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Fernanda Siliuto

Por Eugenio Padorno

Pese a la brevedad de su existencia, Fernanda Siliuto representa el signo trágico del romanticismo; víctima de la tuberculosis, hace vida aparte en un convento del Puerto de la Cruz (Tenerife), en el que inútilmente aguardará el regreso de su prometido desde tierras americanas. Lo destacable de su poesía consiste en que la expresión de la sentimentalidad es siempre contenida por una sorprendente ejercitación en los recursos métricos y retóricos.

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Selección de textos

LA SÚPLICA

Un vago soplo, soplo ya expirante,

del numen celestial de la poesía,

es el que traspasó por un instante

estos umbrales de la mente mía.


Y así detente: elogios ni uno sólo

me prodigues a mí; mas sí quisiera

que alcanzaras favor del bello Apolo

para que en el Parnaso me admitiera.

 

 

CANCIÓN

 

Si escuchases el triste lamento

que se exhala de mi alma, que implora;

y si oyeses mi lánguido acento

al vibrar de la lira sonora;


si también percibieses un día

las canciones de fuego que canto,

respirando la dulce poesía

que me inspira tu mágico encanto,


y piadosa tu negra pupila

sus reflejos a mí dirigiera;

y tu boca sin par, que destila

suave esencia, de amor sonriera;


¡Oh!, yo entonces feliz y gozosa,

ya calmada mi dicha ilusoria,

viviría tranquila y dichosa,

disfrutando en el suelo de gloria.

 

 

A UN LIRIO

 

¡Oh! yo te quiero, perfumado lirio,

porque eres bello y sin igual hermoso,

y porque tú, en mi crüel delirio,

cambias mi llanto en indecible gozo.


Yo me abalanzo a tu corola pura,

y en ella imprimo estremecido beso;

y tu pálida y nítida hermosura

causa a mi alma cándido embeleso.


Cuando amanece la divina Aurora,

y en el espacio sus raudales tiende,

y cuando el agua nacarada dora

con la trémula luz que bella extiende;


tú, que un capullo virginal ofreces

entre otras flores, con risueño aliento,

y que elevando tu corola creces


Acariciado por el blando viento;

abres tu cáliz de ambrosía lleno

al desplegarse con gentil donaire,

sus hojas lanzan en el prado ameno

perfume puro que embalsama el aire.


Cuando la brisa cariñosa mece

tu tallo erguido, lleno de nobleza,

y con vigor tus hojas estremece

prestándole elegancia y gentileza;


no tiene igual tu brillantez y gracia,

ni de tus sienes ese blanco bello,

ni flor ninguna te imitó en la audacia

con que levantas tu flexible cuello.


Que mucho sí tú das celo

a la hermosa madreselva

que crece en la culta selva

protegida por el cielo.


Que mucho sí tu primor

oscurece al laurel rosa,

a la reseda olorosa,

y al jacinto encantador.


Se doblega ante tu frente

el heliotropo gallardo,

y también el lindo nardo,

que embalsama el tibio ambiente.


Y el capullo virginal

de la azucena rosada,

y aquella flor perfumada

que está oculta en el rosal.


¡Oh, muéstrate siempre así,

más hermosa que otra flor!

¡Yo siempre te amaré a ti

porque veo en ti a mi amor!

 

 

A UNOS OJOS AZULES

 

Más que las tintas que la hermosa Aurora

extiende al colorar el nuevo día,

y que de la flor bella la ambrosía,

cuyo nítido cáliz perlas llora;


más que el rayo de sol que el mundo dora

reflejando su luz la mar sombría,

y que la cadenciosa melodía

del ave de garganta trinadora;


más que el placer del bosque, que convida

a desterrar los míseros enojos

que amargan las delicias de la vida;


y que del cisne el arrogante vuelo,

tienen encanto para mí tus ojos

del hermoso color del puro cielo.

 

 

A UN ARROYO

 

Tu murmullo cadencioso,

dulce, apacible, y süave,

en su curso bullicioso,

remeda el canto del ave

y su trinar melodioso.


Y tus aguas cristalinas

se precipitan ligeras

bañando el pie a las encinas,

que guarnecen tus riberas

junto a la flor con espinas.


Tu corriente presurosa

al deslizarse sutil

forma lenguas, espumosa,

y la reina del pensil

te saluda silenciosa.


Los pajarillos hermosos

se bañan en tus orillas

que las tapizan frondosos,

con las odoras vainillas,

los acantos misteriosos.


Cual hermoso ruiseñor

cuando se posa trinando

en los árboles con flor,

y se contempla, cantando,

en tu espejo encantador;


se ve a la joven velada

con manto de blanco tul,

con la frente rodeada

de una corona enlazada

con adelfas y abedul;


miras su faz inocente

en tu cristal puro, y luego,

le devuelves diligente

el rayo claro y ardiente

de sus pupilas de fuego.


Y en pago de esta mirada

que lanzan sus bellos ojos,

y en tus ondas reflejada,

una sonrisa encantada

ofrecen sus labios rojos,


quedándose así extasiada,

en tanto que sin cesar

tu linfa tan nacarada,

avanzando apresurada,

corre a perderse en la mar;


como fugaz nuestra vida

en este mundo engañoso,

que al dulce placer convida,

va a ocultarse en escondida

tumba, do existe el reposo.

 

 

[Todo en mi torno muéstrase dichoso…]

 

Todo en mi torno muéstrase dichoso

respirando ventura y alegría;

en tanto que sufriendo el alma mía

no encuentra ni un instante de reposo.


Y quién amarga el porvenir hermoso

que a mi pecho anhelante noche y día

con faz encantadora sonreía,

brindándole un hechizo misterioso?


¡Tú!... Portento de gracia y de hermosura,

por quien pasa mi vida macilenta,

navegando en un mar de desventura.


Mas si quieres calmar mi acerbo lloro,

destierra ese desdén que me atormenta

y dime en dulce acento: «Yo te adoro.»

 

 

UN BAILE EN EL CASINO

 

Si supiese pulsar la hermosa lira,

al son diría de su bello acento

lo que esta noche de placer me inspira,

entre el baile pasada y el contento.


Diría que el salón iluminado,

haciendo resaltar más los colores,

semejaba un jardín entapizado

de encantadoras y brillantes flores


que al compás de la música armoniosa

sus cabezas mecían con soltura,

cual en su tallo mécese la rosa

a impulso de la brisa que murmura.


Y, en torbellino rápido, lanzadas

las bellas, en parejas bullidoras,

por sus finas cinturas enlazadas,

dejaban transcurrir las breves horas.


Y diría que todo se ostentaba

radiante de hermosura y brillanteza,

y por doquier la vista divagaba

percibiendo elegancia y gentileza.


Y, en todas direcciones, lisonjeras

palabras deslizaban a porfía

los jóvenes apuestos, y hechiceras

sonrisas el galante recibía.


Y el fuego de unos ojos fascinaba,

al despedir mil rayos esplendentes,

eclipsando miradas que giraban

en torno del salón indiferentes,


de donde en tibios soplos se exhalaba

un rico aroma, grato y voluptuoso,

que a disfrutar placeres convidaba,

prestando al corazón dulce reposo.


Diría que mi pecho conmovido,

extasiado de dicha incomparable,

aceleraba el lánguido latido

al gozar de un placer tan inefable.


Tristísimo pesar, ¡ay de mí!, siento

por no saber pulsar la hermosa lira,

por no poder cantar con blando acento

lo que esta noche de placer me inspira.

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