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Un espacio concebido para la difusión de la literatura del Archipiélago, dirigido al público general y a los profesionales de la enseñanza. En la ficha de cada autor, realizada en tono divulgativo por conocidos especialistas, podrás acceder a sus datos esenciales: quiénes son, sus obras, su significación cultural y literaria, bibliografía, recursos multimedia y una selección de sus textos.

María Rosa Alonso

Por Covadonga García Fierro

La trayectoria de María Rosa Alonso responde a una de las principales voces de la intelectualidad española, formadas en la Universidad Central de Madrid durante la República, que tuvieron que emigrar a Hispanoamérica tras el término de la Guerra Civil (1936-1939); en su caso, se trata de un exilio a Venezuela.

Fundamentalmente crítica literaria, ensayista y docente, es también autora de una novela, miembro fundador del Instituto de Estudios Canarios, y una extraordinaria articulista y colaboradora en los medios periodísticos de su tiempo.

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Selección de textos

DEL LIBRO OTRA VEZ...

Capítulo II

¿Era el pueblo –o la ciudad– un lugar clásico o un lugar romántico? Algunos periodistas intelectuales se habían empeñado en catalogar la ciudad de romántica, por el hecho de que la llovizna invernal la hacía gris y nebulosa; luego, en los días de verano, cuando sus anchas calles muestran espléndidas cintas de luz y de azul intenso, pensaban en lo clásico, como si lo romántico y lo clásico tuvieran que ver en serio con las estaciones… Unos decían que esta ciudad colonial, fundada a fines del siglo XV, se parecía a ciudades castellanas; los demás hablaban en sentido opuesto; quién pensaba en una posible semejanza con Salamanca, esa ciudad donde se ha resuelto el gran problema de la Edad Media de convertir la piedra en oro… Cada cual hablaba de ella según sus gustos, ideas o evocaciones. Un ilustre español había dicho que tenía un “aire de rigodón monástico”.

¿Qué era y a quién se parecía esta ciudad colonial?

Contaba, por de pronto, con unas calles anchas, espaciosas, llanas. En las claras noches de luna, desde las ventanas, con muy pocas celosías, por cierto, estas calles que, a veces, parecían tener alma, devolvían lejanos los pasos de un transeúnte tardío y solitario; de todas estas calles, las grandes arterias que iban de sur a norte, tenían un perfil y una figura; la una era bulliciosa, estrecha, nerviosa, la más desigual en nivel: era la calle comercial de la ciudad, la calle de los forasteros; su paralela, en cambio, era la gran vía, la más elegante y ceremoniosa de las calles, donde todas las tardes, antes de la cena, la juventud veía venir la noche y dejaba en las aceras las suelas de los zapatos. Muchas ilusiones cuajaron en ella o murieron. La tercera de las tres principales era la más solitaria y fría: la calle de los caserones cerrados y solitarios, de los edificios académicos; la calle de los blasones agrietados por el tiempo y la melancolía. […]

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