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Un espacio concebido para la difusión de la literatura del Archipiélago, dirigido al público general y a los profesionales de la enseñanza. En la ficha de cada autor, realizada en tono divulgativo por conocidos especialistas, podrás acceder a sus datos esenciales: quiénes son, sus obras, su significación cultural y literaria, bibliografía, recursos multimedia y una selección de sus textos.

Alonso Quesada

Por Yolanda Arencibia Santana

Alonso Quesada es poeta, autor dramático y narrador. Pero hay un Quesada único: el poeta eterno que nunca deja de estar en sus textos para esencializar lo cotidiano; el hombre mediatizado por la realidad externa y la interna de su propio temperamento que le impelen a acudir una y otra vez a los temas eternos; y el escritor de pluma ágil e imaginación despierta y ocurrente que halla en la distancia del humor el tono de su escritura.

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Selección de textos

DEL LIBRO SMOKING ROOM

CÓMO MURIÓ MISS BLAND

Mister Smith, nuestro viejo amigo, murió en este cómodo sillón del hall. El hotel al cual pertenece este hall está situado a la orilla del mar. Tiene un aspecto gris, de pizarra. Los ingleses se acogen a él porque parece una chimenea de Londres, y por los altos ventanales sale gravemente el humo nostálgico de sus almas coloniales.

Por dentro, sin embargo, el hotel tiene un aire mixto: el hall es árabe, con emplastos decorativos de Valencia; y el comedor parece el de una casa de huéspedes de la calle del Barquillo. Los ingleses viven en él silenciosos. No se les oye nunca los pasos. Todo tiene ese mullido silencio del inglés colonial, gran sustitutivo de las alfombras.

Desde que Mr. Smith murió en el sillón, el sillón pasó al servicio de los moribundos. Un cómico español, lleno de rutina y de malos actos dramáticos, lo hubiera llamado el «sillón de la muerte». Los ingleses, menos final de siglo xix, lo consideran simplemente shocking. Suelen poner algún número leído del Manchester Guardian o sacudir en el respaldar la pipa quemada. De resto, lo utilizan los que dan las últimas toses de despedida.

El sillón lleva diez años de existencia macabra. Corre el secreto, entre los indígenas criados del hotel, que en el sillón está sentada la tisis inglesa, en traje de baile, media desnuda.

Miss Florence Bland llegó al hotel del sillón, cuando hacía muchos años que nadie ocupaba el fúnebre artefacto. Y llegó con una tristeza significativa en los ojos y un turbio cansancio en el pecho. Miss Bland tenía los dedos largos, angustiosamente largos, de alcanzar las letras del teclado de la máquina. Era una muchacha solitaria, melancólica, esa clásica inglesa perdida por los rincones del mundo, que sólo guarda la amistad de una prima hermana y que trabaja en la vida como acariciando de pena el propio trabajo duro. El trabajo lo veía tristemente, parecía como que le daba dolor porque era rudo, pero no por ella sino por el pobrecito trabajo condenado a no ser gracioso y leve. Pasaba miss Bland por el trabajo como sus manos sobre el lomo de un perro de faldas enfermo.

Miss Florence tenía su máquina, su sueldo y su soledad extranjera. Además, lejos, una hermana con sus muchos hijos sanos y lindos. La inglesa cruzaba la carretera, la playa, con la pequeña tristeza de Inglaterra en el pecho. Era la tristeza fría, neblinosa. El sol caía sobre su corazón, pero su corazón no lograba arder. El recuerdo británico era siempre de niebla densa, húmedo y con ese polvillo helado de las grandes chimeneas ardientes que arrojan el polvo a la niebla de las calles crudas. Toda la memoria de miss Bland se hundía en unos sollozos llenos de nieve, unos sollozos que corrían detrás de su tos, como empujándola más lejos, como arrojándola a un fondo negro, para que no pudiera retornar.

Miss Bland llegó al hotel y, claro, empezó a sentarse en el sillón de mal gusto. La hermana no la quería a su lado. ¡Los niños sanos! ¡Ah, no podían malograrse los niños! La tierra atlántica era un sanatorio natural. Las toses tenían miedo al sol árabe. El sol, violento e iracundo policeman, no toleraba que nadie le tosiera. Miss Florence sabía, empero, que la muerte la espiaba.

