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Cristóbal del Hoyo Solórzano y Sotomayor

Por Pablo Pérez Brito

En Cristóbal del Hoyo, Vizconde de Buen Paso, tenemos a uno de los personajes más excéntricos de nuestra literatura. Escribió durante el Siglo de las Luces y del equilibro neoclásico. Sin embargo, su biografía nos descubre un hombre pasional que anticipó el Romanticismo y en cuya obra observamos la influencia tanto de la Ilustración como del Barroco.

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El Vizconde de Buen Paso desarrolló su obra tanto en verso como en prosa. Su obra poética consta de sesenta y un poemas en los que podemos encontrar tanto obras de metro corto y tradicional como obras en versos mayores. Los temas predominantes son la autobiografía, el amor y la sátira. Pere Gimferrer introdujo al Vizconde en su libro Los raros, donde continuando la estela de Rubén Darío, habla en varios artículos de los personajes literarios que eran infrecuentes y poco leídos. Cristóbal del Hoyo es un personaje pasional e impulsivo, como hemos visto en la biografía, lo que contrasta con el espíritu racional de su época.

En su obra en prosa encontramos su predilección por la literatura epistolar. Este género le permite hacer crítica de una forma directa y eficaz, a la vez que es un género flexible a la hora de cambiar de tema gracias a su carácter conversacional. La influencia de su tiempo la notamos en la estima que demostró por Benito Jerónimo Feijoo. Al igual que este, el escritor canario se esfuerza por profundizar en la realidad y combatir los prejuicios.

En primer lugar mencionaremos las Cartas diferentes, publicadas en 1740. La obra se divide en dos partes. En la primera tenemos las cartas costumbristas, mientras que las cartas de la segunda parte tratan diversos temas siendo el más frecuente la religión. El estilo a veces es culto y rebuscado, y otras coloquial y desenfadado, tendente a la caricatura en ocasiones.

Las Cartas Diferentes abren un abanico de temas aunque predominen la autobiografía y la crítica. También notamos la influencia de Feijoo y de la Ilustración en el carácter didáctico que se desprende de algunas de sus cartas.

De estas destaca la Carta de Lisboa, la novena de las cartas, escrita cuando se hallaba en la ciudad después de haber sido desterrado. Como las demás, está dirigida a un destinatario que no se aclara si es real o ficticio pero que poco importa, pues puede tratarse de un pretexto literario. Aquí nos refiere varias aventuras o hechos en los que están presentes, ya como rasgos de su personalidad, la crítica y la burla a la Iglesia, la referencia al mundo del sexo y lo licencioso o las diatribas contra los que eran sus enemigos en Canarias. Junto a esto hallamos además la reflexión sobre la condición social de los aristócratas cuyos derechos se heredan y la inclinación a los placeres mundanos. Contrasta esta evidencia con la idea que en un primer momento nos puede inspirar el Vizconde, la de un hombre que, aprovechando su riqueza, vive sin más una vida despreocupada. No obstante, en otras ocasiones sí hace alarde de su suficiencia económica.

Como rasgo de estilo podemos destacar el gran uso de referencias mitológicas y cristianas, con lo que el Vizconde nos da una muestra de su conocimiento en ambas tradiciones.

En su obra Carta de la corte de Madrid vemos la presencia de Quevedo desde el título de la primera parte, "Madrid por dentro", pero también en el carácter satírico y burlesco de la obra, como muestra el siguiente fragmento: "Más quiere una dama (vístela deidad o desnúdala gorrona) unos brincos de diamantes, que verte entrar brincando en el paseo con seis caballos frisones en el coche de la diosa Palas". Tiene presente a Canarias y la situación de la capital española le da pie para satirizar otras corrupciones en las Islas, especialmente en Tenerife. La Carta de la corte de Madrid surge de la explicación que realiza para un amigo de lo que ve y siente en la capital. Parte de las costumbres reconocibles para hacer más certera y clara su crítica de modo similar a como lo hará Mariano José de Larra posteriormente. Se sirve de personajes reales, o que aparentan serlo, para realizar su crítica.

Su obra en verso tampoco es desdeñable y por ella era mejor conocido en su época, sobre todo en su vertiente satírica, donde volvemos a ver la presencia de Quevedo. Su barroquismo, no obstante, está más presente en la Soledad escrita en la isla de la Madera, con una clara influencia de Góngora. El título es ya una clara referencia al poeta culterano, que también alcanza el primer verso de la obra: "Era del año la estación primera". Aunque se observa la presencia de muchas de las técnicas gongorinas y el claro modelo de las Soledades, el Vizconde aporta un carácter genuino a su obra. Si tenemos en cuenta que escribe su obra cuando está exiliado en Madeira, no nos debe extrañar que escogiera el modelo de un náufrago que llega a tierra desconocida. En el caso del Vizconde se trata de un "amante" que va confiando sus penas.

Aunque son los poetas barrocos quienes le sirven de modelo, es hijo de su época en las ideas (ya mencionamos la alta estima que tenía por Feijoo). Su heterodoxia también está presente en uno de sus poemas más conocidos: "Soneto al Pico de Teide". Aquí plantea el conflicto entre el viaje, el movimiento y la permanencia. Mientras que los seres humanos dependemos del instante y sobre nosotros pesa el tiempo, esto no le sucede al Teide que está en un ciclo seguro. Más que un tema ilustrado, representa un concepto característico del Romanticismo e incluso se menciona el "hado", término habitual en la literatura romántica para referirse al destino.

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