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Alonso Quesada

Por Yolanda Arencibia Santana

Alonso Quesada es poeta, autor dramático y narrador. Pero hay un Quesada único: el poeta eterno que nunca deja de estar en sus textos para esencializar lo cotidiano; el hombre mediatizado por la realidad externa y la interna de su propio temperamento que le impelen a acudir una y otra vez a los temas eternos; y el escritor de pluma ágil e imaginación despierta y ocurrente que halla en la distancia del humor el tono de su escritura.

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Alonso Quesada (seudónimo de Rafael Romero Quesada) nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1886. Cursó el bachillerato en el Colegio de San Agustín con intención de continuar sus estudios; pero la muerte temprana de su padre (1907) dejó sobre sus hombros la responsabilidad de sacar adelante la familia (madre, dos tías y tres hermanas), circunstancia que hubo de condicionar su futuro. Desde muy joven se inició en el periodismo, actividad que habrá de combinar con una labor de oficinista para él ingrata: en el Banco de España, en dos casas inglesas sucesivas (la Elder Dempster y el Bank of British West Africa) y, por fin, en la Junta de Obras del Puerto; en sus últimos años abrió un librería. Aparte de una estancia familiar breve en Alcoy (su padre -militar- estuvo destinado allí un tiempo) y un viaje breve a Madrid en 1918, su vida transcurrió en su ciudad natal, entorno en el que fue eterno disidente y con el que mantuvo siempre actitud crítica y realmente comprometida; tal vez como vía de escape de su personalidad sensible, inclinada vocacionalmente a la universalidad de la literatura y que se ve forzada a la condición de insular "enjaulado".

Muy cercano estuvo Quesada a la colonia inglesa, a la que a la vez admira y censura. Llegó a poseer una vasta cultura, adquirida por continuas y seleccionadas lecturas desde época muy temprana. Fue ampliamente cosmopolita por sus saberes literarios: profundo conocedor de la literatura nacional, de los clásicos universales y admirador ferviente de los literatos del momento; de los poetas especialmente, de algunos de los cuales fue ocasional traductor. Mantuvo estrecha relación con los intelectuales nacionales de su época: con unos directamente, con otros por carta. Puente eficaz de relación fueron sus amigos canarios en Madrid: Luis Doreste Silva, Néstor, y Miguel Martín Fernández, Agustín Millares Carlo, Perico Perdomo, Claudio de la Torre, Miguel Sarmiento... Ya en las islas, fue determinante su relación con Luis Millares Cubas y con González Díaz, la amistad fraternal con Luis Doreste Silva, Tomás Morales o Saulo Torón, y la afinidad con el marco inquieto de la Sociedad de los Doce (actividad teatral, sobre todo) con los que colaboró estrechamente. Entre sueños literarios y realidades en gran parte frustrantes transcurrió su vida. Un rayo de luz en ella fue el encuentro con la jovencísima Rita Suárez, dulce e irreal protagonista de su obra de teatro Llanura, con la que contrajo matrimonio en 1920 y le dio una hija, además de amor y serenidad para su labor literaria. En esa época, ya el poeta estaba enfermo. Murió en Santa Brígida el 4 de noviembre de 1925, cuando luchaban sus pulmones por liberarse de una larga tuberculosis.