Nosotros solíamos ver la muerte en la hora del té, cuando Mr. Johnson nos invitaba los sábados. Miss Florence, en el sillón terriblemente cómodo, de una comodidad eterna, lloraba silenciosa. ¡Tan suave como es la vida de una miss...! La muerte montaba una pierna sobre la otra y nos enseñaba una pantorrilla delgada, conocida de un Hyde Park de ultratumba. Mr. Johnson viendo a la miss nos decía:

—Está muy mal la señorita Bland. Tiene una gran tristeza por morirse. Ella lo sabe. La hermana la mandó a la isla porque tiene muchos hijos jóvenes. A mí no me parece natural esta decisión de la hermana. Miss Bland llora por eso. Tiene poco carácter.

Los días pasaban sobre el sillón del hall y la inglesita iba haciendo una bufanda de estambre con los días. Se abrigó al fin con los días y entonces la tos se fue haciendo más honda, más lejana, como si se retirara cortésmente por el foro del pecho. Pero era un mutis sombrío, trágico. A veces, como un personaje de Lope, hacía que se iba y volvía después.

La tos le menguaba, pero para tirar por ella desde dentro. El rumor del pecho dolorido parecía el de una máquina Hamond —la más silenciosa de las máquinas— dentro de una oficina cerrada. Tenía ese apagado sonido de las maquinillas, que se oye al pasar deprisa, un sábado a la tarde, por las oficinas inglesas. Un rumor rezagado de inglés que escribe deprisa, con el sombrero puesto y los bártulos del golf apoyados sobre la mesa de la máquina...

Las lágrimas de miss Bland rodaban por sus mejillas con un silencio de sueño. Hundíase poco a poco en el sillón de Mr. Smith y no lograba oír en el silencio de su amargura sino un Good morning cortante e irónico.

Por las noches subía la escalera de su cuarto con una suavidad de espectro y a la mañana siguiente volvía a llorar en el sillón de su marcha.

Una tarde me miró largamente y sus ojos se secaron de pronto. ¿Qué había visto? ¿Acaso la vida? Yo soy un hombre flaco, retorcido y feo. A veces, cuando la nacionalidad se me afianza demasiado, húndenseme los ojos y casi desaparecen entre los pliegues de mi americana. Esta tarde, yo tenía una persistencia conservadora en el alma y, aunque había aceptado el té de Mr. Johnson, mi corazón no andaba agradable. Miss Bland me miró con los ojos secos como para retener la imagen de mi figura... Después, no lloró en toda la tarde. Me vio subir con asombro infinito de dos en dos las escaleras, con una agilidad de deportista; y me vio fumar, más asombrada aún, cigarrillo tras cigarrillo. Y luego se palpó los brazos. Hizo ademán de levantarse entonces con una improvisada alegría pero no pudo... Volvió a mirarme...

Mr. Johnson le dijo:

—No se levante usted. Si le molesta a usted el humo...

Pero miss Bland sonrió tranquila, volvió a mirarme esperanzada y acarició el sillón de Mr. Smith...

Un momento de silencio. Y la vimos evadirse por el sillón, como una hormiga entre los pliegues del tapiz mortuorio. Oímos un leve crujido de huesos, como si una mano ruda hubiese apuñado de pronto unas cuantas espátulas de marfil...

Se llevó, afortunadamente, su mirada...

 

EL BREVE CUENTO DE UNA NOVELA

Mistress Harries usa unos pequeños lentes gordos y un sombrero panamá, decorado con una ancha cinta de seda verde. Vive junto a la playa. Tuvo un hijo en la guerra. Es una de esas tantas novelistas inglesas que nadie conoce y que todo el mundo lee, traducidas a otros idiomas. Mistress Harries ha seguido, con un mapa y las cartas de su hijo, el proceso sentimental de la guerra y ha escrito una novela, contando cómo le ha ido en las trincheras.

El lugar desde donde ve el mundo objetivo mistress Harries, es un lugar pacífico, sereno: mar azul, terso y sonoro... Montañas africanas y cielo español, con estrellas latinas por las noches. Y una luna redonda y burguesa cada mes. Sin embargo, mistress Harries ha estado en las trincheras. Y como es algo teósofa, aunque no haya estado en las trincheras de un modo real, lo ha estado en alma y ha inventado una historia romántica de un inglés que es poeta y comerciante, que lo matan mientras escribe un soneto: «Es un asunto muy bonito —nos dice—, le gustará a usted. A usted debe gustarle mucho».

