de la cumbre.

La noche, es azul, líricamente azul... Estas cumbres secas, ardorosas, tostadas de sol de enero a enero, han recibido esta noche un espléndido manto de nieve. Parece que respiran estos montes, más serenos, más pausados... Como si hubieran apagado una insaciable sed.

Los ciudadanos sencillos ven como la nieve brilla, y dicen unas palabras vulgares, pero amables. Esta limpidez, esta suavidad lejana, esta armonía blanca y purísima ha penetrado también en las almas de los ciudadanos.

Tan sencillos, sin abrigos, con sus cotidianas ropas, tiemblan de frío en el puente contemplando el panorama de la nieve en las cumbres.

Esta nieve tan pura y tan alba, es como una anhelada alegoría insular: una visión serena, lejana e inaccesible de las cosas.

 

CRÓNICA DE LA NOCHE

Como el amado Cervantes, nos quedamos con la pluma en alto sobre las cuartillas, y como no encontrásemos la frase precisa, clara, para expresar nuestro pensamiento, los ojos miraron hacia el ángulo de la habitación y se posaron sobre un amplio retrato del dilecto Heine. Al rato, nos quedamos dormidos con un sueño vacío como la muerte...

...Y nos hallamos frente a la puerta austera de un hospital. Tiramos del cordón de la campanilla, que tintinea en lejanía. Al poco tiempo, aparece una hermana pequeñita, pulcra, con la faz dorada, los ojos grandes, y nos pregunta tenuemente: —¿Qué desea? —Y nosotros que somos un poco místicos, contemplando a esta hermana nos acordamos de la hondamente dulce, de la profundamente alada Santa Teresa. Y por esta fútil evocación, nuestro espíritu se desdobla, y ansiamos vivir aquí, silenciosos, sosegados, sin gritos. ¡Vivir sin vivir!

Una campana, que se dilata en las anchas salas, frías, grises, irrumpe en nuestras pequeñas meditaciones. Y nos asombramos al ver que la hermana, de faz dorada, nos precede. Y nos interrogamos. —¿Le habremos balbuceado, inconscientes, la causa de nuestra presencia?— Y he aquí que nuestro espíritu vuelve a torturarse por otra nueva, pequeña idea. Y queremos detenerla; pero no nos atrevemos temiendo que ella desconfíe, se sorprenda, grite, y por nuestra puerilidad seamos lanzados, vergonzosamente, de esta casa de los valetudinarios. Y nuestro cerebro parece que se va apagando, y los ojos se nublan, y la hermana de ojos grandes se va esfumando, que se concreta a una sombra fina, larga, que se introduce por las ventanas cenitales, de vidrios rojos, azules, verdes. Y oímos toses pertinaces: lamentos largos, desgarradores. Y una angustia nos invade porque nos sentimos impalpables. Y parece que cruzamos el éter en una sensación indefinible. Y de súbito descendemos presintiendo el dolor de la caída...

…Y despertamos. Unos rayos de sol han penetrado inundando de claridad la pequeña habitación, y los ojos nuestros tornan a posar se sobre el amplio retrato del amado Heine, que parece que sonríe suavemente irónico...

[Ecos, 1-12-1916]