«Mire usted, escuche usted. Mister Hodgson tiene una novia, una muchacha muy bonita, una girl muy inglesa que le dice: —Mister Hodgson, hay guerra. ¿Usted no se ha enterado que hay guerra? Le veo a usted distraído. Es preciso que vaya usted a defenderme la libertad del hijo que puede usted hacerme, si le place. A mí no me gustan los ingleses que no sean valientes. ¿No es usted valiente mister Hodgson?». Y la girl lo mira fijamente, pero el poeta- comerciante se sonríe. «¿No dice usted nada Mr. Hodgson? Veo que no está usted dispuesto a ofrecer su vida. Hace un año que debía usted estar en las trincheras. Han pasado doce meses y usted no se da por enterado. Usted no tendrá ni fuerzas para abrazarme, Mr. Hodgson. Esos abrazos que usted me ha dado en el Serpentine de Hyde Park han sido simulacros, las fuerzas no han sido de usted. Estoy muy disgustada con tener un novio cobarde». Y la girl da pataditas en el suelo y mira furiosa a su novio. Pero el inglés continúa sonriéndose.

«—Mister Hodgson, la sonrisa suya es muy inglesa. Yo comprendo que usted se ría con flema británica, y en tiempo de paz esa sonrisa puede ser definitiva, para un extranjero colérico, sobre todo. Pero ahora, ahora, mister Hodgson, ahora me está usted irritando... ¿Se ríe usted todavía? ¿Por qué se ríe, muriendo tanta gente en las trincheras, mister Hodgson, mientras usted se está quieto? ¡Dígame usted por qué! Necesito que me lo diga...»

Y entonces el poeta-comerciante cogió las manos de su novia, y de un modo tierno, sentimental, le dice: —«Oh, miss Amy, qué contento estoy con que usted sea así. Yo tenía mucho miedo de que usted no lo fuera. No quería llevarme un desengaño. Hace tres días que tengo la orden de incorporarme en el bolsillo. Yo me marcharé mañana. No había querido decirla a usted nada hasta que usted me lo dijera a mí. Estaba esperando ver si era usted digna de ser inglesa...».

Y miss Ámy se echa a llorar y le da un beso en los labios a su novio, un beso muy grande, muy grande...

Mistress Harries vuelve a llorar, y así acaba la introducción y empieza la novela de la guerra.

La novela de mistress Harries es el poema de las novelistas inglesas. Todas las novelistas inglesas se pondrán, al leerlo, unos lentes de lágrimas. Mistress Harries nos mira al través de los suyos y como nuestra alma está pacífica y dulce ante todas las amenazas dice:

—Pero el capítulo que le he leído a usted no es nada comparado con el prólogo; el prólogo es lo original. ¿Quiere usted oír el prólogo?

La tarde es de ámbar. Le falta un lago azul a este limpio horizonte de la ventana de mistress Harries. Canta un pájaro. El lamento del mar es sutil. Una estrella, que no se suele ver en Inglaterra, asoma en la bóveda celeste y brilla como el caro diamante de una joyería. Mistress Harries comienza, lentamente, con voz tenue, voz de hall confortable y tibio...

Y mistress Harries se pone un poco triste cuando piensa en su novela. Y nos relata amorosamente un capítulo triste. Y nosotros nos ponemos tristes, porque su capítulo, aunque es cursi, nos parece bello. ¿Por qué nos parecen bellas, a veces, las cosas más  cursis de la vida? ¿Por qué hallamos excelente, este lunes gris, la “Donna e móvile” de Rigoletto y el “Spirto gentile”, de La Favorita?

 

Mistress Harries cree como nosotros que su capítulo es muy sentimental.

—¿Ha leído usted a Dickens, mister Quesada? ¿No es lo mismo que Dickens cuando habla de amor? Dickens es un sentimental. Los españoles creen que Dickens era sólo gracioso. A mí siempre me hacían llorar las obras de Dickens.

La novela de mistress Harries tendrá un éxito muy grande. Ninguna novela suya lo ha tenido, pero están traducidas a todos los idiomas. Ella no se ha enterado.

¿Cómo es posible que se traduzcan estos libros —pudiera pensar mistress Harries- si la edición no sale de mi casa?

Y es que las novelas de las escritoras inglesas están ya traducidas de antemano. Cuando una novelista se dispone a escribir su novela, ya esta novela está traducida. Y hay una, dos, tres casas españolas que hacen un gran negocio en América con estas traducciones. Son novelas que se venden mucho, pero que no producen inmortalidad.

Todas las novelistas inglesas no son más que una prolongada y eterna novelista que escribe la misma novela y que sólo leen, de plato a plato, tristes y emocionadas, estas lindas inglesitas que en los hoteles coloniales viven con un papá rojo, que es gerente de un Banco o militar de la India, retirado...

[La Publicidad, 7 septiembre 1919]

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